Opinión Nacional

Repetida pero peor

La vocación del régimen actual por la historia no se queda en ese discurso manipulador e interminable del comandante comediante. Es la acendrada vocación por repetir los errores lo que convierte en pesadilla la experiencia de hoy.

Si alguien quería revivir la corrupción y el despilfarro de Corpomercadeo, para eso se crea Mercal. Con su insuficiente e incómoda red de tiendas, Mercal sigue los pasos de aquella empresa estatal que se hizo famosa por los negociados que enriquecieron a sus administradores y causó grandes pérdidas a la nación en las administraciones de Carlos Andrés Pérez y Luis Herrera Campins (1974-1984)

Ni siquiera ha servido Mercal para abastecer de rubros fundamentales a las clases populares. La crónica ausencia del azúcar en sus estantes es todo un símbolo. El símbolo del fracaso continuado del Estado en tareas que no le son fundamentales y la demostración palpable de la indigencia de la economía cubana. Porque hoy de lo que se trata, como objetivo primordial del régimen, es de impulsar el desarrollo… pero de Cuba. Y ésta isla estrangulada por el socialismo del siglo XXI no puede satisfacer la demanda de azúcar de su socio principal, Venezuela.

La economía venezolana se encuentra en una situación plena de contradicciones. Si bien los ingresos por la venta de petróleo están en un nivel extraordinario, este dinero no está siendo utilizado para hacer crecer la economía real, es decir la generación de riqueza mediante la promoción de industrias y la creación de empleos productivos y estables. Pero tampoco para recuperar el sistema de salud pública y de seguridad social.

Hoy el chavismo se limita a repetir y exacerbar el esquema que venía siendo aplicado hasta los años noventa. Por supuesto, con el agravante de que han sido destruidas no sólo las reformas que se implementaron en el segundo gobierno de Pérez y que después el segundo gobierno de Caldera tuvo que retomar tímidamente, sino igualmente han sido arrasadas todas las antiguas instituciones.

Volver al esquema de la repartición sin responsabilidad a cambio ha sido el lema chavista. Repartir dinero mediante la dádiva irrisoria pero también mediante el crédito mil millonario sigue siendo tarea primordial del Estado en la economía. Aquellos que han escrito y dicho que en Venezuela no hay clases sociales sino diferentes grupos que se apropian de cantidades distintas de la renta petrolera, parecieran tener la razón.

Las historias son muchas, demasiadas. Si Chávez entrega dinero a una cooperativa, en el mismo acto aclara que la nueva empresa no tiene por qué vender su producción, porque eso fortalecería al capitalismo y se trata es de promover esa cosa esotérica llamada socialismo del siglo XXI. Si no hay que devolver el préstamo, ¿por qué no se van a coger los reales los directivos de la cooperativa?

Cada día nos enteramos de cooperativas “promovidas” por el gobierno abandonadas por sus directivos y el dinero entregado no ha sido invertido en la actividad anunciada. Un resultado nada asombroso.

El Estado no se caracteriza por ser un banquero responsable. La actual multiplicación de bancos estatales representa una forma de hacer desaparecer el capital puesto en sus manos. ¿Cuántas veces se le ha repuesto el capital al Banco Industrial? Y si a esta característica intrínseca de los bancos oficiales se le añade el nombramiento de gerentes inexpertos, sin más mérito que haberse puesto la franela roja unos días o meses atrás, pues no se puede esperar eficiencia en el manejo de los recursos.

En los años setenta, cuando el primer gobierno de Pérez, mucha gente –y con razón- puso el grito en el cielo ante la remisión de la deuda de ganaderos y agricultores. El Estado, en vista de la bonanza petrolera de entonces, aplicaba un borrón y cuenta nueva a los números rojos de los productores en Bandagro (otro banco estatal) y en las instituciones privadas. Una vez más el capital de la nación era botado para perdonar a quienes no habían pagado. Y lo peor es que muchas de esas deudas habían sido destinadas a la compra de bienes suntuarios y no para aumentar y mejorar la producción de las fincas. Pero el Estado paternalista asumió la deuda y la fiesta continuó.

No hablemos de lo que esto significó para el resquebrajamiento de la ética en los negocios, sino lo que trajo como consecuencia en el mero campo económico. Quedó reforzada la idea de que la economía nacional es un campo privativo de los caprichos de quien administra el Estado. Y una de las condiciones principales del capitalismo quedó reblandecida: el pago de las deudas, el honrar los compromisos no es tan importante en un petroestado.

Hoy toda esa forma alegre y paternalista está multiplicada por el sectarismo, la ignorancia y la estulticia de quienes gobiernan. Esa insaciable capacidad de despilfarro no está sólo representada en los bancos estatales sino en toda la concepción económica que invade al desgobierno nacional.

Después que pase la época de las vacas gordas, ¿qué nos quedará a los venezolanos de esta bonanza ya larga? ¿Qué nuevas industrias se han establecido? ¿Se ha reducido la fuga de capitales que se iniciara a finales de los años setenta? ¿Han disminuido los tarantines de los trabajadores incansables (80 horas de trabajo semanal) de ganancias mínimas que son los buhoneros? ¿Seremos un país más independiente del petróleo?

Como en los años setenta y ochenta, no se ha creado un fondo para los días de las vacas flacas, pero tampoco se han hecho, como sí se hicieron entonces, inversiones reproductivas.

Una pesadilla que se repite, pero peor.

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