Opinión Nacional

Los centros comerciales y la decadencia urbana

 

La crisis de las ciudades venezolanas es una de las muestras palpables de la decadencia observada por la nación en los últimos años.

Vivimos en reductos sobrepoblados y con malos servicios; asediados por el hampa; sin opciones para transitar espacios públicos. Metidos en un automóvil, y, en consecuencia, todo el día en una cola, gracias a la dictadura de la gasolina barata.

Para muchos urbanistas los centros comerciales constituyen el epicentro que preside una vida como la nuestra, empobrecida y cruzada por limitantes.

Una cotidianidad alejada de la libertad de movimiento, sin concepción alguna de urbanismo, distanciada de las bondades naturales de nuestros entornos tropicales.

Este es un discurso al cual se suma en coro cierto chavismo crónico y sin remedio, que a continuación pasa a adobar las reflexiones anteriormente expuestas con sus lugares comunes clásicos: «no lugares» donde unos autómatas caminan por escaleras mecánicas seducidos por la lógica del consumismo capitalista, donde crece la esperanza de personas sin alma, irrecuperables para la causa de la utopía, incapaces de emocionarse hasta el llanto con una puesta de sol.

Es absolutamente cierto que buena parte de los centros comerciales que cruzan de cabo a rabo las ciudades de mediano y gran calado en el país constituyen una alegoría a la escasez de imaginación. Hablamos acá de su entorno arquitectónico y de sus nombres: mamotretos cuadrados que parecen peceras, todos con el apellido «plaza» o «center» y con opciones replicadas y carentes de inteligencia.

Todo lo cual no nos faculta a afirmar que son todos, o que es gracias a ellos que las ciudades presentan las falencias inventariadas. La existencia misma de un centro comercial no constituye en sí misma un agravio a ese complejo entramado cultural que es la ciudad. El Centro San Ignacio, por ejemplo, es un espacio volcado a la calle, que aprovecha con inteligencia el clima de Caracas y le regala espacios al peatón con su plaza y su juego de sombras.

Porque esa es parte de la cantaleta: los centros comerciales son espacios artificiales en los cuales hace vida sólo la gente falsa. Párese cualquiera en la boca de la estación Chacao y dígame si esos ciudadanos son inventados o millonarios. Lo único que ha proliferado en Venezuela con método en estos años de socialismo barato son los centros comerciales, pero no todos ellos constituyen una mala noticia.

No entremos a rebatir las babiecadas refritas sobre el consumismo o los autómatas. Son reflexiones tan pobres que hasta pena da tener que rebatirlas. Si las calles de Caracas, de Valencia, de Maracaibo, Puerto Ordaz y Puerto La Cruz son tan hostiles y prohibitivas es porque han estado regentadas por manos incompetentes, sin noción alguna del hecho urbano, corrompidas y víctimas de un compromiso político mal entendido.

No se gobierna pintando consignas. Ese es el balance de 11 años de administración incompetente.

Los centros comerciales no son «no lugares». Son lugares a donde ha ido a desembocar la ciudadanía buscando opciones para distraerse y sobrevivir. «No lugares» son las avenidas San Martín, Andrés Bello y Bolívar, la Plaza Venezuela, la Plaza Caracas y La Urbina. Por mucho que algunos han remozado su aspecto, son espacios ariscos y ajenos, cuyo cruce a pie constituye toda una aventura de alto riesgo.

Entretanto, confieso que camino por los centros comerciales desprovisto de toda clase de complejos y vacunado de cualquier himno al refrito «comprometido» y llorón pensado para evadir responsabilidades. Las propias y las ajenas

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