Opinión Nacional

La tragedia del amante

Últimamente, algunos autores especializados en el problema de la autoestima han confundido dos términos bien distantes entre sí: estima y amor. Es común escuchar en la calle, a algún amigo, parientes o dentro del salón de clases y en el trabajo, aquello de que hay que amarse a uno mismo. No hay afirmación más errónea que ésta.

Ovidio nos narra la tragedia de Narciso y cuenta cómo, de manera nefasta, Narciso se encontró con su propio reflejo en las aguas del río y esto lo enloqueció. ¿Por qué habría de ser trágico que uno se encontrara consigo mismo reflejado? Mirarnos al espejo es, en la cotidianeidad, algo indispensable. Los niños lo hacen para conocerse, para re-conocerse, para garantizarse a sí mismos una imagen que los caracterice. ¿Por qué Narciso enloquece cuando se re-conoce en el reflejo del río? Porque al descubrirse, descubre a su vez que se ama, que se ha enamorado de sí mismo, y esto es inconcebible. El amor trae de suyo la necesidad del amante de poseer aquello que no tiene, pero ¿no se tiene Narciso a sí mismo? ¿Cómo hará para poseer aquello que, constitutivamente, le ha pertenecido desde siempre? Narciso enloquece porque quiere amarse, poseerse, y esto no es más que redundancia. Por eso estira los brazos al río y cae, perdiéndose en la medida en que intentaba poseer esa imagen que no era más que él mismo. Muere Narciso entonces por haberse amado, por la desesperación de haber querido poseer algo que desde siempre fue suyo.

Desde esta perspectiva, amar será, entonces, ese anhelo, esa necesidad de poseer algo que no tengo y de la cual siento vital su posesión. Para que pueda amar es necesaria la ausencia, implícita en el querer poseer. No quiero poseer algo que es mío justamente porque ya lo poseo. La característica fundamental del amante es el vacío que siente con agonía y que quiere llenar con un objeto determinado. Así, en el caso de Don Juan, la búsqueda incesante de la mujer trae de suyo el eterno camino hacia mujeres particulares y circunstanciales. No hay vida más trágica, excluyendo la de Narciso tal vez, que la de Don Juan. ¿Por qué enamorar a tantas mujeres? ¿Por la variedad? Sería una respuesta muy simple que diluiría la complejidad del donjuanismo. ¿Para aplacar una pena; para aminorar la ausencia de la madre? Tal vez, pero resultaría incomprensible por qué Don Juan se pasea por tantas mujeres, todas ellas disímiles entre sí. Quizás habría que buscar en el punto de encuentro entre cada mujer que logra poseer Don Juan en el transcurso de su vida, y es probable que desde Platón podamos llegar a alguna respuesta plausible.

En La República, Platón nos explica su Teoría de las Ideas y el hecho de que cada cosa particular “participa” de la Idea en sí misma. Esto es lo que nos permite reconocer cada uno de los particulares, en tanto que, a pesar de sus enormes diferencias entre sí, se caracterizan por un algo que nos hace reconocerlos. Este “algo” es la Idea, que no está en este mundo, sino en un mundo que trasciende lo meramente particular, espacio-temporal. La Idea es aquello que es en su sentido pleno, en tanto que todo ente particular garantiza su ser desde esa idea.

La idea platónica resulta muy gráfica para nuestro problema: Don Juan ama la idea de mujer y es esto lo que tanto busca. Como dijimos, sólo es posible amar aquello que no nos pertenece, aquello que nos interesa poseer pero que nunca logramos asir del todo. Cuando Don Juan ama a una mujer concreta, no la ama realmente a ella, sino aquello de esa mujer concreta que participa de la idea de mujer. Una vez que Don Juan concretiza su posesión, esto es, una vez que se consume el acto sexual, esta mujer deja de ser la Mujer para convertirse frente a sus ojos en aquello que siempre había sido: una mujer particular, una mujer diferente de las demás, una mujer que, si bien participa de la idea de la cual ha estado enamorado, se diferencia de la idea –diríamos, del concepto- en tanto que es un particular, afectado por circunstancias espacio-temporales que la individualizan. Cuando Don Juan ha creído poseer aquel objeto de su amor, ve con desprecio que no era a ella a quien amaba, no era a ella a quien buscaba con tanto ahínco, con tanto anhelo.

Con Don Juan vislumbramos una vida miserable, una vida que quiere llenar esa ausencia y que jamás lo consigue. Una mujer, veinte, miles de ellas, no lograrán llenar su vacío, pues Don Juan no las ama, no amó a ninguna de ellas. Don Juan ama la idea de mujer, ésa que nunca podrá poseer porque está más allá de su circunstancialidad, en tanto que la idea trasciende lo circunstancial.

Etimológicamente, Filosofía significa “amor a la sabiduría”. Entendemos este amor de manera semejante a como lo hemos entendido con Narciso y con Don Juan. El filósofo es un amante, y como tal sacrifica su vida en la búsqueda de aquello que no posee pero que necesita poseer, a saber, la sabiduría. Equiparar al filósofo con el sabio sería entonces un error, en la medida en que entendamos por el segundo un individuo que posee la sabiduría, que es inherente a él, que le pertenece. En este sentido, el sabio no ama el saber, no es posible que lo ame en vista de que lo posee. El filósofo busca, su vida se justifica –como la de Don Juan- en tanto que no se agota nunca su búsqueda y se acrecienta su frustración. La verdad, que es lo que ama el filósofo, suele aparecerse engañosamente en todos los ámbitos de la realidad. Sin embargo, cuando el filósofo cree haber dado con la clave que lo acerque a esta supuesta verdad y logre asirla definitivamente, se concretiza banalizándose, dejando de ser lo que el filósofo suponía que era. La verdad termina siendo no más que una verdad, una verdad enmarcada en lo espacio-temporal que la relativiza. El filósofo ha hecho el amor con una verdad particular, creyéndola definitiva y definitoria. Al consumirse el acto, al comprenderla del todo como le ocurre a Don Juan con cada mujer que posee, el filósofo la deja de lado tras su enorme frustración, y continúa con su búsqueda.

Por eso la actividad del filósofo jamás cesa; por eso, también, en sociedades donde lo concreto-particular-circunstancial-perecedero vale más que lo abstracto, la vida del filósofo es tanto más desdichada que la de Don Juan. El filósofo nunca encontrará la verdad, así como Don Juan nunca encontrará a la mujer. Ambos lo saben y en eso consiste sus vidas: vidas absurdas, como bien diría Albert Camus, frustradas por el anhelo de un tener que jamás podrá realizarse del todo y, aun cuando lo saben muy bien, no cesan en la búsqueda de lo imposible. No cesan de amar. Un amar que caracteriza la vida, que la constituye y que, sin embargo, no es posible consumir.

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