Opinión Nacional

Políticos y ciudadanos: ¿Son irreconciliables?

Durante casi 30 años políticos, empresarios, intelectuales, medios de comunicación social y ciudadanos comunes y corrientes nos dimos a la tarea de desencadenar una campaña en contra de los partidos y la política. La política era sinónimo de ineficiencia, corrupción, negociados oscuros, arreglos, chanchullos y todo tipo de tráfico de influencias.

La crítica a los partidos

Esa “satanización”, que sin duda tiene un cierto asidero en la realidad, no es posible negarlo, en la práctica sirvió de excusa para que los venezolanos comunes, por frustración o comodidad, nos desentendiéramos de la política y dejáramos esta tarea en manos de los políticos y los partidos. El ámbito del ciudadano era el de los negocios, el desarrollo profesional y la actividad privada.

Es lamentable como todavía muchos persisten en esta actitud, por ignorancia propia o por oportunismo, para llegarle y ganarse la simpatía de ese ciudadano que se ha negado a entender que los políticos están allí, porque allí los pusimos nosotros y durante años eludimos la responsabilidad de controlarlos. Tanto más hipócrita es esa conducta cuando proviene de personajes que hasta no hace mucho militaban en partidos o se movían en su esfera de influencia.

Por supuesto esas campañas no acaban con la corrupción y los chanchullos y ya hemos visto como dejaron abonado el camino para que en los dos últimos procesos electorales llegaran al poder dos candidatos, Rafael Caldera en 1993 y Hugo Chávez Frías en 1998, que hicieron de este tema, la crítica a los partidos, una parte fundamental de su campaña.

Pero fue con la llegada al poder de Chávez Frías que se comenzó a sentir temor por las consecuencias de esa campaña antipolítica y antipartidos, que había minado también la credibilidad en las instituciones democráticas, facilitando así la destrucción que mencionamos al principio. La historia política reciente nos indica que afortunadamente cambió la conciencia de los ciudadanos y comenzó, de manera simultanea con el actual Gobierno, un proceso de resistencia a esos intentos de desistitucionalización del país.

La crítica al ciudadano y la sociedad civil

Hoy el ciudadano ha tomado nueva conciencia de la importancia de su rol y así tenemos a un nuevo actor político, que en plan de protagonista ha entrado en esta historia y que no será fácil sacarlo de ella. Ya se ha dicho que se impone ahora un nuevo pacto entre ciudadanos y políticos, donde cada uno acepte el rol del otro. Peo ambos sectores deben superar algunas desviaciones y limitaciones.

Muchos de los autodenominados líderes de la sociedad civil, son expertos en utilizar la organización que han creado a su alrededor —con unos pocos seguidores— como plataforma de proyección personal y política y montarse sobre el vacío de poder dejado por los partidos y lideres tradicionales y, con la excusa de que los partidos “ya no los representan” presentar sus propias y personales aspiraciones de poder. Frecuentemente sobre estiman las potencialidades de estas organizaciones y pretenden utilizarlas como plataforma y atajo. En vez de hacer carrera política en algún partido, comenzando desde la base, ganando y escalando posiciones con trabajo, pretenden llegar “por arriba”, con buenos contactos en los medios de comunicación, desde una ONG, a veces de carácter unipersonal, de pagina Web o de “maletín”, para ahorrarse el tiempo y el esfuerzo que le supuso al líder profesional del partido llegar a la posición que ahora ocupa. Constituyen así “organizaciones”, eficientes en el uso de los recursos mediáticos y la prensa, pero donde la tónica dominante sigue siendo el individualismo, en red y “organizado”, pero individualismo al fin; donde priva el interés personal, la falta de compromiso, la falta de arraigo y proyección en la comunidad.

Por su lado, la mayoría de los partidos no han dado muestras de haber llevado a fondo sus procesos internos de renovación; muchos de ellos continúan siendo un cascaron vacío, sin ideología, expresiones decadentes de escasa participación social, que se activan tan solo en momentos de procesos electorales y a partir de cuantiosos recursos económicos, que los utilizan en contratar asesores de imagen, costosas campañas publicitarias y en comprar espacios en los medios. De triunfar quedan tan comprometidos financieramente con los grupos que los financian, que no tienen ninguna o poca independencia para llevar adelante sus programas e ideales. Sus líderes se han convertido en “líderes mediáticos” que pululan alrededor de micrófonos de radio y cámaras de televisión y su inspiración programática son las encuestas de opinión, a las que siguen como si tratara de verdaderos oráculos.

