Opinión Nacional

Resistir, desconocer, desobedecer

En cierto sentido, era necesario que el régimen imperante en Venezuela se sintiera legitimado y recontralegitimado a través de numerosos fraudes electorales para que, de una vez por todas, se despojara de la careta y se revelara como lo que siempre ha sido: una dictadura con piel de oveja. Alguno que otro incauto se mostrará sorprendido y balbuceará con alguna dosis de incredulidad o de interés acomodaticio: “No, vale, yo no creo. Lo que pasa es que ustedes son unos oposicionistas radicales”. Cosas veredes, Sancho Panza.

Radicales o no, lo cierto del caso es que ya no hay subterfugio alguno que disfrace la naturaleza intrínsecamente autocrática y represiva del régimen “bolivariano”. El dilema subsiguiente se resume, entonces, en cómo enfrentarlo y doblegarlo para, de seguidas, proceder a una reingeniería institucional que sirva de catalizador a la resurrección de la democracia en Venezuela, en un marco de genuina justicia social en donde los ciudadanos de este país puedan liberar sus energías creadoras y creativas, productoras y productivas, sin ser asfixiados por un petroestado actuando como instrumento de dominación, coerción y corrupción infinitas.

El estudio de experiencias similares en otros contextos históricos y geográficos confrontados con nuestra realidad actual nos sugiere la vía de la resistencia cívica no violenta. Gene Sharp, fundador del Instituto Albert Einstein y autor de “La política de la acción no violenta” (The Politics of Nonviolent Action – 1973) asevera que la lucha violenta en contra de un régimen opresivo significa jugar en el terreno propio de gobiernos altamente delincuenciales, en donde predominarán, por supuesto, las reglas acordes al salvajismo y la barbarie prevalecientes en esas autocracias. Por el contrario, la adopción de métodos no violentos producirá en los dictadores reacciones de desconcierto y de autoflagelación que, a la postre, conducirán a su deslegitimación y desenmascaramiento. Sin embargo, el camino a recorrer es largo y tortuoso, requiriendo de mucha presencia de ánimo, alta motivación política y, sobre todo, de una formidable entereza ética y moral por parte de los activistas no violentos.

La premisa fundamental para comprender en su justa dimensión la esencia de los regímenes aferrados al poder por el poder mismo ha sido dilucidada por varios pensadores y filósofos. Étienne de La Boétie, por ejemplo, manifestaba que el poder derivaba de la aquiescencia de los súbditos, por la fuerza de la costumbre, por las enseñanzas recibidas y por el temor al castigo. Al momento de resquebrajarse esa pasividad y perderle el temor al poderoso, su poder se desmoronaría como un castillo de naipes. Tales conceptos ─analizados con mayor amplitud por John Locke, David Hume, Jeremy Bentham (amigo personal de Francisco de Miranda), los enciclopedistas franceses, y, en tiempos más recientes, por estudiosos de la talla de Karl Popper, Friedrich Hayek y el venezolano Carlos Rangel─ han coadyuvado a la organización política, económica, social y cultural de las naciones en donde prevalece el mayor respeto por las libertades del ser humano. No en balde son esas regiones las abanderadas en cuanto a desarrollo se refiere, desde lo más tecnocrático y científico hasta lo más humanístico, a pesar de las crisis y demás avatares propios de cualquier actividad desarrollada por el ser humano.

Acogiéndose a dichas coordenadas filosóficas, figuras señeras de la historia contemporánea (Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela) han logrado implantar un legado de justicia y humanismo al enfrentarse a sistemas reñidos con el ansia de libertad. Se podrá alegar, acertadamente, que ellos no hubieron de enfrentar, como sí es el caso nuestro, a un demagogo habilidoso en las artes del embaucamiento, tenido por algunos todavía como un instrumento de redención social que, en el fondo, no es más que un corrompido sociópata hambriento de poder, camuflado en mesías izquierdista redentor de las masas oprimidas. No obstante, la creciente represión selectiva, la violación asidua de los derechos humanos, la inocultable miseria de nuestras clases populares (muy a pesar de las bequitas), su acoso a la disidencia, su alianza pública y notoria con la delincuencia (esa misma que asesina y secuestra a los pobres en las barriadas y a cualquiera en el campo o la ciudad), sus consuetudinarias estafas comiciales, y, por encima de todo, su ya inocultable corrupción, propia de todos los dictadores durante toda la historia ─no ha existido nunca un autócrata que no se haya embolsillado los dineros públicos pues piensan que el país les pertenece como si fuera su finca particular─ lo desnudan como lo que es en realidad: otro caudillejo más, otro caciquito más, otro tiranuelo más en la sufrida historia de un continente atiborrado de demagogos y chapuceros, tratando de pasar como demócrata cuando en realidad pisotea los valores universales de la democracia. Pero la mona aunque vista de seda…

