Opinión Nacional

La muchacha y la muerte

Se acerca el día de muertos. Desde la alta valla publicitaria que se asoma a la calzada de Tlalpan, dulces Coronado te invita a probar sus calaveras de azúcar y amaranto, y la única imagen del anuncio es, precisamente, una calavera ornamentada en el hueso frontal que te sonríe con todos sus dientes. Pero luego tampoco te asombres. En la vitrina de Starbucks Coffee en un centro comercial, la sugerencia del día es el Pan de Muerto (“traditional sweet bread”) para acompañarlo con un café macchiato, y del techo de una tienda para gente joven, al otro lado del pasillo, cuelga un esqueleto en ropa deportiva que calza unas zapatillas de correr Lacoste, mecido levemente por la brisa del acondicionado. Victoria Secret´s queda vecina. Sólo falta ver un esqueleto hembra luciendo un bra strapless de seductor encaje negro, con la salvedad de la falta de senos turgentes de los que en estas precarias circunstancias la dama, demasiado anoréxica,  ya no puede presumir.

Frente a este alegre y despreocupado despliegue de familiaridad con la muerte, tan mexicano, las brujas narigudas de faldas de papel crepé montadas en su escoba, las cabezas de hule de Frankenstein, y ya no se diga las calabazas de un color naranja fosforescente, resultan tan inocentes como si Walt Disney mismo, rey de la fantasía sin consecuencias, fuera el custodio de los sueños más inocentes que puede deparar la muerte en esta disputa comercial por apoderarse de su reino de sombras.

La muerte que no se esconde ni a la hora de la comida. En el restaurante de Insurgentes, al que se entra por el bar con su cantina de viejas maderas oscuras y cristales biselados, una partida de esqueletos se divierte alrededor de una mesa bien servida, entregados a una amena conversación donde sobran los chistes y las bromas porque uno de los parroquianos allí sentados ríe a mandíbula batiente, y otro abraza a su vecino en franca camaradería de borracho, una imagen que podría ser la de celebrantes vueltos del tiempo de la revolución, como trazados por el buril de los grabados de Posada, sombreros charros y sarapes, cananas de tiros en el costillar, y las mujeres envueltas en sus rebozos, gozando todos de la fiesta que nunca termina.

Pero también allí mismo, yendo hacia el patio umbroso sembrado de palmeras, y en cuyo centro borbotea una fuente de azulejos de Talavera, se alza un altar de muertos adornado con flores de cempasúchil de color oro y amarillo, que son las de la temporada. En el altar hay platos de mole y tamales, servidos en homenaje de los comensales ausentes para ser tentados a regresar, y hay redondos panes de anís espolvoreados de azúcar, de los mismos que Starbucks anuncia a su clientela moderna, y vasos y jarritos de mezcal, de tequila y de cerveza, toda una celebración culinaria en la que presentes y ausentes, vivos y difuntos, comparten viandas y alegrías a ambos lados de la frontera del misterio, porque lo que gusta aquí seguirá gustando allá.

Ésta es la muerte festiva, la de azúcar y chocolate, fémures y tibias comestibles y calaveras que se disfrutan trocito a trocito. La otra, la de verdad, se ha vuelto el elemento omnipresente del paisaje cotidiano de México, cadáveres mutilados, emigrantes de paso hacia Estados Unidos ametrallados en masa, cuerpos que cuelgan de los puentes peatonales sobre las autopistas, cabezas de decapitados entregadas a domicilio, la fiesta del terror en todos sus furores.

Pero la una es la representación sin remedio de la otra. Hay que reírse de la pelona, la huesuda, la calaca, la catrina. Ser amable con ella, no olvidarla. Sentarla a la mesa de los comensales. Aprender a no tenerle miedo. O fingir que no se le teme, para no tentarla. O tentarla de verdad, si de todos modos va a envolverte en el abrazo de sus huesos duros, treinta y cinco mil asesinados que van ya desde que comenzó esta guerra que cunde en las calles y en las carreteras y abarrota las fosas comunes y los cementerios.

Desafiar a la muerte tan celebrada, que puede ser una bravuconada de macho pendenciero,  o un acto de serenidad. Si no veamos a Marisol Valles, esta muchacha que a sus apenas veinte años ha ocupado sin alardes, y seguramente a falta de candidatos varones, la jefatura de policía del municipio de Praxedis G. Guerrero, en el estado de Chihuahua, donde los altares de muertos van a multiplicarse este noviembre, porque el pueblo, de tan solo diez mil habitantes, tendrá muchos difuntos que celebrar, entre los últimos el alcalde Jesús Manuel Lara Rodríguez, abatido a tiros por una partida de sicarios. Un pueblo pequeño, pero dominado como pocos por el terror de los narcotraficantes que han impuesto su dominio en Chihuahua, donde los muertos víctimas de la violencia suman ya más de dos mil quinientos en lo que va del año.

Marisol, que estudia criminología y es madre de un niño, ha aceptado ponerse al mando del pequeño destacamento de policías, la mayor parte de ellos sin armas. Y cuando los periodistas, asombrados de su osadía, le preguntan si siente miedo, ella responde con toda sinceridad que “miedo sí hay, miedo siempre habrá”, y ha rechazado que le pongan escoltas.

Esta muchacha sencilla se enfrenta a la muerte que con su guadaña afilada vuela cabezas y las expone como trofeos de guerra, y confiesa que tiene miedo, pero sigue adelante porque cree en la vida, y cree que vale la pena quedarse de este lado, en busca de paz y de seguridad, aunque su acto insólito de valor con miedo, o de valor que vuela por encima del miedo, la acerque al altar de las ofrendas de la muerte y al olor de las flores de cempasúchil. La muerte de verdad, no la que calza zapatos deportivos colgada de los techos de los centros comerciales.

Ciudad de México, octubre 2010.
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