Opinión Nacional

La soledad de la soberbia

Dicen los teólogos cristianos que la soberbia es el mayor de los siete grandes pecados capitales, el más terrible de todos. La sabiduría judeo-cristiana, que sabia ha sido en el establecimiento de normas para regular la conducta humana, opuso a ellos las virtudes, ante la soberbia, la humildad. El universo medieval donde tuvieron las mejores razones para su existencia, era, de alguna manera como más simple de observar, como más sencillo de controlar. Correspondió al papa Gregorio I, el mismísimo del canto gregoriano, haber establecido los siete pecados capitales y sus virtudes antónimas y hoy, este papa, Benedicto XVI, ha establecido, como complemento a aquellos, los pecados sociales, siete también: 1. Las violaciones bioéticas, como la anticoncepción. 2. Los experimentos moralmente dudosos, como la investigación en células madre. 3. La drogadicción. 4. Contaminar el medio ambiente. 5. Contribuir a ampliar la brecha entre los ricos y los pobres. 6. La riqueza excesiva. 7. Generar pobreza. Pecados cuya lectura reclama de buenos oidores. Porque, por ejemplo, riqueza tiene un calificativo, excesiva. La brecha entre ricos y pobres puede estar en manos de pobres o de ricos, e, incluso, pudiera ser de ambos. En cambio la contaminación y la drogadicción son como son, son eso, sin adjetivaciones posibles.

Tal vez sea la soberbia el mayor de esos pecados, porque está muy directamente relacionada con el poder. Por soberbia intentó Luzbel igualar a Dios e ir un poco más lejos, ponerse por encima de Dios, y el cuento sigue, de modo que sería la soberbia la que impulsó a Eva a seducir a Adán, en su empeño por conocer cuanto le era prohibido. Nada mas temeraria que la ignorancia, pero he recurrido a ella, como quien dice por soberbia, para tratar de provocar la justa ira, y así obligar al justo, de alguna manera, a que me corrija. Dejada a un lado la cuestión teológica, me permito dar algunos ejemplos de soberbia en soberbios. Napoleón fue exageradamente soberbio y no precisamente en los campos de batalla, victorioso o derrotado, en sus hazañas políticas, ni en su traición a la Revolución, ni por su coronación de emperador, sino en su actitud ante Josefina y, sobre todo, en su acto de entrega a los ingleses. Para no complicarme en cosas morales, dejemos de un lado a Josefina, y sólo recordemos que su entrega partió de un principio de soberbia único en su especie, creer que por ser Napoleón, los ingleses, insisto los ingleses, reconocerían sus méritos sin par y darían las consideraciones que ello reclamaba. Pero la soberbia inglesa no tiene límites en su superioridad, y Napoleón fue llevado al infierno, Santa Elena y le darían un torturador para recordarle insistentemente, diariamente, que ahora era un enano. A Luís XIV se le atribuye la expresión, “L´Etat ce Moi”, con lo cual, independientemente si fuese suya o no, la grave sentencia no sólo denotaba el poder absoluto del rey, sino, desde luego sus méritos. Si no fuese porque Dios es quienes es, el identificarse de este modo, “Yo soy el que soy” sería un acto de suprema soberbia, pero, he aquí una duda, ¿cuando se dice una verdad, única y per se, constituiría un acto de soberbia?
La cuestión del ser soberbio es, pues, sencilla de determinar y comprender, es erigirse por encima de todos, es asumir su verdad como la verdad, es ser dueño de la razón teórica e infalible en la acción práctica es, en definitiva, dejar de reconocer que se es humano y que se encarnan las cualidades esenciales de dios (o de los dioses!), y no por delegación, como la infalibilidad del papa, sino sentirse, a su modo, un dios. Y en esa vía, también la humildad puede mutarse en soberbia. Para muestra un botón, Sócrates al tomar la cicuta. Tal decisión puede ser calificada como el más absoluto acto de soberbia, mas no así su sentencia, solo se que no se nada, pues no solo era el reconocimiento del saber inmenso de sus antecesores, a quienes hoy se identifica como presocráticos, sino por el tremendo miedo que da reconocimiento de cuanto faltaba por saber. En nuestro patio interno, porque hay patios externos, el caso de soberbia humilde podría ser JV Rangel. Lo vi con pose de José Gregorio Hernández, en los tiempos de pedir el voto. Lo conocí como el D´Artagnan de los derechos humanos, la espada de la Paz blandida en mano, en la alta edad de la IV República y en la baja, se asumió como Cicerón, y con esa identidad lo vi emprender sus catilinarias en clips. Su humildad pareciera ternura, y en estos días, su soberbia es excelsa al referirse al gobierno colombiano y a Manuel Rosales.