Tenemos que superar juntos estas desviaciones y unir lo mejor de estas dos perspectivas, la del individuo convertido en ciudadano y la de la organización, como expresión popular, capaz de representar intereses colectivos para competir por el poder.

Los ejes de la discusión

La discusión política en la oposición est´< girando sobre varios ejes; por una parte sobre si los esfuerzos se deben centrar en el referendo revocatorio o si es posible “distraerse” para considerar la participación en las elecciones regionales. Otro eje es la selección del candidato que se presentaría para remplazar al Presidente revocado o para enfrentarlo, en el caso de que éste renuncie para evadir el revocatorio o que el TSJ produzca la trastada jurídica de permitirle presentarse en la contienda electoral para reemplazarse a sí mismo. (No dejaría de ser todo una paradoja o record de Guinnes que el pueblo vote por revocarlo y luego lo elija, para reemplazarse a sí mismo)

Sin embargo, no entiendo porqué todas esas discusiones son incompatibles y porque llevar adelante diferentes tareas es imposible. La convocatoria a elecciones regionales y locales, no es algo que dependa de los partidos, mucho menos de la oposición o de la Coordinadora Democrática; es una facultad de un “Poder”, supuestamente independiente, el Poder Electoral, pero que sabemos que sus decisiones responden más a la estrategia del Gobierno, que a la ley o a nuestra lógica y racionalidad. Convocado como está un proceso electoral, una vez que se fije el calendario, no atenderlo sería un suicidio para los partidos y a la larga para todos nosotros, que bien sabemos ya que no somos ajenos a los errores políticos que cometen otros.

Con respecto al otro eje de discusión, la selección de un candidato para reemplazar al actual Presidente una vez que sea revocado, han continuado apareciendo algunas alternativas. Una es el “consenso”, es decir, pretender que todos los partidos y ONG que hacen vida común en la CD, tras un proceso de negociación, se van a poner de acuerdo para escoger un candidato, que será aceptado por todos. Visto desde fuera, como es mi caso, suena como “mágico” pensar que eso va a ocurrir, que de pronto a todos los ilumina una suerte de paráclito de la política y se nos aparecen con un candidato por el que todo el país votará gustoso. Otros, más “científicos”, dejan esa delicada escogencia a la sabiduría estadística de una encuesta o la mezcla de varias. (Es la última novedad en política, desde hace algunos años, las decisiones se toman de acuerdo a lo que las encuestas dicen que el público está pensando; claro que nadie se ha puesto a analizar todavía cuantos de estos vaticinios de las encuestadoras, durante los procesos electorales, fueron correctos y cuantos no, nos sorprenderíamos). La tercera modalidad que adquiere nuevo vigor, pues ya hace más de un año se habló al respecto, es la realización de una “primaria” para elegir al candidato y que tenga como “base electoral” todo el registro de electores o solamente, los firmantes que solicitamos la revocatoria del Presidente de la República; esto último, lo de la base de elección, sí es una novedad con respecto a la situación planteada hace más de un año. Suena razonable que ésta, los firmantes, sea la “base”, allí están nuestros nombres, números de cedula de identidad, fechas de nacimiento y hasta huellas dactilares. Sin duda una participación más amplia es siempre más deseable e inclusiva, pero más riesgosa y compleja. En todo caso, para ambas existe comprobada experiencia en organizar este tipo de actividades. No cabe duda que la solución que luzca más democrática y que permita una mayor participación directa siempre es la mejor. Otra cosa es la discusión de la oportunidad, el momento, el costo, etc.

Otra Propuesta

Pero a esta discusión le falta un eje, del que se habla poco últimamente, aunque eso no quiere decir que no se haya hecho nada; es la discusión sobre el programa, el contenido de lo que se va a presentar al país como alternativa para superar la crisis política; el lamentable estado de empobrecimiento cada vez mayor al que estamos todos sometidos; las deplorables condiciones de inseguridad social y personal en que vivimos; las fórmulas para recuperar la derruida economía, especialmente nuestra industria clave, la petrolera. Esta discusión también se debe intensificar. El problema es muy complicado; pero ya se ha hecho mucho y no podemos desanimarnos por una aparente falta de progreso o una pérdida de velocidad.

