Opinión Nacional

La Vida Sigue

«Salgamos aunque sea a tomarnos una merengada»,
dije, lleno de optimismo. «Pero a otra zona de la ciudad, no podemos estar todo el tiempo encerrados aquí». Era un sábado por la tarde, no estaba lloviendo ni temblando, ya había comprado casi todos los útiles escolares y apenas me faltaban unas pocas cosas … parecía una buena idea, así que me la compraron en casa, aunque con alguna reticencia.

Pero, ¿adónde ir? Dije: «Las Mercedes, ahí podemos conseguir una merengada o un helado, comprar los cuadernos y quién sabe si ir al cine».

Vi la cartelera por Internet: nada que nos atrajera, decenas de salas para ver los mismos cinco blockbusters. Partimos en el carro y nos encontramos el paso vedado a Las Mercedes por obras en el Ciempiés. Quedamos atrapados en una cola.

Fuimos al Centro Lido, que debía estar tranquilo porque era sábado: esquivamos en el sótano los carros que ignoraban la señalización, rodeamos una bailoterapia que me sacudía las entrañas, la segunda que me encontraba en el día, pasamos junto a una armería y encontramos una librería casi vacía donde adquirimos los cuadernos. Primera hazaña. Faltaba la merengada.

Decidimos arriesgarnos. Ir a Plaza Las Américas a probar un sitio que no conocíamos. Entramos por el antiguo estacionamiento: varios carros ignoraban ahí también las flechas pintadas en el suelo y perdimos 15 minutos buscando puesto en vano y retrocediendo en una sopa de metal, bajo el sol de las dos de la tarde. Tres niveles más abajo encontramos un puesto. Me dolían el cuello y la cabeza.

Tardamos otros varios minutos en encontrar, en el mall abarrotado, el lugar de las merengadas (primero hallé la segunda armería que veía en el día).

Pero al fin llegamos y me puse a hacer cola. Mi mujer y mi hijo decidieron esperar afuera, espantados por el volumen de la música y la escasez de espacio en el local. Pensé, mientras esperaba las tres merengadas que costaron ochenta bolívares, que los que hacíamos cola allí tratábamos de descansar de las colas que en la semana habíamos hecho ante los semáforos, en las agencias bancarias, en la taquilla de Cantv o ante la caja de un supermercado.

No terminamos las merengadas; eran demasiado dulces y pesadas. Hicimos una cola más para pagar la hora de estacionamiento que pasamos sobre todo en el carro, y una última para salir del mall. Llegamos desesperados a casa, a bajar las persianas, a protegernos del mundo exterior.

Recordé cuántas veces yo había dicho «salgamos de aquí un rato» con los mismos resultados. «Ya ves por qué no salimos, salvo a casas de los panas», dijo mi mujer.

El escritor venezolano Israel Centeno me informó hace poco de un término que no conocía: insilio, el exilio inverso, el exilio interior. Mientras unos cuantos se van del país, otros nos exiliamos sin salir de él. Nos desarraigamos, nos desconectamos. Nos refugiamos no en él, sino de él. Somos muchos en esto, aunque hay quienes lo niegan cuando también lo están haciendo: la rumba y la compradera son por igual formas de alienación.

Somos ciudadanos a la defensiva, tortugas que guardan la cabeza. Espantados por la inflación, la violencia y los malos ratos que tanto uno pasa en la calle, cortamos por lo sano y construimos bunkers, en la medida en que podemos.

Sólo que algunos no nos resignamos, y participamos de algunas luchas por reconquistar la intemperie y saltar el muro del ghetto. Aunque no es nada fácil.

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