Opinión Nacional

¿Por qué murió el Gobierno Limitado?

Toda doctrina política se apoya en una visión de la naturaleza del hombre y por tanto de la sociedad humana, de la cual es tributaria inseparable.

El Liberalismo Clásico no se sostuvo porque fue poco a poco desarraigado, desvinculado de la visión del hombre y la sociedad que le servía de fundamento; y ahora pagamos las consecuencias. Vea Ud.:

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La doctrina liberal clásica del Gobierno limitado se asienta en la visión realista que muestra la Biblia: el hombre es un ser finito, creado por Dios, pero dañado por la realidad del pecado, en su naturaleza y no de modo accidental y contingente. Cognitiva y moralmente falible, el ser humano puede equivocarse, y usar su libertad para lo más vil; sobre todo cuando anda en masa. Es en ocasiones capaz de buenas y nobles acciones, pero no es “bueno por naturaleza”, sino proclive a dejarse llevar por sus peores pasiones, mentir a sabiendas, herir, violar, robar y matar. Y mayores atrocidades: guerrear, invadir, sitiar, hambrear y masacrar pueblos enteros abusando del poder en todas formas -y llamando bien al mal y viceversa-, porque su naturaleza innata no le inclina directamente a la verdad y al bien.

Así el Gobierno civil es un mal necesario “para reprimir las manifestaciones más groseras del pecado”, en palabras de Juan Calvino. Pero el poder no confiere ciencia ni sabiduría a quien lo ejerce, y menos garantiza su solvencia ética; mucho menos el poder absoluto. Todo poder es causa potencial de males peores, de los cuales es preciso precaverse y defenderse con celo. San Agustín de Hipona, Rabbi Moisés Maimónides, Santo Tomás de Aquino, Juan de Mariana, John Locke, William Blackstone, Thomas Jefferson, el venezolano Juan Germán Roscio y muchos otros partidarios del Gobierno limitado, precursores o fundadores del Liberalismo Clásico a través de los siglos, destacaron expresamente las raíces bíblicas (judeocristianas) de su doctrina.

En los catecismos cristianos el hombre es un ser naturalmente defectuoso, e incapaz de redimirse a sí mismo por sus propias obras; sólo Cristo salva, y es por la Gracia de Dios, mediante la fe en su Salvador. Así en el orden individual, por su salvación el ser humano queda justificado y rehabilitado por Dios para el conocimiento de la verdad y las buenas obras, mas no apartado del pecado, por lo cual ha de permanecer siempre bajo la guía y protección del Espíritu Santo, y en actitud de saludable vigilancia.

Y en el orden político ya lo dijo Thomas Jefferson: “La eterna vigilancia es el precio de la libertad”. Hechos de salvaje despotismo y horrorosa brutalidad como el imperio romano, la Inquisición española y las guerras religiosas, el Terror jacobino y las guerras revolucionarias, Auschwitz y el Gulag, son recordatorios (entre otros) de suprema y antihumana maldad política, frutos inevitables de la concentración y abuso del poder.

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No es esta una visión halagadora del orgullo humano, y menos aún del gobernante. De allí la opuesta: el ideal humanista y optimista del ser “bueno por naturaleza”, a quien “la sociedad” corrompe, y por tanto a ella es preciso reformarla y rehacerla, mediante la política -la democracia o la revolución- y la educación impartida por el Estado. Es la imagen tomada de la Antigüedad grecorromana, en cuya literatura el inocente ser humano da muestras de un ingenio y una moralidad muy por encima de sus dioses y diosas; y cuyo pensamiento y quehacer políticos han sido casi siempre totalitarios y con mucha frecuencia autocráticos. Y es en parte la visión del Renacimiento; y sobre todo de la Ilustración, en el “Siglo de las Luces” (XVIII). Es la noción del bondadoso “buen salvaje” de Rousseau, del “ciudadano sin camisa” de Robespierre, y del “Hombre Nuevo” del Che Guevara. Ingenua visión, es un sueño que termina en infernal pesadilla.

