Opinión Nacional

¿Por qué el discurso de la oposición no cala en los más pobres?

En 9 años de lucha política contra el gobierno de Hugo Chávez, la oposición venezolana ha embelesado la mitad de un país, que valeroso, la ha acompañado en las más tortuosas hazañas políticas que mente alguna pueda concebir. Más de cien marchas multitudinarias, un paro nacional de dos meses, un firmazo, decenas de elecciones y hasta en un golpe de estado. Ese apoyo ha sido irracionalmente incondicional. Sin embargo, y pesar de muchos esfuerzos, la oposición se ha visto mermada en sus intentos por conquistar a los sectores de más bajos recursos. Ellos parecieran inmunes a las violaciones que el régimen perpetra a la carta magna y demás leyes republicanas. Sus oídos son indiferentes frente a los aberrados discursos presidenciales- lleno de división y violencia-. Sus espaldas se voltean frente a los presos políticos, frente a la ineptitud de los políticos en solventar las crisis económicas, de seguridad y de salud. No reaccionan frente a las reiteradas condenas que intelectuales y políticos mundiales esgrimen frente al proyecto socialista de Chávez. Sus corazones parecen atados al verbo del presidente, quien les arrulla domingueros discursos y promesas “revolucionarias”. Será que los pobres están locos; como es posible que no vean que la inflación es del 25% anual, o que Chávez ha manejado más dinero que cualquier otro presidente, o que una Asamblea Nacional roja rojita desvirtúa la división del poder de Montesquieu, o que el crecimiento económico es una ficción del gasto público, o que Chávez no respeta a los tratados internacionales etc. ¿Será posible que los pobres no valoren la democracia y la libertad?- no hay otra explicación porque la oposición ya desenmascaró al régimen mil y una vez; es más, al régimen no le interesa pretender que democracia y libertad son temas principales para ellos- esencialmente- porque su audiencia es otra. Su audiencia (la de Chávez) no le interesan los trabalenguas legales que los eruditos del derecho en Venezuela escriben es sus amparos constitucionales contra la violación al Habeas Data; o no le interesa las incoherencias de la geopolítica mundial (es decir, que Chávez no obstante sus insultos a Bush le continúe pasando petróleo constante y sonante), no le interesa escuchar la explicación económica de porque si el salario mínimo sube 10% mientras la inflación crece al 20% entonces su “mayor” salario es en verdad “menos”. A ellos no, ellos son pragmáticos: “dime que puedes hacer tú para ayudarme a solucionar mis problemas”. Ustedes los culparían por no leer a Dworkin, o porque no comparan a los gobiernos de Thatcher con el de Fidel Casto, cuando tienen que subir 200 escalones diarios para llegar a sus casas o cuando la típica madre Venezolana pierde a sus hijos antes de los 25 años por un asesinato. A ella que le pedimos señores, que entienda que Chávez es malo porque quiere pasar una ley orgánica como habilitante. He allí el gran hueco donde cae el discurso opositor. Las palabras libertad y democracia chocan contra una inmensa muralla llamada la realidad. El valor libertad económica, por ejemplo, es totalmente inútil para una empleada doméstica; el valor democracia es totalmente inútil para quien vive amenazado por el hampa en los barrios. La oposición ya capturó con su típico discurso a la gente que entiende y valora (de apreciar) la meticulosa disección sobre el porqué Chávez violenta lo que significa un régimen democrático. Pero llegar a la otra realidad, a la realidad de quien día a día sufre lo peor del país, hace falta mucho más que sofisticados análisis técnico políticos. El discurso debe empaparse de la tierra, de las paredes de cemento viejo y tejas de zinc; empaparse de la frustración de trabajar como un burro y vivir como un perro, de las lágrimas por tantos familiares asesinados sin responsables, de hospitales con enfermos sin que se ofrezca una mano amiga. El discurso opositor debe hacer una alianza con la realidad; tender la mano a esa aflicción. ¿Es esto algo tan difícil de entender?- No lo creo, salvo que se carezca totalmente de emociones. Mientras la fijación sea contra Chávez y no se trabaje en crear lazos con las necesidades sociales, el discurso sobre la democracia y la libertad caerá en oídos sordos, hipnotizados en el trance de una promesa vacía llamada “revolución”.

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