Yo he propuesto con anterioridad dos puntos, muy simples, para continuar el camino:

– primero, que abramos la discusión, de una vez, pero más allá de la revocatoria del mandato del actual Presidente y de la selección del candidato para reemplazarlo; vamos a pedirles a los partidos que nos muestren su juego, que nos digan cuáles son sus propuestas y candidatos; y

– segundo, vamos a exigirles democracia interna comprobable; vamos a exigir que nos dejen a los ciudadanos supervisar esa democracia interna, que nos dejen ser los garantes de ella, que de verdad es democracia, que esas ideas son producto del debate interno, que esos candidatos surgen de la base, de un proceso de lucha democrática de ideas en igualdad de condiciones.

De esta manera resolvemos un problema que no está para nada resuelto, el problema de la participación y la legitimidad de las decisiones. El de la participación, porque se abren suficientes temas de discusión en los que cada quien puede participar y proponer, multiplicar las respuestas y las propuestas e irán quedando las que tengan apoyo, las que lleguen hasta el final. Mera regla “darvinista” de sobre vivencia, las más aptas.

Lo de la legitimidad es más delicado y más curioso. Para los partidos es fácil, los que están allí como sus representantes nadie los cuestiona —internamente, me refiero— y si lo hacen, hay formas legales de resolverlo. El problema lo tenemos los que estamos en la sociedad civil, que no representamos a nadie —de manera efectivamente comprobada o comprobable— sino a nosotros mismos y estamos formados por una población flotante de voluntarios que hoy están aquí y mañana en otro sitio. Entonces, primero, ¿cómo sabemos quienes somos los que tenemos que discutir y llegar a un consenso?; segundo, en este campo infinito de individualidades brillantes, cada uno con una idea más genial que la de los demás, ¿Cómo nos ponemos de acuerdo?; y tercero, si logramos ponernos de acuerdo, ¿Cómo podemos estar seguros que alguien más, con el mismo derecho que nosotros, no vendrá a cuestionarnos?.

La respuesta a estos tres puntos es a la vez muy simple y muy compleja; como partimos de que somos y no de que representamos, y además, como trabajamos con voluntarios, los que se incorporen a las tareas son admitidos, trabajan, participan, opinan, deciden; y los que no asisten, puesto que callan… otorgan. Tendrán su oportunidad de expresarse en las urnas electorales.

¿Hay solución?

Definitivamente sí, aunque el dilema es muy claro. Hay una evidente pérdida de efectividad y legitimidad en los gobiernos, los partidos y la elite política. No podemos confiar en partidos que operan en un contexto de corrupción sistemática y continua, sin financiamiento o ilegalmente financiados, que los vuelve vulnerables; conducidos por líderes políticos que solo rinden cuentas en épocas electorales, que dependen en sus decisiones del asesor de imagen o de lo que digan las encuestas —muy comúnmente orientadas por intereses económicos o desconocidos— y apoyados por burocracias atrasadas y desconectadas de la realidad.

Nos volvemos entonces hacia la sociedad civil, hacia las ONG, subvencionadas por empresas o por el Estado, con poca dependencia; o sin subvención ninguna y poca capacidad de acción; integradas por voluntarios sin mayor compromiso duradero, y que representan una gran descentralización y disgregación y no una forma alternativa de participación democrática. Individualismo en un momento en que lo que se necesita son instituciones, representación y participación política.

Pero la pre condición básica es que ambos actores, partidos y sociedad civil, políticos y ciudadanos, tenemos que sincerar las posiciones. Ni los partidos pueden seguirnos negando el papel de ciudadano en la actividad política y nuestro derecho a controlar y pedir cuentas; ni los ciudadanos podemos pretender competir de manera desleal, utilizando una plataforma que puede ser ficticia para tomar un “atajo”, escalar posiciones y ahorrarnos el trabajo político, que desde la base han seguido muchos lideres políticos.

No es aceptable ese tono de suficiencia maniquea que afecta a ambos protagonistas: “Yo soy quien compite por el poder, pues soy quien conozco eso con la malicia suficiente —dicen los partidos— y el paso para acceder a él pasa por mis horcas caudinas.” Tampoco es aceptable ese aire de suficiencia tecnocrática que se respira y parece decir: “Aquí, de este lado, estamos los buenos, los eficientes, los que movemos ‘la calle’, los puros, los sinceros, los desinteresados… allá está la bazofia, los intereses creados, las componendas, la ineficacia.”

Que el ciudadano acepte el rol del político y sobre todo el de los partidos, como la instancia legítima en la cual se da la lucha por el poder. Y que los políticos acepten el papel contralor que debe ejercer el ciudadano sobre su actuación pública. Allí está el gérmen, el embrión, la única manera de reconstruir de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba nuestras instituciones y la democracia que nos han ido arrebatando.

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