Once años y ochocientos millardos de dólares despilfarrados después, nosotros, venezolanos disidentes de esta desvergüenza, nos replanteamos la interrogante de cómo afrontar esta nueva vertiente del reciclado caudillismo corrupto latinoamericano. Proponemos, entonces, para la discusión y análisis de todos ─sin importar la proveniencia política, social, religiosa, edad, sexo o condición─ el método de lucha no violenta auspiciado por las preclaras figuras mencionadas anteriormente a través de tres vertientes de acción, a saber:

Resistir: Como los primeros cristianos en las catacumbas, nos encontramos expuestos a una realidad insoslayable. El régimen opresivo imperante en Venezuela desea borrarnos de la faz de la tierra. No se trata de una jugarreta metafórica. Al igual que los grandes sátrapas del siglo XX como Hitler (nacionalsocialista, fascista de derecha) o Stalin (comunista o socialista real, fascista de izquierda), el dictador venezolano no oculta su deseo de eliminar de un plumazo a quienes él denomina “escuálidos”, es decir, a esa gran mayoría (desde 1999 para acá siempre hemos sido mayoría, no se equivoquen) de venezolanos que no se someten a sus ansias enfermizas de dominación.

A semejanza de esos primeros cristianos de las catacumbas, debemos resistir preservando nuestros rituales de democracia, practicando la tolerancia a los diversos puntos de vista, organizándonos en células solidarias para compartir experiencias, intercambiar información, planificar acciones proselitistas y proveernos de mutuos auxilios cuando se incremente la beligerancia represiva. Los primeros cristianos penetraron inteligentemente los círculos de poder del imperio romano llegando, eventualmente, a lograr la conversión del emperador Constantino. Nosotros, los demócratas, debemos infectar de democracia y libertad ─cual metástasis benigna─ los diversos tentáculos del orden dictatorial, como el denominado “consejo comunal”, estructura ésta creada para difundir jerárquicamente los antojos del demagogo y, mediante el reparto de dinero sin supervisión, permear de corrupción a todos los estamentos de la sociedad pues, siempre se ha sabido, los autócratas convierten en cómplices de sus fechorías a sus sojuzgados compatriotas para así someterlos a través del latrocinio compartido y su subsiguiente culpabilidad. “Yo soy golpista, tú también eres golpista”. “Yo soy ladrón, tú también eres ladrón”.

Resistir pacíficamente, en ocasiones de manera pasiva, en otras asumiendo un rol más asertivo, debe ser nuestro norte. Al deslastrarnos, como hasta ahora, de cualquier proclividad hacia la violencia, dejamos perplejos al demagogo, a la boliburguesía y a la cohorte de burócratas facinerosos que lo rodea. De ahí que sus exhortaciones a que “cojamos el monte”, a que instituyamos frentes guerrilleros, a que participemos en golpes de estado clásicos (como el del 4F92), caen en saco roto y lo desconciertan. Pero, al mismo tiempo, procuraremos dejar de adaptar nuestras agendas a los vaivenes de su cotorreo desbocado. A cada impertinencia suya, responderemos con propuestas específicas para transformar en positivo cualquier área de la vida venezolana, sin caer en el jueguito soez y pendenciero a que nos tiene habituados. Por ejemplo, se nos comenta que hace unos días el demagogo rebuznó que muchas ciudades y pueblos de Venezuela adolecían de escasez de agua porque “los oligarcas” y “los escuálidos” abrían sus mangueras y regaban el jardín, las matas y el césped. Pero más de ochocientos millardos de dólares en once años ha podido haber sido utilizados en la construcción y mejoramiento de muchos necesarios acueductos, con adecuado equipamiento y mantenimiento, garantizando de esta forma el suministro de agua en todo momento. Responder a estas majaderías con argumentos y proposiciones pertinentes es parte de la resistencia.

