Opinión Nacional

La dictadura como régimen policial y personalista

Desde el día del derrocamiento del Presidente Rómulo Gallegos hasta el 23 de enero de 1958 el mapa político y moral de Venezuela quedó dividido por el abismo cívico que creó una minoría asaltante y rapaz, dueña del poder y enfrentada a un pueblo inerme que veía secuestradas sus libertades y esperanzas. Rotas todas las posibilidades de entendimiento democrático y liquidadas las normas más elementales de la convivencia ciudadana regresó el país a tiempos que se creían superados. Cuando se pintan los rasgos trágicos de esos años no se exagera. El silencio impuesto bajo amenaza de muerte impidió a los venezolanos enterarse de la batalla que a diario se libraba entre los escuadrones de la dictadura y los soldados de la resistencia democrática. Amparados en el clima de terror que imperaba en el país y protegidos por el miedo colectivo que impedía acciones de solidaridad con los grupos que luchaban por el rescate de la vida democrática, los agentes de la dictadura sacrificaban las vidas y mantenían en el secuestro de las prisiones a miles de venezolanos acusados del delito de creer en la libertad. Esta década (24 de noviembre de 1948 al 23 de enero de 1958) constituye la más elocuente de las advertencias acerca del valor inestimable de las libertades. El ciudadano se vio de pronto privado de todos sus derechos y convertido en un eunuco político. La opinión pública no encontraba caminos distintos a los del rumor, el chisme, el chiste o la hoja anónima para denunciar los crímenes, criticar los pasos de la administración y proclamar su fe democrática. El temor de ser perseguido o de caer en la tremenda clasificación de “adversario de la dictadura” cubrió a todos los sectores de la sociedad y lazos familiares y amistosos se rompían ante la amenaza de compartir los rigores de la persecución. Fueron diez años de sobresaltos y crímenes que no pueden cubrirse con el manto de las autopistas ni la altura de las edificaciones. Los asesinatos de Leonardo Ruiz Pineda, Antonio Pinto Salinas, Luis Hurtado Higuera, Wilfrido Omaña y León Droz Blanco; la muerte de Alberto Carnevali en la prisión de San Juan de los Morros; los muertos de Guasina… Los venezolanos asesinados en las cárceles y ametrallados al borde de los caminos en la soledad de la noche, los miles de secuestrados en las prisiones venezolanas y los centenares de desterrados que mal vivían en América y Europa, los grupos de hombres y mujeres que en medio de la persecución implacable mantuvieron la consigna de la resistencia, constituyen el verdadero precio del rescate de la libertad en las jornadas del 23 de enero de 1958. Si se olvidan y minimizan estos episodios de fe y valor, si se borra la batalla de la resistencia democrática durante diez años y se quiere pintar la escena final de la huida del dictador y del retorno de Venezuela al ejercicio pleno de la vida democrática como un milagro, no tendría explicación coherente y de valor histórico y pedagógico el 23 de enero de 1958. Sería como llegar a la meta sin haber recorrido el camino. Y los pueblos ganan las batallas de la libertad a precio de lucha, valor y constancia. Ruiz Pineda, Carnevali, Hurtado Higuera, Pinto Salinas, Froz Blanco, Omaña…son los capitanes de la libertad caídos en medio de la batalla. Y simbolizan al pueblo innumerable, a los trabajadores, a los soldados, a los estudiantes, a las mujeres, a los profesionales, a los sacerdotes, a los campesinos que comulgaban en una misma fe por el rescate de la democracia, cualquiera que fuese su posición partidista. Prueba de la verdad de esta afirmación la constituye el propio 23 de enero de 1958 y las jornadas que siguieron a este gran episodio. Ausentes del país los jefes máximos de las diversas corrientes partidistas y sindicales, las militancias de las diferentes organizaciones, perseguidas durante diez años, no esperaron el regreso de sus dirigentes consagrados para aparecer en el escenario nacional como fuerzas coherentes y poderosas, restableciendo todos los cuadros de las organizaciones en una etapa realmente impresionante, por la brevedad del tiempo empleado. Y sin titubeos, dando una demostración admirable de madurez y sentido histórico, encabezaron los reclamos populares para consolidar el triunfo sobre la dictadura derrotada. Tal como recoge el libro “Hombres y Verdugos” (Ediciones Centauro) del editor José Agustín Catalá, existen momentos en las vidas de esos mártires, reseñados por quienes los acompañaron en muchos trechos de la batalla, con testimoniales de valor excepcional, que pintan a los héroes que marcharon a una gran cita con la historia y completan un cuadro de esta Venezuela sacrificada, de una generación que entregó la vida de sus grandes valores en la hoguera de la lucha. Ahí vemos también los conflictos ideológicos y los problemas de estrategia planteados en plena clandestinidad y la elevada preocupación doctrinaria, y del examen histórico que presidían los actos y encaminaba los pasos, especialmente con Ruiz Pineda y Carnevali. En medio del clima de amenazas y aislamiento que crea la lucha contra una tiranía, ambos capitanes de la resistencia vivieron empeñados en construir, dentro de las líneas filosóficas que caracterizan el rumbo de su Partido, Acción Democrática, el esquema de una gran proposición nacional que, aceptada por las mayorías, constituyera el programa fundamental de la Venezuela del futuro. La otra cara del drama venezolano de esa década trágica la constituye la camarilla instalada en el poder, en razón de la violencia, e integrada por Marcos Pérez Jiménez, Pedro Estrada y Laureano Vallenilla Lanz. En nombre de las Fuerzas Armadas instauraron un régimen policial y personalista y, en definitiva, el destino del país quedó en manos de un policía convertido en el hombre fuerte del régimen, y de un universitario empeñado a toda hora en estimular odios y atizar venganzas en el ánimo sórdido y cruel del dictador, para quien Vallenilla Lanz inventaba historias que atribuía a Guzmán Blanco y a Gómez, tratando de justificar todos los atropellos y de estimular y acrecentar el clima de persecución y exterminio de los sectores democráticos. El 23 de enero de 1958 es el punto final de una década trágica, fecunda en ejemplo de sacrificio y virtud, y aleccionadora de los peligros que siempre rodean la vida democrática. La lucha por el imperio de la democracia ha sido en Venezuela tarea de generaciones sucesivas, y en la hora del recuerdo no pueden ignorarse las acciones de quienes en los días oscuros de la tiranía abrieron el camino de la libertad. Esta es la lección que con sus sacrificios escribieron para las generaciones futuras, los héroes caídos en la lucha. Y también con su presencia viva desde la muerte fugaz, están advirtiendo a los nuevos venezolanos, que han crecido bajo el amparo de la libertad y del derecho, que el fracaso del sistema democrático conlleva siempre la pérdida de las libertades y significa el retroceso a tiempos de crueldad, y la dolorosa liquidación del respeto a la dignidad humana.

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