Opinión Nacional

Purismo y patrioterismos en el deporte

Nos referimos a todos los deportes en general, pero más específicamente al Béisbol y al Fútbol, por ser los deportes que atraen más audiencias a nivel mundial, y tienen más practicantes, sean aficionados o profesionales. Desde los inicios, cada disciplina estaba enmarcada en un Reglamento básico, que obliga a su estricto cumplimiento, el cual ha sufrido algunas modificaciones, dirigidas a flexibilizar la praxis ajustándola a lo que la experiencia indica como conveniente para mejorar las competencias, impedir la degeneración del auténtico espíritu deportivo que debe privar entre los jugadores y entre los aficionados que asisten a los estadiums, así como facilitar la comunicación entre los árbitros y que las informaciones lleguen completas y de inmediato al público asistente y a la infinita audiencia que sigue los partidos por TV y radio, en el globalizado mundo actual.

Graduales variaciones han ido autorizándose en vestimenta y calzado, en los implementos propios de cada disciplina, materiales usados, tiempo de duración y sets o partes en que se divide cada partido, número de cambios de jugadores activos en el terreno, faltas leves o graves, sanciones (suspensiones, expulsiones, multas, etc), pero la autoridad del árbitro principal permanece rodeada de un aura de infalibilidad, incompatible con los frecuentes errores que cometen. No se justifican en la actualidad, cuando se cuenta con una excelente tecnología que permite múltiples enfoques de cualquier jugada, repetición en tiempo real y en cámara lenta de cualquier segmento del partido, compartido todo ello inmediatamente a través de las pantallas de Plasma o LCD (se acercan las tres Dimensiones) en televisores que van desde los minúsculos portátiles de dos pulgadas hasta los gigantescos, que se ensamblan uniendo docenas de pantallas regulares, hasta conformar un rectángulo de imagen visible a cuadras de distancia.

Los puristas se empeñan en que debe continuar esta anacrónica dictadura de los individuos que arbitran los juegos, con el muy conservador argumento de que los errores de los árbitros son parte del espectáculo, y deben ser aceptados por haber sido el producto de un enfoque de buena fe desde el terreno de juego, por quien está más cerca (que cualquiera del público) de la jugada y los jugadores. Innumerables veces hemos sido testigos de fallos arbitrales injustos, que insólitamente son mantenidos por respeto a la figura  del árbitro, a pesar de las múltiples evidencias grabadas que nos muestran lo que realmente sucedió y le quitan la razón al designado que  tradicionalmente decide, y en ocasiones decide “arbitrariamente”.

Es inaceptable que una sentencia equivocada le robe a un Galarraga la gloria de un juego perfecto, que le quite el gol del desempate al equipo de EEUU, o -en el sentido opuesto-, que se mantenga el vergonzoso “gol” que Maradona metió con la mano, y no fue anulado por la complicidad colectiva de quienes sacrifican el fairplay por intereses comerciales o exacerbado fanatismo, existiendo imágenes irrefutables en fotos y videos, que prueban que en los tres casos los árbitros se equivocaron.

Ha de llegar el momento en que se incluya el arbitraje complementario basado en las imágenes de las cámaras de TV presentes en cada competencia, para los casos de jugadas complicadas y trascendentales. Dos árbitros extra con acceso a las tomas de los distintos enfoques, vistos en cámara lenta, y la decisión definitiva la tomarían los tres árbitros, el del terreno y los dos de la cabina con acceso a las imágenes grabadas. De esa forma se evitarían las injusticias, y frente a esas evidencias, al alcance de todos en la transmisión inmediata y las repeticiones, no habría lugar para reclamos ni reacciones reñidas con el genuino espíritu deportivo. Igualmente las faltas graves deberían traducirse en puntos negativos a considerar en la Clasificación definitiva, para reducir los abusos y las lesiones.