La experiencia histórica demuestra que, si bien la resistencia cívica no es fácil y puede provocar desánimo en muchos de nosotros por su prolongación en el tiempo y su aparente carencia de resultados a corto plazo, a la larga se convierte en una catapulta invencible para cambiar el estado de cosas. Resistamos, pues.

Desconocer: Las dictaduras tienden a retocar y recubrir con un barniz pestífero todo el entramado institucional que asaltan y descuartizan para dar la impresión de que la historia comienza con ellas. En Venezuela, el régimen dizque “bolivariano” arrancó sus tracalerías con una corte de los milagros, la “constituyente” chavetona del 99, integrada, en su casi totalidad, por elementos representativos del filibusterismo político y profesional venezolano. A semejanza de la fábula donde un gigantesco elefante después de ingentes dolores de parto dio a luz un ratón, la “constituyente” chavetona eructó un fementido instrumento, paradigma de la piratería hermenéutica: la constitución chavetona de 1999.

Dicha butifarra normativa pareciera ofrendar un novedoso cúmulo de derechos y prerrogativas para la ciudadanía. Pero, tras la farragosa redacción pletórica de faltas de sintaxis y ortografía (propia de los piratas que la redactaron) se ha escondido siempre el apetito de concederle al caudillo las herramientas para concentrar el poder por el poder mismo. Tal como lo han demostrado estudiosos de la materia jurídica como Jorge Olavarría y Omar Estacio, en esa malhadada constitución se encuentra la raíz de toda la jurisprudencia centralizadora y conculcadora de vastos derechos ciudadanos que se ha venido aplicando. La ley mordaza, la ley de tierras, las leyes que le han birlado a las gobernaciones y alcaldías sus atribuciones, entre otras, son inherentes a la constitución chavetona del 99. Entendemos que algunos factores, de quienes presumimos la buena voluntad, han desarrollado un discurso de lucha mediante la defensa de supuestos valores democráticos contenidos en “nuestra carta magna”. Aceptamos tal contingencia táctica mientras la dictadura cultive algún remilgo de indulgencia que la ayude a conservar apoyos ingenuos, tanto en el ámbito interno como en lo externo, de observadores que todavía consideren que en Venezuela existe algún dejo de democracia. Pero el germen de la presente dictadura está claramente contenido en su código fundamental. Por lo tanto, hemos de desconocer el andamiaje leguleyo surgido de esa patética “carta magna”.

Desconocer implica repudiar el basamento conceptual y legal del régimen. Aunque pueda parecer banal y hasta simbólico, comencemos por negar la entidad de la fulana república “bolivariana”. Al Libertador le provocaban ojeriza los homenajes patrioteros y las adulaciones serviles. Además, el verdadero nombre de este país es República de Venezuela, el que nos convoca a todos sin distinción, sin adjetivos ni adornos superfluos. De la misma forma, la bandera que nos legaron los padres fundadores de la nacionalidad tiene siete estrellas. El caballo del escudo tuerce el pescuezo siguiendo tradiciones heráldicas de muchos siglos. El parlamento entre nosotros siempre se ha llamado Congreso, por lo tanto sugerimos que, al referirnos al lamentable cuerpo legislativo actual (esa guarida bucanera denominada “asamblea nacional”) lo hagamos con un cognomento más apropiado: el congreso chavetón, pongamos por caso. Ídem con el supuesto “tribunal supremo”: la corte chavetona le queda mejor. Desterremos de nuestro léxico expresiones propias de la piratería actual como “cuarta república”, “escuálidos”, “lacayos del imperio” y demás vocablos acuñados por el demagogo.

Aun cuando pueda parecer anodino, estos pequeños pasos de desconocimiento del ilegítimo poder del mandamás nos van acrecentando el ánimo y la entereza para así proceder a concebir las profundas transformaciones que requiere Venezuela ante los retos del nuevo milenio. Francisco de Miranda, Simón Bolívar y sus compañeros de lucha comenzaron por desechar la potestad del orden constituido, desdeñando sus pilares ideológicos (el absolutismo por derecho divino), su vocabulario y sus procedimientos y, consecuentemente, echaron los cimientos del orden republicano. El de la República de Venezuela.

