Opinión Nacional

Oscurantismo del siglo XXI

El dictador totalitario procede como un hombre que persistentemente insulta a otro hasta que todo el mundo sabe que el segundo es su enemigo, así que puede, con cierta plausibilidad, ir a matarle en defensa propia. Con estas palabras describía Hannah Arendt una conducta claramente identificable, 10 años antes de la entrada de Fidel Castro en La Habana y 50 años antes del inicio del llamado «gobierno bolivariano», de manera que es imposible acusarla de ser parte de la conspiración.

Aunque no hay palabras para describir la violencia inconcebible que entrañan las acusaciones brutales lanzadas de forma indeterminada, de manera que cualquiera puede ser sujeto de ellas, es necesario advertir que este procedimiento no es nuevo en absoluto. Tiene una larga trayectoria en los anales del oscurantismo y la persecución. La calumnia, la imputación infundada, es el recurso históricamente más socorrido por todos los despotismos para criminalizar a sus victimas y encubrir sus propios crímenes. En esta materia, la creatividad nunca ha superado a la verosimilitud.

La responsabilidad objetiva, que se creía completamente superada en derecho penal, ha tenido un sorprendente renacimiento político. Consiste en la culpabilidad independiente de la voluntad, la intención o el propósito del acusado. Lénin tenía especial predilección por la figura del enemigo objetivo, aquellos que aunque fueran comunistas e hicieran gran profusión de fe revolucionaria, «objetivamente» se colocaban del lado enemigo.

Asimismo, el «enemigo de clase», categoría de personas que aunque no se las pueda acusar de nada ilícito, simplemente por descender de burgueses, terratenientes o tenderos, se consideran enemigos de hecho, independientemente de su conducta.

Es de singularmente ingrata recordación «el enemigo del pueblo», etiqueta stalinista que ha servido para inspirar películas, obras de teatro, novelas y ensayos de denuncia; pero que se sigue utilizando con el propósito deliberado de no dejar dudas acerca del propósito intimidante que se persigue.

El «delito posible» consiste en una suerte de anticipación maliciosamente presentada de un probable desenvolvimiento de los hechos, de acuerdo con una lógica completamente falaz, en la que no se sabe qué es más repugnante si las premisas o las conclusiones.

El «contrarrevolucionario» es un delito genérico, que no corresponde a ningún tipo penal específico, ni a ninguna conducta en particular, sino a una decisión del régimen, que etiqueta a cualquiera, sin apelación.

A esto se une la costumbre de los dictadores totalitarios de presentar sus propósitos políticos como profecías, en cuya realización invierten sus mayores esfuerzos. Son las célebres «profecías autocumplidas».

LOS PROTOCOLOS DE JVR. Los guiones que elabora JVR sobre los planes conspirativos, siguen exactamente el mismo esquema de los famosos «Protocolos de los Sabios de Sión», un libelo difamatorio escrito por encargo de los servicios secretos rusos para instigar los pogromos contra los judíos.

El caso es que el panfleto fue presentado como si fueran las actas de unas supuestas reuniones secretas de los jefes de la judería mundial, en que se resumían sus planes conspirativos para dominar el mundo.

Una vez demostrado y certificado hasta la saciedad que eran una monstruosa falsificación y que ningún judío tuvo nada que ver con ellos, Hitler argumentó que no importaba que fueran falsos si al fin y al cabo expresaban con absoluta precisión las verdaderas intenciones de los judíos, por lo que los convirtió en un texto canónico de estudio obligatorio en las escuelas del Tercer Reich.

Resulta cómico encontrar entre los precursores de los «Protocolos» a un tal Herman Goedsche, quien ya por 1848, tratando de incriminar a un dirigente demócrata, presentó unas cartas que, de haber sido auténticas, habrían revelado que éste conspiraba para derogar la constitución y ¡asesinar al Rey! (Norman Cohn, 1969).

El mecanismo psicológico de Rangel es exactamente el mismo: trata de presentar sus propias elucubraciones como si representaran el pensamiento o las intenciones de otros; pensamientos e intenciones que estos otros no sólo nunca han manifestado sino que serían completamente incapaces de concebir. Sólo un cerebro dañado como el de JVR podría pergeñar una novela tan rocambolesca y burda como esos supuestos planes que más bien debería llamar «tiranicidas».

Es segurísimo que JVR está plenamente consciente de la falsedad de su libelo, pero no obstante, en ese rol auto atribuido de ser una especie de Fouché, le atribuye alguna eficacia política, que considera legítimo explotar. Pero no se asume a sí mismo como un simple mentiroso, sino como un político y «todos los políticos mienten», de manera que por este camino enrevesado incluye a la mentira dentro de sus herramientas profesionales.

Pero el problema que plantea el totalitarismo no es el de la mentira más o menos habitual, sino que la eleva a política de Estado creando un mundo ficticio; luego pretende «transformar al mundo» para hacerlo coincidir con sus fantasías.

Cuando se afirma que las FARC no son ningún grupo terrorista, sino un verdadero ejército, como consecuencia resulta que los terroristas son el gobierno colombiano e ilegítimo el ejército de Colombia. Lo que se está planteando realmente es un problema de poder, para ver cuál de las dos visiones termina imponiéndose, si el mundo «normal» o el mundo al revés del totalitarismo.

MILENARISMO DE BERNAL. Entre la batahola de despropósitos proferidos por el Burgomaestre de Libertador ante la Fiscalía General de la República, lo que más llama la atención es que el objeto de las hogueras en que va a convertir a la ciudad (que debería limpiar y proteger) es para que respeten la revolución «por mil años».

Llama la atención porque es harto poco probable que los poquísimos ratos de ocio que le debe permitir su frenética actividad de organizar, armar y controlar grupos parapoliciales, los distraiga leyendo textos antiguos sobre profecías milenaristas, por lo que la asociación más fácil, dada su mentalidad, es «el Reich que duraría mil años» de Hitler.

¿De dónde puede provenir y qué puede significar el milenarismo de «Freddy» en su rol de personaje de terror? Otra respuesta fácil es que el lenguaje apocalíptico trae aparejadas como la uña al dedo las visiones y fantasías milenaristas, por donde se ve fácilmente la costura de la escatología revolucionaria, que es más propia de un exaltado predicador evangélico que de un revolucionario profesional, científico, de corte marxista-leninista.

El tema central de la escatología (judía y cristiana) es que el mundo se encuentra sometido por un poder ilimitado, maligno, destructivo, representado por el Imperio (primero Babilonia, luego Roma), «la gran ramera», percibido como un poder sobrehumano, diabólico.

Cuando los sufrimientos del pueblo se hacen insoportables, aparecen los santos que se alzan contra ese poder inicuo, al que deben derribar con efusión de ríos de sangre y gran incendio universal. En algunas versiones del mito, después de la «Batalla Final», ocurrirá la segunda venida de Cristo, quien reinará «por mil años».

Debería resultar decepcionante para los asesores cubanos y para los miembros del PCV que los paladines de la revolución bolivariana se expresen en estos términos y abreven en semejantes fuentes; pero a lo mejor eso es pedirles demasiado.

Mucho más útil sería preguntarles a los líderes de la Nueva Oposición (equilibrada, sensata), que siempre se quejan de que los persiguen por «pensar diferente» y a los que denuncian permanentemente el propósito de este régimen de imponer «un pensamiento único»: ¿Cuál es ese pensamiento único que quieren imponer?

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