Hay una correspondencia entre las doctrinas del hombre y las del Gobierno. A la visión realista del ser capaz de abusar (y mucho) del poder, corresponde la idea del Gobierno limitado para contener al poder, evitando daños mayores. Y a la visión ingenua corresponde la contraria doctrina estatista del Gobierno sin límites, dotado de plenos poderes, supuestos para hacer el bien, en la ilusión de proporcionar “la mayor suma de felicidad al mayor número”, según la conocida expresión de Jeremy Bentham recogida y popularizada entre nosotros por Simón Bolívar.

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La Biblia no tiene buena opinión de Gobiernos y gobernantes. Desde Lamec y Nimrod en los primeros capítulos de Génesis, hasta las espantosas bestias de los últimos de Apocalipsis, los jefes políticos son casi siempre ignorantes, obtusos, caprichosos, crueles … y en extremo licenciosos y autoindulgentes. Ya sean faraones de Egipto, reyes israelitas, Emperadores de Babilonia o Césares romanos; y ya lo sean por nacimiento, suerte de una conjura, triunfo militar, selección por una elite o elección popular. Incluso el Rey David pecó muy gravemente decretando un censo, y su hijo el sabio Salomón al final se desvió del camino recto. En los libros de Reyes y Crónicas desfila la muy larga sucesión de caudillos de Samaria y Judea, entre mediocres y deplorables. Apenas uno hay bueno: Josías, restaurador de la antigua y olvidada Ley mosaica, como Nehemías después del exilio. No sorprende entonces que el Credo de los Apóstoles diga de Nuestro Señor Jesucristo que “padeció bajo el poder de Poncio Pilatos” (y eso sin mencionar a Herodes).

Pero, ¿hay un “modelo bíblico” de Gobierno? Por supuesto. Cuentan los libros del Pentateuco -los cinco primeros- que Dios entregó leyes a Moisés, para dar protección a la vida y seguridad de las gentes y sus propiedades, y asegurar el respeto a la palabra empeñada. Y para hacer cumplir y aplicar las sabias leyes dadas por Dios, Moisés designó en cada tribu a unos funcionarios con poderes muy limitados, llamados Jueces. El libro de ese título narra que también se encargaban de proveer a las defensas ante ataques externos y domésticos, así que debían ser personas fuertes y decididas además de juiciosas y prudentes. De los diezmos tomaban los recursos para sostener esas actividades y algunas obras públicas de infraestructura: caminos, puentes, canales de riego. La competencia de cada juez no iba más allá de su aldea o tribu; pero si alguno destacaba por su buen desempeño, crecía su fama y las gentes de otras tribus solicitaban su protección, trayendo sus pleitos consigo, y sus diezmos.

No obstante, el famoso capítulo 8 de I Samuel -cita infaltable de los liberales de todos los siglos- también cuenta que el pueblo desagradecido no se conformó con los jueces; y exigió tener un Rey poderoso “como las demás naciones”. Por boca de Samuel, Dios mismo entonces les advirtió muy grave y severamente de las adversidades y penurias que el Rey les impondría: les oprimiría, les esquilmaría y esclavizaría, a ellos y a sus hijos e hijas. Y así fue.

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En vista de esos antecedentes, en el siglo XIV John Wycliffe tradujo la Biblia al inglés, a fin de que sirviera al “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, según declaró. Cinco siglos después Abraham Lincoln se apropió de la frase para definir la democracia; pero con un sentido opuesto. Porque para Wycliffe la fórmula no significa gobierno de una todopoderosa asamblea democrática, representando al colectivo endiosado que llaman “Estado”. Significa “autogobierno”; esto es “gobierno propio” del individuo, bajo Dios Soberano, y conforme a su Palabra que es su Ley, justa y moral. Y el individuo no por debajo sino por encima del Gobierno civil, cuya autoridad no es soberana ni superior en jerarquía a las demás en las otras esferas o instituciones -familia, escuela, negocios, iglesia-, las cuales también se subordinan a la persona individual, pues están a su servicio y no al revés. La del Gobierno civil es entonces una autoridad humana entre otras, que como todas deriva en última instancia de Dios sus poderes; pero eso no implica que sean ilimitados sino lo contrario, pues Dios no delega poder alguno sin propósito ni límite.

