Opinión Nacional

La corrupción como certeza

El tema se asoma tímido en el terreno del debate, conciente quizá del maniqueo lugar común en que se ha convertido como problema y realidad. El desinterés a su alrededor es directamente proporcional a las medidas para combatirla, o a las excusas para obviarla.

La corrupción es acaso hoy (y ha sido siempre) el cáncer de la política, la negación de la idea de servicio público inmanente al Estado, y la máxima expresión de cómo la ausencia de valores éticos exalta el individualismo y hace añicos cualquier noción de sociedad, solidaridad o ciudadanía.

La corrupción ha dejado de ser un problema a resolver, o una excusa conveniente para adornar una perorata politiquera, desagarradora de vestiduras incluidas en la sempiterna exaltación de la honestidad humana, necesaria pero escasa, para convertirse en un asunto banalmente cotidiano, peligrosamente entendido como mal necesario en la gestión pública o privada, y lastimosamente soslayado de cualquier diálogo acerca del futuro del país.

El mayor peligro para la aceptación de la democracia como modelo ideal de convivencia social, política y económica, es asumir que la corrupción es la consecuencia indeseada pero presente y necesaria de su desarrollo y puesta en práctica. El mayor peligro para la viabilidad política y el basamento ético y filosófico de cualquier proyecto societal, es considerar a la corrupción, el robo, la mentira, la compra de conciencias y el desfalco del Tesoro Nacional como cosas naturales e inseparables del ejercicio del poder.

La corrupción, como expresión del desmoronamiento institucional de una sociedad, no es práctica exclusiva a la gestión de lo público. Fraudes corporativos, maquillajes contables, empresas fantasmas, monopolios forzados, competencia desleal, cartelización, son algunos ejemplos de prácticas poco saludables y moralmente censurables en el territorio del mercado y la empresa privada.

Si me arriesgo a esbozar una hipótesis no convencional, la corrupción, es decir, la traición a la conciencia, el ejercicio del egoísmo avaricioso en su máxima expresión, el trituramiento de la norma en cualquier espacio humano, es ante todo un asunto cultural. La impunidad, la multiplicación desaforada de casos, cada uno más escandaloso que otro, de corrupción en aquel crédito, en esta licitación, en aquella otra carretera que no se hizo, o en este otro donativo para escupir a la cara de las necesidades nacionales y satisfacer las de allende los mares, se alimenta no sólo de un hartazgo público devenido ya en indiferencia, sino en la impunidad, como correlato paradójico de la descomposición y partidización del poder judicial.

¿Colearse en una cola es corrupción o viveza criolla? ¿Abandonar un restauran sin pagar la cuenta es corrupción o una venganza al capitalismo gastronómico? ¿Usar influencias, contactar al fulanito amigo para aligerar un trámite oficial es corrupción, simple práctica ciudadana y venezolanamente común, o única arma para enfrentar a un Estado administrativamente ineficaz?

Una anécdota justifica la tinta derramada en estas líneas, y la lluvia sobre mojado con la cual, si Ud. conviene, hemos contribuido en torno al tema. En días pasados, analizaba con mis alumnos un artículo del siempre agudo Ramón Piñango sobre el asunto. El aire de pesimismo que exudaba el artículo del docente del IESA en relación a las casi nulas posibilidades de derrotar la corrupción, era a ratos compartido por quien esto escribe. Pero lo que golpeo mi estómago y agujereo mi autoestima ciudadana, fue la conclusión de jóvenes de entre 18 y 20 años en promedio, en relación a la corrupción: con preocupantes y alarmantes excepciones, todos convenían en la imposibilidad de combatirla, y en el hecho de que, quien llegara a cualquier posición de poder, caería indefectiblemente en sus garras.

Antes, en tiempos de la llamada cuarta república, y hoy, en este ejercicio de gobierno con evidentes rasgos autocráticos y militaristas, la corrupción es y sigue siendo un lamentable sinónimo de no pocas conductas presentes ya, sin descaro alguno, en la estructura del poder político e institucional del Estado. El cuerpo insepulto de la independencia de poderes, ve pasar cada día un caso más, un titular que lejos de asombrar, parece confirmar la imbricación y profundidad de la corrupción y sus tentáculos en la vida nacional.

Ante la impunidad reinante, la persecución no a los corruptos sino a sus denunciantes, y la ausencia absoluta de voluntad política para iniciar una lucha medianamente efectiva contra su expansión como práctica, la respuesta seguirá emergiendo de la esfera ética individual y familiar, en la cual los valores seguirán confirmando, pese a la realidad, que el trabajo, la preparación y el cumplimiento de las normas no son conductas anormales, extraterrestres o imposibles, sino viables y a conciencia, necesarias.

Ante la corrupción como certeza, como realidad estructural que carcome lo poco que queda de ciudadanía y de esperanza en algo que llaman futuro, no queda más que recurrir al camino ético en el que, afortunadamente, seguimos creyendo y transitando muchos venezolanos.

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