Opinión Nacional

La farsa termina

En 1992, con el golpe frustrado del teniente coronel que gobierna a Venezuela hoy en día, se inicia una farsa que cobra vida los años siguientes, cuando crea expectativas e ilusiones que muchos esperaban. Pero, como todo lo errado, se desvanece. Muchos son los factores que llevan a ello.

La locura evidenciada los últimos días por el teniente coronel y quienes le rodean, refleja el nerviosismo y el camino al despeñadero que han escogido los farsantes revolucionarios. Una locura expresada en hechos, entre los cuales, la presencia de los rusos en el Caribe, evocando la crisis de los misiles de 1962.

La llegada de los supersónicos rusos y de una embarcación nuclear en noviembre, en el Caribe, plantea un reto a la región, a la que no responden los gobiernos, menos aún el insigne secretario general de la OEA, aspirante a la presidencia de Chile y mantenido del teniente coronel que dirige el régimen bolivariano en Venezuela.

La situación es complicada en la región y en el mundo y los bolivarianos tratan de colarse en el juego. A la invasión de Rusia al Norte de Georgia y las tensiones Este- Oeste, se agregan el debilitamiento de la izquierda sulfurosa de América Latina, la representada por el despreciable Daniel Ortega, el farsante Rafael Correa, el títere Evo Morales, el comandante vaquero del Zelaya que trata de unirse a la farsa revolucionaria para tapar los innumerables casos de burda corrupción que ahogan su gestión y por ello acaba de rechazarle las credenciales al Embajador Hugo Llorens (un intachable diplomático de carrera norteamericano) y finalmente se les une al grupo el Secretario General de la OEA, el chileno Insulza.

El teniente coronel revolucionario trata de enfrentar al imperio con la ayuda rusa en territorio americano. Una torpeza única. Pero esto, es parte de la estrategia bolivariana para enfrentar las crisis internas que son varias: La derrota electoral de noviembre próximo; el penoso caso de la valijagate que involucra a la amoral presidente argentina; las relaciones con las FARC: el fracaso en la gestión de gobierno de todos estos años que se traduce en inseguridad, ineficiencia generalizada, más grave aún con la caída de los precios del petróleo a niveles inesperados por el revolucionario criollo quien anunció que castigaría al mundo con un petróleo a más de 200 dólares.

No es suficiente ello. Ahora montan de nuevo el viejo show del magnicidio, que le queda grande, por cierto, a lo que seguirá la detención de periodistas, de disidentes, de militares y quien sabe cuántas otras acciones en perjuicio de los venezolanos, ignorando los derechos humanos y las libertades fundamentales.

Al teniente coronel lo matará el pueblo en las urnas, lo que suena poético. La pena de muerte está decretada, pero no como ellos lo imaginan, sino por la reacción de un pueblo que rechaza el totalitarismo, la violencia, la confrontación, el fracaso y los atropellos de una minoría delirante. En noviembre, aunque algunos malintencionados piensan en la derrota de la democracia.

De manera que aunque busquen a los rusos, a los magnicidas, a los oligarcas bolivianos que saldrán del indígena morales, las cartas están echadas. La farsa termina. El fin del disparate bolivariano, del piticubanismo, se acabará en la región para bien de las mayorías y de todos los que sufren hoy la violencia de la miseria integral a la que han sometido a los pueblos esa manada de ineficientes y corruptos que ilegítimamente pretenden gobernar para siempre la Región.

Algunos le siguen haciendo el juego al teniente coronel, apostando a la destrucción de Venezuela y de los venezolanos. Los Lula y los Kirchner desprecian a Venezuela y a los venezolanos, incluso a los bolivarianos a quienes utilizan, por ignorantes, para su beneficio personal, ni siquiera para el de sus países.

La farsa termina. ¿Cómo? ¡No se sabe! Pero termina. Esperemos que la inteligencia prive en quienes han demostrado no tenerla, los revolucionarios chavistas.

Las cartas están echadas y los valores y principios democráticos se impondrán. No habrá fuerza petrolera, ni otra, que impida a la justicia impere de nuevo. Los responsables deberán dar la cara ante ella en algún momento, para bien del colectivo, aquel que utilizaron los revolucionarios, para ignorarlo y ofenderlo con los beneficios y las dádivas indignas.

Se cerró el juego para los farsantes. Las ilusiones creadas se desvanecieron. La farsa terminó.

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