Tal modelo o forma de Gobierno, única realista, se llamó República. De modo que la famosa frase no es de Lincoln, ni significa democracia sino Gobierno limitado, republicano. E individualista, como debe ser. Porque cuando el individuo se sumerge en un colectivo, su entendimiento no se agudiza; al contrario, se nubla más. Y sus naturales tendencias al mal, al saqueo y a la vagancia, tampoco se moderan al confundirse en una masa gregaria, sino que se estimulan, pues con el anonimato desaparece la responsabilidad. Y en la indivisa muchedumbre también se esfuma el incentivo para las buenas obras productivas, pues a sus autores se les hace muy difícil o imposible aprovechar sus rendimientos.

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Contra lo que la gente dice, las ideas importan, porque tienen consecuencias, buenas o malas, sobre todo cuando se incorporan a las leyes y aspiran a determinar coactivamente nuestra conducta. Si nuestros conceptos y juicios son razonablemente fundados -ajustados a la realidad- y lógicamente bien conectados entre sí, en principio nos va a ir bien y de lo contrario nos irá mal. Las personas nos conducimos por las ideas que tenemos en la cabeza, sensatas o no. Y las gentes de a pie tenemos las mismas ideas de los filósofos muertos, sólo que en versiones populares; y disfrutamos -o padecemos- las leyes que en sus ideas se inspiraron.

Durante siglos en Occidente, buena parte de las personas creyó sin dudar en la Biblia como palabra revelada de Dios, disponible en lenguas vulgares para el lector corriente desde la Reforma Protestante. Y creyó que Dios, como Creador del hombre, tiene mejores ideas que los propios humanos sobre los asuntos humanos, entre ellos los referidos al Gobierno civil. Por eso la gente pensó que la idea de Gobierno limitado era una buena idea. Y se opuso con éxito a las pretensiones de atribuir a los gobernantes la educación de sus hijos o el cuidado de sus enfermos y ancianos; y de concederles facultades para dictar legislaciones minuciosas a sus negocios, empresas y otros asuntos privados, gastar demasiado dinero, decretar demasiados impuestos, llenarse de deudas, o imprimir papel moneda sin respaldo.

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Desde fines del siglo XVIII, escritores y políticos en pro del Gobierno limitado le dieron a esa doctrina gran difusión, pero poco a poco la sacaron de su contexto bíblico. Y así la debilitaron, porque la desligaron de sus raíces y fundamentos propios. Pretendieron en cambio asentarla sobre las nuevas filosofías humanistas, sucedidas unas a otras como olas en veloz torrente, a menudo peleando entre sí. Aunque todas muy alejadas u hostiles a los paradigmas bíblicos, e incompatibles con el Gobierno limitado y prontas a legitimar el estatismo, si bien con disímiles razonamientos y “evidencias”. La lista comprende: idealismo -en muchas versiones, con diferentes adjetivos-, racionalismo naturalista, criticismo kantiano y escepticismo, empirismo radical, utilitarismo benthamista y positivismo “científico”, materialismo, relativismo, historicismo e irracionalismo, evolucionismo y modernismo, pragmatismo, intuicionismo, freudismo, conductismo y cuanto “ismo” venga de moda, por disparatado que sea. Por su parte la Biblia, separada de la vida diaria y encerrada en las capillas de iglesias y denominaciones, comenzó a ser interpretada de formas arbitrarias y fantasiosas.

