Opinión Nacional

La vida entra en la escuela

Cuáles son las razones de las dificultades que actualmente sufre la escuela? ¿Toda la culpa la tienen algunas circulares poco afortunadas del Ministerio de Educación Nacional de Francia? Esto sería atribuirles un poder que no tienen. Las razones deben buscarse, en primer lugar, en la transformación de la sociedad. Los alumnos ya no son los mismos: el liceo de ayer estaba dirigido al 20% de un grupo etario, el de hoy apunta al 80%. La matrícula anterior era más homogénea en todos los aspectos, tanto por cultura familiar como por clase social o aspiraciones. A través del tiempo, la autoridad de los profesores corrió la misma suerte que su prestigio social; en la actualidad, la autoridad está en crisis, tanto en las familias como en la escuela, y nadie envidia los magros sueldos de los maestros.

La omnipresencia de la televisión, a toda edad, transforma el pensamiento de muchas maneras: disminuye la atracción que ejerce lo escrito e incluso la de la cultura en general; por otra parte, se debilita la capacidad de concentración prolongada. Además, la escuela a menudo termina siendo el único lugar del barrio donde, por la fuerza de las cosas, se conserva una vida común. Por eso, aquélla se halla en primera fila en las situaciones de emergencia o de violencia.

¿La escuela puede permitirse pasar por alto esta transformación de la sociedad? Solamente a su propio riesgo. La palabra «adaptación» se ha convertido en una injuria en la pluma de los defensores de la escuela a la antigua. Los que la emplean son colocados bajo la sospecha de querer ponerse al servicio del gran capital y la mundialización. Sin embargo, «por una escuela inadaptada» es una consigna que no causa demasiada gracia. Además, la cuestión no es adaptarse sino tomar en cuenta: ¿de qué sirve cerrar los ojos ante la realidad de los hechos? La escuela no debe renunciar a su ideal, sino que es de la mayor importancia para ella conocer la distancia que la separa de él.

Los partidarios del inmovilismo que exigen que hoy se imparta la misma enseñanza que recibieron ellos manifiestan con esto una preocupante propensión a la autosatisfacción: ¿están tan seguros de ser perfectos? Pero, aun suponiendo que las recetas de antes hayan servido al mundo de antes, ¿en qué garantiza esto su eficacia actual? ¿Estoy diciendo que la escuela debe servir? Esta es otra idea tabú, aunque se trata de algo evidente: la escuela no tiene como objetivo autorreproducirse, ella debe servir a la sociedad de la que forma parte. A su vez, existe consenso con respecto a sus objetivos: la enseñanza general no fabrica profesionales competentes (aunque tampoco busca impedir la profesionalización), sino ciudadanos autónomos (con espíritu crítico) y seres humanos plenos. La utilidad de las disciplinas literarias es inmediata: el estudio de la historia ayuda a orientarse mejor en el mundo de hoy, el de las lenguas extranjeras permite valerse de ellas. No todos los saberes aprendidos en la escuela sirven en la vida activa, pero rechazar por principio «una instrumentalización del francés con vistas a la inserción de los alumnos en la vida activa» remite a una extraña concepción de la enseñanza. Una escuela que rechaza toda mirada que eche sobre ella la sociedad que la creó corre serio riesgo de funcionar en balde.

Pasemos al francés. Según el espíritu de los programas actuales, esta enseñanza persigue un triple objetivo. En primer lugar, el de enseñar a expresarse claramente, oralmente y por escrito. En segundo lugar, el de adquirir los elementos de una cultura común. Forman parte de ella los textos que marcaron la historia de Francia y que la memoria nacional transmite de generación en generación; ignorarlos es no poder participar plenamente de la vida del país y, por ello, convertirse en ciudadanos de segunda categoría. Por último, la enseñanza del francés aspira a poner a los alumnos en contacto con las grandes obras literarias, porque se postula que éstas enriquecen la experiencia humana.

Sociedad de poetas muertos

Para alcanzar estas metas, la enseñanza se vale de múltiples vías. Entre otras, el estudio de los textos. Desde fines de la década del 60, la innovación consiste en que se han introducido, junto a las obras literarias, algunos otros tipos de textos, escritos de filósofos, de expertos, de políticos, de periodistas o de la literatura popular.

Con todo, no es obligatorio tener por dogma inquebrantable el postulado remanido que sostiene que la poesía no tiene nada en común con lo gris del «reportaje universal» producido por el lenguaje corriente. Y no se aniquila la literatura al renunciar a pensar que «la verdadera vida es la literatura», o que «todo en el mundo existe para terminar en un libro», dogma que excluiría del «verdadero camino» a tres cuartas partes de la humanidad.

Los alumnos que llegan hoy a la escuela secundaria no tienen todos pasión por la lectura. Es necesario incitarlos a adoptar el hábito de leer y ayudarlos a comprender que la lectura puede ser no sólo un ejercicio impuesto, sino también un placer.

El objetivo primero del estudio de los textos es comprender mejor su sentido. Si se olvida este dato evidente, las obras estudiadas se convierten en una simple ejemplificación de los conceptos lingüísticos necesarios para su análisis, o en documentos puestos al servicio del estudio de la historia. Este sentido no se confunde con el juicio puramente subjetivo del alumno, sino que se basa en sus conocimientos. Para acceder a ellos, puede serle útil adquirir un vocabulario limitado de análisis o de informaciones provistas por la historia literaria. Sin embargo, en ningún caso el estudio de estos medios de acceso debe sustituir el del sentido de la obra, que es el fin de aquéllos.

Pasar por alto la diversidad de los alumnos de las clases de enseñanza general, tecnológica y profesional, hacer como si se tuviera delante un tipo de alumno ideal, es fácil en los papeles. Pero en las aulas uno se ve obligado a partir de los alumnos reales, sumamente diversos.

Los antirreformistas tienen una visión maniquea del mundo: o se mantienen los «métodos tradicionales» o se aniquilan la literatura, la cultura, la educación. O se protege a la escuela del contacto con el mundo exterior o se adhiere al «dogma del rendimiento inmediato». O se educa a los adolescentes según los ideales intangibles de la escuela o se renuncia a todo ideal, a toda educación. Ahora bien, el mundo real y la práctica escolar no se llevan bien con esta lógica del tercero excluido. La escuela de hoy dista de ser perfecta, pero, si se quiere mejorarla sinceramente, sería mejor renunciar de entrada al maniqueísmo, a la demagogia y a los gestos ampulosos.

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