Opinión Nacional

Honor a los valientes

«Nada de lo que nos sucede es casual, producto del infortunio o de muy desgraciadas circunstancias. Venezuela nació para dirigir y orientar al continente. Las fuerzas del odio, la maldad y la barbarie no permitirán que vuelva a sacar cabeza. De allí el castigo a quienes lo están haciendo posible. Vaya a ellos nuestro eterno agradecimiento.»

 

A María Corina, a Julio, a Ismael

Conocí a Julio Borges en los comienzos de Primero Justicia y tuve el inmenso placer de compartir nuestro trabajo político como miembros de la Comisión Política de la Coordinadora Democrática. Solíamos sentarnos en las cercanías, para ir comentando los avatares de esas interminables y fastidiosas sesiones, que duraban días enteros. Del otro lado de la larga mesa, rodeada por más de cuarenta comensales de las más distintas y heterodoxas procedencias, nos comunicábamos por señas con uno de los venezolanos más honorables que haya tenido el honor y la fortuna de conocer: Alejandro Armas. Otro amigo entrañable. Julio fue la primera percepción que tuve de que en sus manos y las de sus compañeros generacionales estaba el futuro de Venezuela. Y departiendo en mi casa, donde solía visitarme, le dije más de una vez que se fuera preparando y no olvidara el ejemplo del para mí más grande venezolano del Siglo XX: Rómulo Betncourt, que llegara al poder a los 37 años. Su misma edad de entonces.

A María Corina, a la que con mi esposa hemos admirado profundamente desde que apareciera en nuestras vidas, la conocí en esos tiempos del sonido y la furia, cuando la sociedad civil salía a las calles hirviendo de indignación por la salvajada castrochavista del 11de abril y se preparaba a revocar al autócrata, sin siquiera presentir que se encaminaba inconsciente a una espantosa celada. La vi por primera vez en una casa de Campo Claro donde preparábamos la recolección de firmas para exigir la realización del Referéndum Revocatorio y a la que ella colaboraba con su novel organización, SÚMATE. La vi pocos días después acompañando una de nuestras multitudinarias marchas, cuaderno en mano, recolectando firmas. Desde entonces acompañé su meteórico y merecido ascenso en el firmamento opositor, del que hoy es, sin ninguna duda, una de las figuras más rutilantes.

A Ismael García lo vine a conocer muchos años después, atravesando por las circunstancias esa espinosa armadura de rudeza y timidez con que suele protegerse de estos campos minados de la aviesa política venezolana. Lo acompañamos a él, a Juan José Molina y a Wilmer Azuaje a Washington, junto a Milos Alcalay y Mauricio Poler, por encargo de la comisión internacional de los partidos opositores, entonces presidida por Felipe Mujica. Fueron cuatro días de intensas entrevistas con senadores demócratas y republicanos, miembros de organizaciones de derechos humanos y diplomáticos de la OEA. Durante las cuales no sólo nos reunimos con los hijos de Rafael Díaz-Balart, sino con destacados expertos norteamericanos sobre Venezuela y América Latina. Y last but not least, con el flamante embajador de Panamá en la OEA, Guillermo Cochez, que se convertiría en el caballero andante de este épico combate por la libertad. Creo haberme acercado entonces al corazón de un hombre noble, humilde y combativo, que debía transitar el difícil y pedregoso camino del chavismo ultra militante a la pugnaz oposición democrática antichavista. Un camino que me atrevo a afirmar, cumplió con coraje y dignidad.

No han sido ellos tres, junto a los otros agredidos, blancos de la ira, el odio y la salvaje violencia del castro comunismo chavista que hoy usurpa las curules de un parlamento que fuera grande, culto y noble hasta esta irrupción de la barbarie, por azar. Ni el asalto del que fueran víctimas propiciatorias fue espontáneo, producto de una indignación de circunstancia. Fueron víctimas de la ferocidad del agónico chavismo porque representan y de manera muy destacada las fuerzas emergentes de la nueva Venezuela que comienza a ocupar la escena mientras ellos, la representación de la barbarie más reaccionaria y polvorienta, se hunden en el pantano que les legara el caudillo recién desaparecido y ya en trance de un ominoso olvido.

Julio Borges ha creado de la nada un gran partido, en el que milita un gran candidato y un gran líder, sin los cuales es impensable el nacimiento de la nueva Venezuela, cuyo parto provoca estos dolores y estas tribulaciones aparentemente irracionales. María Corina Machado representa la renovación política e ideológica de una Venezuela abierta a la modernidad, justa, productiva, imaginativa y responsable de su propio destino. Amén de ser la venezolana más destacada de entre las mujeres de la Patria, a quienes se le debe gran parte de nuestra historia. E Ismael García encarna la tentación permanente del abandono del delirio y el reencuentro solidario con la gran Venezuela de todos. La que entre todos hicimos grande. Y la que entre todos volveremos a engrandecer. Es el ejemplo que debe aterrar a los hampones que heredaron el coroto. Con más que suficientes razones.

Nada de lo que nos sucede es casual, producto del infortunio o de muy desgraciadas circunstancias. Venezuela nació para dirigir y orientar al continente. Las fuerzas del odio, la maldad y la barbarie no permitirán que vuelva a sacar cabeza. De allí el castigo a quienes lo están haciendo posible. Vaya a ellos nuestro eterno agradecimiento.

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