Opinión Nacional

La Acadia Perdida

En 30 de septiembre de 1813, comenzado el fulgor de la espantosa guerra a muerte, el médico venezolano José Domingo Díaz, ya desterrado en Curazao por el avance de Bolívar, escribe un estremecedor documento denunciando los abusos, tropelías y crímenes de las tropas independentista y en especial los horrores cometidos por el coronel A. Nicolás Briceño, de quien asegura haber tenido en sus manos una carta que le escribiera a Manuel del Castillo usando de tintero la cabeza de un español que degollara con su espada y de tinta la sangre que continuaba en ella. Ese documento, que hace una vívida apología de la apacible y productiva vida colonial en vías de desaparecer por los desastres de la guerra,  culmina con una requisitoria contra Bolívar – de quien fuera amigo y frente a quien Bolívar expresara el famoso desafío a la naturaleza sobre las ruinas de la catedral de Caracas – en los siguientes términos:

 
            “Y tú, mal aconsejado Bolívar, ¿qué bienes has conseguido con despedazar a nuestra patria? ¿Te son acaso más agradables estas farsas de glorias llenas de sobresaltos que te representan las mismas personas cuya envidia te aborrece, o cuya opinión te detesta, que aquellos días tranquilos y deliciosos que en medio de tu rango y tu fortuna gozabas dulcemente, y en los cuales tu gusto fue siempre la ley que te dirigió? Habla de buena fe. ¿Has creído realmente que puedes establecer un Estado independiente en nuestra patria, que en sus más florecientes días no ha podido existir sino como parte de otro Estado? ¿No te has burlado dentro de ti mismo de tus ejércitos y del candor y delirio de nuestros compatriotas? ¿Te has persuadido que puede existir ese pueblo dividiendo las familias y condenando una mitad al último sacrificio, o a la más bárbara separación? ¿Crees que la otra mitad que ha quedado en ese suelo no te detesta y mira como su más irreconciliable enemigo? ¿Juzgas que los separados renunciarán apáticamente a sus propiedades, y las caras personas que han dejado en ese pueblo, y que el gobierno por el que sufren, y la gran nación a que pertenecen, no auxiliarán potentemente sus esfuerzos para castigar tantos crímenes escandalosos, tantos insultos padecidos? ¡Ah! Vuelve los ojos a los males que has causado y a los que va a causar la mano terrible de la más justa venganza y tiembla por ti, por nuestra patria y por tantos hombres buenos que has comprometido pública y privadamente contra su voluntad y opinión. Mientras tanto que abandonada mi patria con la velocidad que debió inspirarme el horror a los delitos, la veo despedazar por sus mismos hijos, engañándose unos a otros, burlándose algunos de la honradez y sinceridad de muchos, y caminando todos a su más espantosa ruina, los unos con su audacia, los otros con su sufrimiento”.[1]

 
            Bolívar jamás respondió y pueda que ni siquiera haya sabido de esta requisitoria. Lo más seguro es que en la fecha en que fuera escrito el libelo, a tres meses y medio de la Proclama de Guerra a Muerte, dictada y hecha pública por Bolívar el 15 de junio de 1813 en la ciudad de Trujillo, hubiera despreciado sus términos. Expresaban la antípoda de lo que entonces animaba a su voluntad. Pero 15 años después, cuando Díaz llevaba una vida de soledad y amargura en Cádiz, despreciado como venezolano por aquellos españoles que defendiera tan ardorosa y desinteresadamente, y Bolívar ya se encontraba marginado de todo poder y a escasos años, sino meses de su muerte, da respuesta con una lacerante objetividad y casi una a una a las interrogantes que le formulara el realista,  en distintos escritos y epístolas que una interesada hagiografía insiste en desconocer. Pueda que la más asombrosa de las concordancias entre ambas y ya definitivamente contrapuestas orillas se refiera a una misma nostálgica y apesadumbrada evaluación de la Arcadia perdida: la paz colonial. He aquí algunos extractos de esos desengañados escritos, que dan nollens vollens gran parte de razón a los reclamos de José Domingo Díaz:

