Opinión Nacional

La revolución pendiente

1)
Hace setenta años, en 1936, Venezuela vivió uno de sus momentos de gloria. A redropelo de una dictadura siniestra, que había terminado por aplastar a sangre y fuego los caudillismos regionales, parapetar en 27 años de sangre y represión algo así como un Estado centralizado, levantar una hacienda pública, un ejército profesional y una red nacional de carreteras, había anidado una generación de espíritus inquietos, osados, modernos y misionales. Entraron a la historia pletóricos de juventud y deseos de renovación. Abarcaban toda la gama de la inquietud intelectual: desde la economía hasta las ciencias políticas, desde el derecho y la jurisprudencia hasta los estudios humanísticos y las letras, desde el periodismo hasta la medicina y la arquitectura. Se darían a conocer como “la generación del 28”, si bien no todos eran estrictamente coetáneos. Alberto Adriani, el economista, había nacido en Zea, Estado Mérida, en 1898. Uslar Pietri, el literato, en Caracas en 1906. Rómulo Betancourt, el político, en Guatire en 1908. Pero todos estaban animados por un espíritu común: Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorri, Isaac Pardo, Miguel Otero Silva y toda esa pléyade de grandes intelectuales soñaban con construir una Venezuela moderna, anclada de una vez y para siempre en el siglo XX, del que ya había transcurrido el primer tercio sin otra presencia en la Venezuela rural que una sorpresiva y sorprendente explosión telúrica: el petróleo. Ese minotauro – lo llamaría Uslar – que trastocaría de raíz e irremediablemente la esencia de la Venezuela republicana y se convertiría en el elemento consustancial y sobre determinante de su dislocada nacionalidad.

Durante una década entera, el post gomecismo en las figuras de sus delfines, los generales López Contreras y Medina Angarita, lograron conducir la Venezuela rural desencajada por la explosión de La Rosa – el más grande de los pozos petrolíferos del mundo, capaz de vomitar cien mil barriles diarios de crudo – hacia sus primeros atisbos de modernidad. Sus “intelectuales orgánicos”, entre ellos Adriani primero y Uslar Pietri después, pretendieron hacerlo mediante una pacífica, moderada y controlada transición política, social y económica. Dándole al Estado emergente un papel rector y pretendiendo controlar el despertar de las masas sacudidas por la súbita riqueza petrolera a través de mecanismos de caución institucional.

El 18 de Octubre de 1945 echó por tierra todos esos plausibles aunque ingenuos propósitos, abriendo el cauce a la incorporación masiva de las masas depauperadas al ejercicio del poder público. De la mano de Acción Democrática y bajo el liderazgo de Rómulo Betancourt se quiso implementar una inédita alianza cívico-militar con un proyecto de desarrollo de capitalismo de Estado, popular y democrático. Fracasó irremediablemente, bajo el zarpazo del cesarismo militar representado por el general Marcos Pérez Jiménez. Dando paso a un desarrollismo tecnocrático y militar, que refrenaría el empuje de los sectores populares durante otra década. Coadyuvando a la emergencia de una burguesía de Estado, a falta de una auténtica burguesía empresarial. Hasta que el 23 de enero de 1958 todo dique de contención saltaría por los aires dando paso al surgimiento de la democracia venezolana.

2)
La fractura que el octubrismo cavaría en la continuidad histórica de un pensamiento que se pretendiera liberal y modernizador, no sería reparado nunca jamás. El 23 de enero de 1958 retomaría los ímpetus iniciales del octubrismo, si bien con otros protagonistas, otras fuerzas sociales, otros proyectos. Y el pensamiento propiamente liberal y modernizador quedaría desterrado del discurso político y programático de la nación. Bajo el empuje de Acción Democrática y su liderazgo fundacional, Venezuela asumiría un perfil definitivamente izquierdista, estatólatra, demagógico, petrolero y distributivo. Bajo la égida de un aparato de Estado todo poderoso, manirroto, dueño de las desgracias y las fortunas de sus ciudadanos, capaz de crear nuevas riquezas, nuevas burguesías, nuevas castas o de hundir en la miseria a vastos sectores sociales si sus administradores – fueran de AD o COPEI nada importaba – así lo dictaminaban.

Contrariamente a su discurso reivindicativo y revolucionario, el chavismo no ha hecho más que provocar la metástasis de ese mal congénito a la democracia post gomecista. El país asiste atónito a su desventura, mostrando a plena luz del día las lacras de sus taras fundacionales: la crisis de todos sus órdenes no puede mostrarse con perfiles más apocalípticos que bajo los actuales. Venezuela se ha encapsulado en un callejón sin salida.

Por más esfuerzos que se adelanten para poner fin a tanta estupidez y tanta barbarie y por más profundos que sean nuestros deseos por lograrlo de manera consensuada, pacífica, constitucional y democráticamente, cada vez se hace más evidente que la salida a esta terrible crisis terminal puede desembocar en graves quebrantos. No se trata de la acción de los hoy mayoritarios sectores opositores: se trata de la voluntad anti nacional de quien antepone sus instintos de mando y su desaforada ambición personal al bien de la república.

3)
De allí la pertinencia de quienes diagnostican el mal de la nación no en su piel electoral, sino en su sustrato existencial. Venezuela no está enferma del mal del voto: está enferma del quebranto profundo de su espíritu moral, nacional y democrático.

De modo que no será por medio de una simple campaña electoral y el utópico deseo de poner a la cabeza del gobierno a un hombre serio y decente – cuestión tan problemática bajo las actuales circunstancias, que es muchísimo más que improbable – que Venezuela se habrá enrumbado por la senda de la rectificación, la enmienda y la prosperidad. Quienes ofreciéndose de candidatos juegan con la simpleza de un mero cambio de gobierno, engañan consciente o inconscientemente a los ciudadanos, a quienes han rebajado previamente a pasivos electores. Y conmueve ver a viejos tribunos de la plebe, defensores en el pasado de sagradas consignas revolucionarias, rebajados a candidatos de reparto, teloneros menores de una farsa que puede acabar para siempre con la esperanza de una nación digna de nuestros mayores.

Ya hay quienes designan sus comandos de campaña, sitúan a reciclados protagonistas de viejas y trasnochadas políticas al frente de sus distintos frentes promocionales, buscan recaudar millones y millones de dólares para sostener una campaña de incertidumbres, sin haber dicho una sola palabra sobre la única, la verdadera, la inevitable revolución que Venezuela requiere para sanar de este mal profundo: la revolución moral, la revolución espiritual, la revolución de la decencia. La revolución de la productividad y la creación de riqueza, la revolución sanitaria y educativa, la revolución de la justicia que la sociedad civil está reclamando a gritos.

Es un esfuerzo lastimoso, pues será pisoteado en poco tiempo por las avasalladoras circunstancias nacionales e internacionales.

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