Pensaba en esas cosas de la existencia humana, porque recientemente ví en la TV, cadena nacional, la lección que diese nuestro presidente a una periodista sobre la cosa de las computadoras, de Reyes presuntas, y el informe presentado por INTERPOL. Acostumbrado estoy a las escatológicas batallas verbales de mi presidente. Me complacen las aventuras de su niñez, como encaramarse en una mata de naranjas y deleitarse saboreando frutas, de todas las especies, hasta me parece bien ver patillas gigantes de luz verde colgando como lámparas de sus enredaderas en sus cuentos tantas veces narrados y me lo imagino pasando a nado el Arauca, con su armamento y su traje de campaña, en una mano al aire, como si fuese un periscopio y su cuerpo sumergido, desnudo aceleradamente nadando como Mark Spitz, con sus siete medallas iluminado su orgulloso pecho. Lo acompaño gozoso en las aventuras de Maisanta y hasta vivo mi triste alegría por su decisión de convertir a José Gregorio Hernández en la misión que lleva su nombre y cuyo objetivo es hacer milagros para que los mudos hablen, los ciegos vean, en fin, que todos los discapacitados resuelvan sus trágicos asuntos. Al principio, como paisano de JGH que soy me sentí turbado, pues creía que esa decisión del Presidente impediría o diferirá la beatificación, la santificación, es decir, la canonización, pero no. Lo que aun no ha podido hacer la santa madre iglesia, etc., lo hace el presidente, total, la santidad no se concede, es la bondad, sublimidad, belleza, amor, etc., que se demuestra en y con los milagros, como, también por ejemplo, milagro es entender qué se ha hecho con 700 mil millones de dólares y estamos mas o menos y a veces peor como antes de tenerlos. El propio presidente podrá mañana canonizar a JGH. Lo sé y lo entiendo.

Pero la brillantísima clase a una periodista, quiero decir al mundo, que lo interrogó sobre las presuntas máquinas de Reyes, me tiene confundido. Esa lección magistral, supera con creces la conjugación del verbo adquirir, donde él sentó cátedra. Presumo que bien fundamentada. Total, quizá lo ayudó Chomsky, en eso de que las estructuras profundas sean regulares, y sea natural que digan los niños yo cabo y no yo quepo. Supera en todo, el adelantar los relojes para que se despierten más tarde los niños y al amanecer el sol esté en el cenit cuando los niños ingresen a sus escuelas, todo eso me es explicable. Total el sol se paró y el mar rojo se dividió, todo ello para salvar al Pueblo de Israel. Eso estuvo bien hecho!. Pero mi confusión no está en verlo recurrir a los falacias ad hominem, es decir, descalificar el informe porque los que dirigen a INTERPOL son bastardos, delincuentes, el Noble es gringo, un policía gringo, ni tampoco está en su suprema auto distinción, en su proclamación, lo digo yo, lo denuncio yo al mundo y por tanto esa es la verdad. Su carácter divino, mejor dicho, como hablan los dioses de verdad. Sino mi confusión está en la teatralidad puesta en escena…

Se levantó, y está bien que para una buena clase los maestros se pongan de pie, con las excepciones que la vida impone, que se asuma cierta teatralidad, como enseñaban en el maravilloso Pedagógico de Caracas, tiempos lejanos ha. Un maestro debía saber respirar, hablar sin dañar sus cuerdas bucales, pero con buen talante, persuasivo, severo pero amable con la firmeza de la seda, para poder comunicar y hacer vivir en los alumnos, la sabiduría y conocimiento que él llevaba consigo. Mostrarles los caminos y decirles qué deben meter en la mochila del avío para alcanzar el conocimiento, la sabiduría, vivir el arte y encontrar la vida en cada sueño y un sueño en cada realidad aun tosca sea.. Desarrolló su clase, en largo tiempo, como un mago. Escogió el más terrible de los ejemplos, asesinar a alguien, pero con un propósito muy claro, con esa muerte quitar la vida a otro, y ello consiste en hacer culpable y condenar a un inocente. La escena comenzó, una vez muerto el escogido, extrajo de él, quiero decir del muerto, todas las cosas que le sembraron post morten para con esas pruebas, comprobar que el muerto, que bien pudo ser santo, es asesino, según son las pruebas de invenciones era. Iba, venia, posaba, pensaba en la demostración de su magistral clase, que, ahora entiendo un poco más, no consistía exactamente en probar que es posible prostituir a una máquina por violación, sino que lo mas importante, la pobre dama, que era una dama en el ejercicio de su trabajo, el periodismo, era una ignorante esclava al servicio de los mas grandes pecados de la humanidad, mentir intencionalmente. Pero llegó más lejos. El presidente probó con su actuación que la dama en cuestión era un cadáver, pero un cadáver al servicio del mal, pues su función es ocultar de la verdad para hacer daño. Me recordé de cómo hizo Dios al mundo. De la Nada lo hizo. Nadie sabe cómo pero lo hizo. No supe que se hizo la dama, bella para mi gusto, porque sonreía no se si plácida pero impertérrita escuchando el monólogo del presidente, y anotaba –para su amo, diría Chávez o para cubrir su ignorancia o para acumular la sabiduría, la suprema sapientia de la totalidad del presidente, o tal vez diseñaba una caricatura de Chávez reconstruyendo el mundo, en su absoluta perfección, sin gringos ni mentiras. Solo amor y paz y allá no cabrá la soberbia, pero ¿habrá humanos en ese mundo? ¿Será la soberbia el alma del autócrata? Y ¿Qué del alma de quienes lo idolatran?

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