El otro debate planteado es el de la supuesta obligatoriedad de hipotecar la afición de cada quien en base a su nacionalidad, es decir, que cada individuo debe seguir al equipo de su país o región, sin derecho a reclamo ni razonamientos de ningún tipo. Según esa óptica, los venezolanos deben ser fanáticos de la Vino Tinto, y cualquier manifestación en favor de otro equipo a nivel mundial es considerada como falta grave,  pecado mortal, delito contra la patria. Quienes asumen esa posición demuestran no sólo menosprecio por el Deporte en sí, que es lo primordial en este tema, sino Intolerancia por maneras diferentes de expresarse, cayendo en un chouvinismo primitivo y feroz. Es esta actitud segregacionista similar a la de quienes sostienen que son más venezolanos los que prefieren la música recia de los llanos, que aquellos que disfrutan más escuchando Jazz, música clásica, Ópera o Salsa. Poco les falta para exigir que le quiten la nacionalidad, por ejemplo, a un dominicano a quien no le guste el merengue, o a un venezolano que no rinda culto al contrapunteo con arpa, cuatro y maracas. Urpia…

En el Fútbol hay reglas que rigen para todos, pero cada equipo tiene tácticas, estrategias y -afortunadamente- también un estilo propio. La sumatoria de los tres factores produce noventa minutos con personalidad propia, que van desde totalmente aburridos hasta extraordinariamente geniales, dependiendo de muchas variables, y todo ello contribuye a hacer interesante cada encuentro y al fútbol en general. En Béisbol hay también estrategias, tácticas y estilos, pero poco espacio para la creatividad lograda por un Pelé, un Eusebio, un Messi, por nombrar sólo a tres de los excepcionales. Contrastes semejantes encontramos entre selecciones, como la Canarinha, la Azurra, la Charrúa, la Albiceleste, la Azteca, la Furia española, que encuentran seguidores fuera de los límites geográficos de las respectivas nacionalidades, probablemente entre quienes no ponen alambres de púas en sus mentes y en sus corazones.

Hay personas que no pueden caminar y mascar chicle al mismo tiempo, otras, la mayoría por suerte, podemos sentirnos nacionales de un país y admirar la forma de jugar de uno o varios equipos, conjunto en que no es indispensable incluir al propio, en especial cuando no participa de un certamen regional o planetario. Si la fórmula de la hipoteca absoluta a la nacionalidad se estableciera como obligatoria, el deporte en general y el fútbol en particular perderían mucho. El sueco Erikson, el italiano Capello y el brasileño Parreira (entrenador en 6 mundiales) no habrían podido contribuir a elevar el nivel del fútbol en países en los cuales no nacieron, por cuyas selecciones han hecho mucho como entrenadores. El patriotismo bien entendido permite ser Ciudadano del Mundo. Cuando le añaden dogmatismo e intolerancia es patrioterismo, y es muy dañino tanto en los deportes como en las relaciones sociales y políticas, especialmente cuando lo utilizan líderes inescrupulosos para manipular a los más desposeidos.

Para ilustrar este punto narro un cuento; La fiebre del fútbol contagia a los del más allá, el cielo y el infierno organizan un encuentro amistoso. Los primeros cuarenta minutos ocurren dentro de la más desesperante rutina, hasta que un diablito recibe la pelota en su media cancha y emprende una zigzagueante carrera entre santos y ángeles, driblando magistralmente hasta lograr conectar un balonazo a 18 metros de la arquería contraria que penetra por el ángulo superior derecho. Cristo salta de su asiento y emite un estentóreo “Gooooool”, para recibir enseguida la reprobación de quienes ocupan la grada celestial, reclamándole porque el gol lo produjo un diablo. Cristo sencillamente les replica: “Yo estoy acá por el fútbol”.

NOTA: A pesar de su importancia los entrenadores son menospreciados, poco o nada aparece sobre ellos en Internet, y Panini los ignoró por completo en su álbum, para el cual por cierto deberían ofrecer las barajitas de los jugadores que fueron al Mundial en lugar de los lesionados de última hora (como Beckham, Ballack, etc), puesto que está incompleto sin esas imágenes, las de TODOS los Jugadores y Entrenadores. Pueden venderlas, por negocio, u ofrecerlas –por vergüenza-, para compensar por su falta.

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