Y cuando a fines del siglo XIX fue erosionada la confianza popular en la Biblia, se cayó la más fuerte justificación para el Gobierno limitado. Sus partidarios le buscaron otras bases; pero ya no fue igual. Comenzando por la Ley Natural, supuestamente accesible a la razón, idea siempre presente desde los estoicos. ¿Es el Gobierno limitado conforme a la Ley Natural? En la historia del pensamiento no ha habido acuerdo; y en ella pretenden ahora apoyarse las interminables listas de “derechos humanos” al empleo, enseñanza, medicina, vivienda, etc. (¿?) para justificar los extraordinarios superpoderes del Estado en orden a asegurar su vigencia (¿?) Y es que ha sido imposible convenir sobre lo que dice la Ley Natural acerca de ¡la naturaleza humana! E igual con las llamadas Ciencias sociales o humanas, cuyos cultores están aún más prestos que los del Derecho natural a legitimar cuanta dictadura totalitaria o monstruosidad antisocial e inhumana levante cabeza. De las extensas bibliotecas en Filosofía, Derecho, Economía y Ciencias sociales, apenas un ínfimo porcentaje de textos y autores congenian con Gobiernos limitados, mercados libres y propiedad privada; y esa fracción es cada vez menor, en tanto crece y se afirma el dominio estatal sobre la enseñanza en todos sus niveles. Y si es así con los más acreditados filósofos, juristas y “expertos sociales”, ¿qué pueden esperar las gentes comunes y corrientes?

Imposible justificar el Gobierno limitado si negamos el pecado. La ilimitada confianza en el hombre de los filósofos de la Ilustración llevó al ilimitado poder de los déspotas coronados del siglo XVIII, y de los posteriores déspotas totalitarios encumbrados por las masas. Si puede confiarse en la ciencia y la técnica para dar al hombre progreso indefinido, ¿por qué desconfiar del poder humano? Basta con proveerle de finos técnicos y expertos. Si el hombre es bueno y la mayoría infalible, ¿por qué limitar los poderes al Gobierno? Basta con garantizar su elección por el voto. ¿Y por qué conformarse con la seguridad, justicia y obras públicas del “Estado gendarme”, sin confiarle también los negocios y la economía, la educación, los cuidados médicos, los hijos y familias, las iglesias …? Basta con dotarle de más atribuciones y derechos -más poder-; y más dinero.

Por uno de esos irónicos giros de las ideas humanas, la confianza en el hombre parece limitada sólo a los jefes políticos, considerados intelectual y moralmente superiores -“padres de la Nación”-, y sus asesores. A ellos la gente atribuye la capacidad de anticipar las necesidades de millones de personas y planificar (“científicamente”) los medios de satisfacerlas; y la voluntad y el poder para administrarlos prontamente. ¡Qué torpe ingenuidad! Y esa infantil confianza se une a la más insensata y terca desconfianza en las actividades privadas y su idoneidad para esos mismos fines. Pero esa es una de tantas contradicciones de la concepción humanista. Pese a todas sus incoherencias, esa visión y el estatismo que engendra prevalecieron en el pensamiento del siglo XIX, y en la práctica del XX.

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El siglo XIX fue el Siglo del laissez-faire, y a la vez de las Revoluciones. Los Gobiernos constitucionales limitados, el libre comercio y el libre cambio con patrón oro produjeron -bajo la Pax Britannica- un nunca visto florecimiento general de los nexos económicos, las inversiones, la riqueza y el consumo, así como las ciencias, las artes, la población y la vida. Pero al mismo tiempo las nuevas filosofías humanistas ganaron aceptación cada vez más general. Fueron presentadas en la educación, la prensa, el arte culto y popular -y hasta en los templos- como “científicas” y “progresistas”. Y la gente fue dejando de leer la Biblia, estudiarla e interpretarla debidamente, y comentarla y discutirla en la escuela, la iglesia y la familia, y darla a conocer a los niños. Y de aplicarla.

Por eso, aunque exitosa en los hechos, la doctrina del Gobierno limitado perdió empuje y vigencia, al ser privada de su base, el realismo bíblico. Y no resistió los embates del mercantilismo, el nacionalismo, el militarismo, el racismo, los diversos socialismos, etc., separados, aliados o unidos, siendo todos tipos de colectivismo humanista; y todos muy populares. Aunque no impuestos con el peso de las razones por la persuasión y la convicción -en el tranquilo discurrir de las ideas-, sino por la fuerza de las emociones, pasiones y sentimientos; y el poder del número y la coacción. O con balas, tanques y bombas.

Por eso el s. XX fue “el Siglo del Socialismo” y del estatismo, de dos Guerras Mundiales; y del destronamiento del Liberalismo Clásico como filosofía de Gobierno.

Por eso el comunismo renace de sus cenizas, aliado hoy al terrorismo.

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