Opinión Nacional

La tarea ciudadana

Si seguimos por el camino de las facturas nunca dispondremos de las imprentas suficientes para imprimir la gran cantidad de talonarios que seguramente serán necesarios para que cada sector o cada quien cobre la suya frente al adversario. Venezuela no puede mantenerse en la ruta de la revancha, o mejor dicho, del revanchismo, de la exclusión, del maniqueísmo que nos pone entre la espada y la pared, o lo que es lo mismo, entre la incondicionalidad y la traición, sin opciones intermedias.

Durante largos años hemos vivido bajo la confrontación sin cuartel, sin el derecho a observar matices o a razonar si el argumento del adversario es válido o si el de algún aliado, incluido el líder o los líderes de ambos bandos, es equivocado, insuficiente o está desfasado. Cualquier duda a lo interno es traición, tan o más grave que cualquier actitud de diálogo, de reconocimiento del otro o de autocrítica por errores o excesos cometidos. Y, lamento decirlo, desde el gobierno del Presidente Chávez se insiste en mantener este escenario, aunque la realidad ya está dando la posibilidad de mirar otros panoramas que poco a poco se abren camino.

Mientras la sociedad comienza a despolarizarse, el gobierno lucha por mantener la polarización como vía para frenar el descontento y la desesperanza ,que toma cuerpo en el propio seno de los venezolanos que respaldan al Psuv o militan en él , tan víctimas hoy de la inseguridad, de la pérdida del valor adquisitivo del bolívar, del deterioro de programas sociales emblemáticos o del crecimiento del desempleo como lo son quienes adversan a Chávez y a su gestiòn. Hay cada vez mayores coincidencias frente a temas puntuales entre ciudadanos que ya no ven en las posiciones extremas la salida a los graves problemas del país. Los venezolanos queremos cambios que apunten a la justicia, a la búsqueda de igualdad de oportunidades, pero no queremos un esquema de gobierno o un modelo de Estado que se base en el autoritarismo y en la existencia de poderes públicos eunucos, sometidos a una sola voz, al ordeno y mando.

Creo que buena parte de los venezolanos, indistintamente de su posición política, ya no acompaña la idea de que para solucionar los problemas es necesario encontrar un enemigo a quien enfrentar y a quien achacarle los males.

La èpica del discurso político ya se agota frente a la urgencia de que alguien se ocupe de atender el deterioro de los servicios públicos, de acabar con el imperio de la inseguridad y la delincuencia. O de ponerle coto a la incontrolable inflación. No dudo de que el gobierno, y especialmente el Presidente, mantiene todavía un importante porcentaje de fidelidad, pero nunca como antes. Ni en cantidad ni en intensidad.

Algunas iniciativas políticas van haciendo mella por lo que implican. Por ejemplo, las expropiaciones, o el caprichoso y peligroso enjuiciamiento de figuras críticas. O la anulación arbitraria de candidaturas electas por las bases psuvistas. O el barrido a cualquier vestigio de diversidad en la Asamblea, como ocurrió con la destitución del vicepresidente José Albornoz. O el maltrato verbal contra un sindicalista bolivariano de la empresa Polar, por defender sus puestos de trabajo. Todo se resume en la sustitución del consenso, del debate de ideas o del reconocimiento de quien piensa ligera o sustancialmente distinto por la decisión arbitraria, unilateral e individual.

¿Què podemos hacer frente a esto? Por lo pronto elegir una Asamblea Nacional diversa, que recupere su poder contralor y su condición de órgano autónomo, y que actúe sin apego a extremismos de ninguna especie, y con sujeción absoluta a la carta magna. Un parlamento para todos. Esa es la tarea ciudadana.

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