Opinión Nacional

Héctor Grisanti Luciani y la práctica del bien

 

PALABRAS EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO HOMENAJE

AL DR. HECTOR GRISANTI LUCIANI

AL CUMPLIR 86 AÑOS Y 61 DE TRAYECTORIA PROFESIONAL

 

FUNDACIÓN CASA ARTURO USLAR PIETRI

CARACAS, 16 DE SETIEMBRE DE 2012

 

Distinguidos amigos,

 

Acaso no sea sino un dilatado prejuicio del entendimiento, la creencia de que la más larga cadena de deberes cívicos, profesionales y éticos, rigurosamente cumplidos por un ciudadano en el decurso de su vida, poco atrae la atención social hacia el protagonista de esa vida regular, profesional y éticamente satisfecha. Pareciera que lo habitual y rutinario, lo que se hace día tras día al paso exacto del deber jurídico o moral que nos obliga, es peldaño de escasa altura en la escala del reconocimiento humano. Se oye decir, por ejemplo, que el interés histórico de Aberlardo – un joven, pero ya notorio filósofo y teólogo francés del siglo XI-, nunca se habría fijado en el urticante acierto de sus reflexiones religiosas, de no tener intercalado el relato de su vida y sus amores un muy desgraciado y anómalo final. Y poco menos que nada sabríamos de don Diego Segura e Isabel Segura, de no haber recodito la literatura universal, la historia –siempre atractiva del infortunio humano-, de sus protagonistas los Amantes de Teruel, o de Romeo y Julieta, Hamlet, y del Rey Lear. Sucede como si cierta dosis de sufrimiento de algún orden, económico, físico o espiritual, del autor de la obra artística o científica, fuera indispensable condimento para encarecer el resultado del esfuerzo de la voluntad y de la inteligencia. No nos resulta extraño, pues, unir el interés en los trabajos de Mariano José Larra, el brillante periodista madrileño de mediados del siglo XIX; con el disparo que pudo fin de su vida, ni que asociamos la pobreza y la cárcel de Cervantes con Don Quijote, su loco inmortal.

 

Soy, pues, un ser propenso a admitir que el ruido de la fama no suele acompañar el nombre de quienes cumplen de modo cabal, aunque sin llamativos quebrantos, el papel obligatorio que tienen asignado en la obra de su vida. Mas, porque tal convicción me parece sólo formalmente atinada e injusta, aceptó gustoso el encargo de decir unas palabras en el acto homenaje a Héctor Grisanti Luciani, asiduo protagonista conmigo en el ya largo metraje de mis recuerdos personales.

 

Conozco, quizás como no muchos, sus quilates de fino jurista, porque los puede apreciar durante el período 1992 – enero de 1997, en que ambos fuimos miembros de la Sala de Casación Civil de la extinta Corte Suprema de Justicia. Del paso de su bagaje profesional da fe reciente la muy acabada recopilación jurisprudencial de Patrick J. Baudin L., sobre el vigente Código de Procesamiento Civil (Caracas, ed.Justice, 2004), en la cual se recogen, con abundancia modélica, los criterios profesionales de Grisanti Luciani, único de los catorce magistrados del Supremo Tribunal que conservé como amigo. Estoy enterado también de sus meditadas incursiones históricas y de su prolongado y ejemplar desempeño como funcionario del Estado en el exterior del país, en empresas de la industria del petróleo, de la Contraloría General de la República y como docente de la Escuela de Formación de Oficiales de la Guardia Nacional y de los Universidades Santa María y Católica Andrés Bello. Otros han de hablar, seguramente con admiración, de ese importante equipaje intelectual y de su valiosa experiencia administrativa y pedagógica, que hizo siempre de Héctor una afable presencia compartida dondequiera que le tocó servir.

 

Para sortear escollos de nuestra difícil profesión, frecuentamos las obras maestras del Derecho extranjero y nacional. No hay abogado venezolano acostumbrado a Rangel-Romberg y Alfredo Morles Hernández. Pero en verdad, estos afamados profesores rara vez se frecuentan como amigos, ya que la amistad no nace de la uniformación de saberes ni de la mismidad de técnicas, sino de una viva comunidad de sentimientos de relevante significación moral. Me refiero a propiedades del alma sin precio en la bolsa de la valoración social, como la honradez, entendida como vergüenza y pena por la culpa de no haber cumplido el deber que voluntariamente asumimos; al orgullo de distinguirnos por la calidad del trabajo cotidiano; al honesto y generoso reconocimiento del mérito ajeno, incluso del de aquél que nos brindó la ayuda que no utilizamos; y, en fin, a la modestia y la humildad espiritual, como ingredientes necesarios de la igualdad cristiana. Conocer el valor de esas sencillas, pero no comunes virtudes personales, permite comprender que el paso tranquilo y seguro de Héctor por la vida, sin la asfixia del renombre y el dinero, es una prueba de que la felicidad reside en el fondo de cada corazón humano, y de que el mejor blindaje contra el mal no es otro que la práctica del bien.

 

Querido Héctor: a la luz de tus calladas cualidades, María Auxiliadora y yo hemos terminado por sentirnos fraternos amigos tuyos y de Yolanda, tu invalorable esposa, con la cual eres, en palabras del apóstol Pablo, una sola y misma cosa. El trato cercano y frecuente nos ha permitido compartir contigo no sólo mesas, viajes, graciosas historias y epigramas río-caribeños, sino también tus ratos de nostalgia corsa, es decir, la que viene del peñón querido que jamás desarraiga las nuevas patrias de los hijos que se van, con el consuelo de saber que nunca llegarán más allá del recuerdo que ella les dejó.

 

Nada envejece tan rápido para los hijos como su padre, o su nuevo teléfono celular. En Brevísimo tiempo, ambas cosas pierden su original valor. Por eso pienso que este acto, en que su hijo Luis Xavier, en su nombre y de sus hermanos, te brinda el cuidadoso trabajo de recolección de tu obra, tiene la más exacta significación de una infrecuente lección de amor filial. Una hermosa lección dirigida a todos, en general, pero especialmente sentida por quienes no pudimos decir a nuestros padres, antes de que se fueran, cuánto amor nos merecían.

 

 

 

 

 

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