 
            “Un magistrado republicano constituido para esclavo del pueblo, no es otra cosa que una víctima, Las leyes de un lado lo encadenan, y las circunstancias por otra parte lo arrastran. Así es que, aunque se me quiera suponer muy superior a lo que realmente soy, me encuentro bastante embarazado para deshacerme de los grandes inconvenientes que me rodean. Yo podría arrollarlo todo, más no quiero pasar a la posteridad como tirano. Las malas leyes y una administración deshonesta han quebrado la república; ella estaba arruinada por la guerra: la corrupción ha venido después a envenenarle hasta la sangre, y a quitarnos hasta la esperanza de mejora”. (30 de abril de 1827, carta a Sir Robert Wilson).[2]

 
            “No hay buena fe en América, ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las constituciones, libros; las elecciones combates; la libertad, anarquía; y la vida un tormento.
            Este es, americanos, nuestra deplorable situación. Si no la variamos, mejor es la muerte; todo es mejor que una relucha indefinible, cuya indignidad parece acrecer por la violencia del movimiento y la prolongación del tiempo. No lo dudemos: el mal se multiplica por momentos, amenazándonos con una completa destrucción. Los tumultos populares, los alzamientos de la fuerza armada, nos obligarán al fin a detestar los mismos principios constitutivos de la vida política. Hemos perdido las garantías individuales, cuando por obtenerlas perfectas habíamos sacrificado nuestra sangre y lo más precioso de lo que poseíamos antes de la guerra; y si volvemos la vista a aquel tiempo, ¿quién negará que eran más respetados nuestros derechos? Gozábamos entonces de bienes positivos, de bienes sensibles; entre tanto que en el día la ilusión se alimenta de quimeras; la esperanza, de lo futuro; atormentándose siempre el desengaño con realidades acerbas.

            Bástennos, pues, veinte años hostiles, dolorosos, mortales. Ansiamos por un gobierno estable, consecuente con nuestra situación actual, análogo a la índole del pueblo y sobre todo que nos aleje de esta feroz hidra de discordante anarquía, monstruo sanguinario que se nutre de la sustancia más exquisita de la república…Todo ha sido en este período malhadado, sangre, confusión y ruina; sin que os quede otro recurso que reunir todas vuestras fuerzas morales para construir un gobierno que sea bastante fuerte para oprimir la ambición y proteger la libertad. De otro modo seréis la burla del mundo y vuestra propia víctima”: (Una mirada sobre la América española, abril-junio 1829).[3]

 
            “Ardua y grande es la obra de constituir un pueblo que sale de la opresión por medio de la anarquía y de la guerra civil, sin estar preparado previamente para recibir la saludable reforma a que aspiraba”. (20 de enero de 1830, Mensaje al Congreso de Bogotá).[4]  
            “Los pueblos son como los niños que luego tiran aquello por lo que han llorado. Y después ¡qué hombres! Unos orgullosos, otros déspotas y no falta quien sea también ladrón; todos ignorantes, sin capacidad alguna para administrar. Ud. sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1º) La América es ingobernable para nosotros. 2º) El que sirve una revolución, ara en el mar. 3º) La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4º) Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5º) Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6º) Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.

            Ud. verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia y ¡desgraciados de los pueblos! Y ¡desgraciados de los gobiernos!” ( 9 de noviembre de 1930, Carta al general J.J. Flores)[5]  
            Como corolario de este balance desolador de una empresa que el propio Bolívar, su deus ex machina, considera desquiciada, no está demás recordar lo que le escribiese por esos mismos días, en 1829 al joven Antonio Leocadio Guzmán, padre y tutor de Antonio Guzmán Blanco: “Si algunas personas interpretan mi modo de pensar y en él apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable: con  mi nombre se quiere hacer en Colombia el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparates”.[6]

Notas:

1] José Domingo Díaz, Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, pp. 150-151.  Biblioteca de la Academia de la Historia. Madrid, 1961.
[2] Simón Bolívar, Doctrina del Libertador, Pág. 250. Caracas, 1976.
[3] Ibídem, 280 y ss.
[4] Ibídem, 314.
[5] Ibídem, 321.
[6] Popayán, 6 de diciembre de 1829. Bolívar, Obras Completas, Tomo 2, Pág. 836. La Habana, Cuba, 1947.

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