Cuando desconocemos la legitimidad del cabecilla “bolivariano” y no lo asumimos como gobernante democrático, cuando lo etiquetamos con su veraz índole de dictador, echamos a rodar la dinámica de la desobediencia civil que resulta ser nuestro campo de juego con nuestras reglas de terreno, donde vamos a enfrentarlo en buena lid y a derrotarlo con la no violencia, a él en lo personal, y a lo que él representa: el atraso de la ideología neocomunista (paradójicamente, ésta ha producido un capitalismo salvaje cuyo única beneficiaria es la boliburguesía), la alianza con elementos delincuenciales de todo nivel tanto dentro como fuera del país, la corrupción salida de madre por la impunidad desvergonzada, la miseria de nuestra población a la que se quiere comprar con mendrugos y complicidades. Y ─no podemos dejarla por fuera aunque hiera la susceptibilidad de algunos─ la piratería conceptual, profesional y política propia de un raspado en el curso de estado mayor junto a las “lumbreras” que lo acompañan.

Desobedecer: El 1º de diciembre de 1955, en Montgomery, Alabama, EEUU, Rosa Parks, 42 años, afroamericana, se negó a cederle su asiento de autobús a un pasajero blanco. Este pequeño acto de rebelión contra el orden segregacionista desencadenó una avalancha de desobediencia civil, liderizada por Martin Luther King Jr., que desembocó en el fin del racismo después de grandes esfuerzos y sacrificios. Hoy en día, Barack Obama llegó a la Casa Blanca.

El 12 de marzo de 1930, el Mahatma (“alma grande”) Gandhi inició una marcha de más de cuatrocientos kilómetros hasta el mar. A medida que avanzaba por los caminos de la India, la muchedumbre que lo seguía se acrecentaba. ¿Su objetivo? Hervir un poquito de agua de mar para obtener sal y, de esta forma, quebrantar una ley que otorgaba a los colonizadores británicos el monopolio del cloruro de sodio. Gandhi pagó cárcel pero su gesto, trivial en apariencia, sentó las bases políticas y espirituales del movimiento de desobediencia civil que, a la postre, le daría la razón y la independencia a su patria.

La desobediencia civil, la resistencia cívica y la no violencia van tomadas de la mano. Nacen, como ya lo dejamos entrever arriba, del no reconocimiento del poder ilegítimo e ilegal. Requieren, más que de formulaciones ideológicas, de un andamiaje ético y moral que desconcertará, desmoralizará y desarmará al corrompido adversario que enfrentamos. Nuestra meta, en tanto que luchadores no violentos, es sumar a nuestra causa a quienes de buena fe todavía persisten en creer en las inexistentes bondades de la “revolución”, y, por supuesto, reimpulsar, revigorizar y revitalizar a la amplísima mayoría (lo recalcamos: siempre hemos sido mayoría, desde 1999 para acá) de demócratas de este país que deseamos un nuevo orden de cosas, con mayor justicia y libertad para todos.

Muchos de ustedes se preguntarán cuál será nuestra dinámica de desobediencia civil. ¿Cómo traduciremos, por ejemplo, esa marcha de la sal a nuestro escenario concreto? ¿Cómo emularemos la desobediencia civil de Nelson Mandela para finiquitar elapartheid? La respuesta a esta inquietud la dará el desenvolvimiento de los hechos. Para ello, deberemos contar con un liderazgo que no embista los trapos rojos de la dictadura y no se solace con sus tentaciones melifluas ─como las fraudulentas elecciones que, insistimos, sólo deben ser utilizadas para demostrar el timo comicial y para optimizar las energías organizativas de la resistencia ─, además de estructuras que congreguen a todos los ciudadanos que, con o sin aspiraciones políticas, manifiesten su ánimo participativo y estén dispuestos a colaborar, sea cual sea su esfera de actividades, para llevar a feliz término esta controversia histórica que nos enfrenta al pasado autoritario y corrupto.

Habrá de identificarse, entonces, el ámbito supuestamente legal y delimitado que se va a desobedecer, preferiblemente con el mayor consenso y debate posibles. Podríamos, por ejemplo, negarnos a cancelar algún nuevo tributo con que seguramente nos va pronto a castigar este régimen que ha arruinado a Venezuela y cuyas arcas se encuentran desangradas de los odiados dólares imperialistas que se le niegan a los venezolanos, pero que se le reparten alegremente a bandidos y sinvergüenzas de toda ralea, cuyo único mérito ha sido el de chuparle las medias a “nuestro presidente”. Podríamos, quizás, rehusarnos a cumplir con algún engorroso nuevo trámite burocrático obligatorio, engendrado en la mente de algún cagatintas fascista que busque con ello aumentar el grado de control de la población, según las pautas del estatismo abotagado, ensoberbecido y estéril de los últimos años. Podríamos, a lo mejor, organizar jornadas simbólicas de resistencia pasiva, como tomar un sector geográfico determinado por un tiempo preestablecido, para arengar a la ciudadanía, difundir mensajes de resistencia y alentar la desobediencia, arrancando de seguidas como el piquijuye llanero, antes de la aparición de los cuerpos represivos y las bandas paramilitares de la dictadura. Seguros estamos que las ideas concretas para fomentar la resistencia cívica y la desobediencia civil no faltarán.

Un último punto para la reflexión. El mayor aliciente en las luchas de este tipo, tal como lo demuestran los hechos históricos, estriba en la esperanza humana de catalizar los cambios necesarios para forjar un nuevo estado de cosas que propenda a la justicia y la libertad. Los fascistas de izquierda y de derecha siempre han alegado que la violencia es la partera de la historia. Nosotros no somos fascistas. Somos demócratas, republicanos, libertarios y amamos la justicia. Por eso nos enfrentamos a la dictadura venezolana con la no violencia.

Es menester, no obstante, sembrar en la conciencia ciudadana algunas interrogantes que podrían alumbrar el sendero a seguir y, bien entendido, cimentar la esperanza, la entereza y la fortaleza en las duras jornadas que se avecinan y que pondrán en juego nuestro temple. Preguntémonos, por ejemplo:

• ¿Es conveniente que el petróleo siga perteneciéndole al estado o será preferible, más bien, traspasarle la propiedad de ese recurso a todos y cada uno de los ciudadanos de la República de Venezuela?.

• ¿Podemos seguir soportando un sistema judicial mediatizado ─antes por la partidocracia, ahora por el demagogo─, en vez de contar con tribunales y jueces profesionalmente capaces, probos, autónomos y bien remunerados?.

• ¿Seguiremos participando en comicios sin vigilancia en todas las etapas del proceso por parte de todos los observadores de todas las procedencias políticas y sociales, sin listas de electores verificadas, sin auditorías de las máquinas y sus mecanismos de transmisión y totalización, con un ente electoral parcializado y corrompido hasta los tuétanos?.

• ¿Seguiremos eligiendo funcionarios por mayoría simple, sin doble vuelta de los dos más votados, sin legitimidad electoral suficiente?.

• ¿Hasta cuándo continuaremos designando cuerpos legislativos por los anacrónicos métodos de planchas, listas, kinos y morochas? ¿Por qué no votar uninominalmente todos los cargos ejecutivos y legislativos, a doble vuelta?.

• ¿Por qué no convocar un Congreso Constitucional, elegido uninominalmente y a doble vuelta, con la misión de establecer las pautas para una legalidad acorde a este siglo veintiuno que no termina de arrancar en Venezuela?.

• ¿Es conveniente que el estado siga creciendo? ¿Por qué los venezolanos tenemos que vivir a costa del estado y no al revés? ¿No sería mejor un estado más reducido que se ocupe de lo que sí le compete, como garante del equilibrio social: seguridad ciudadana contra la delincuencia, defensa del medio ambiente, salud y educación para todos? ¿Por qué el estado tiene que entrometerse en todo, enredándolo todo y pervirtiéndolo todo? ¿Será porque el mandamás obtiene así más poder y control sobre todos nosotros?.

• ¿Por qué los venezolanos tenemos que someternos a la clase gobernante y no al revés? ¿Por qué no nos rinden cuentas?.

• ¿No será mejor reducir la pobreza reforzando las libertades económicas y auspiciando la iniciativa de los emprendedores, como lo hacen los países desarrollados? ¿Hasta cuándo seguiremos viviendo bajo la pesada e infértil sombra del estatismo?.

• ¿Seguiremos haciéndonos la vista gorda ante la corrupción? ¿Permitiremos que prosiga la impunidad porque, por ejemplo, el boliburgués que tengo a la mano es amigo, compadre o compinche mío? ¿Por qué los corruptos actuales confían en que si llegare el fin de la dictadura ellos seguirán con sus negociados como si nada?.

• ¿Queremos de verdad cambiar de cabo a rabo este país para mejorarlo, o sólo estamos incómodos porque el demagogo actual nos cae antipático?

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