Opinión Nacional

Reventón de cloacas

Para escépticos como uno, la corrupción gubernamental en puesto relevante en las encuestas es dudoso, sobre todo cuando la experiencia nos enseña que aquella se vuelve más o menos tolerada siempre que haya amplio reparto distributivo. “Pan y circo”, “barriga llena, corazón contento”. Sin embargo, pareciera que aquella está haciendo mella en la popularidad del gobierno en los últimos meses.

Según los sondeos de opinión más serios, pobreza, desempleo, inseguridad en las calles y el abandono de los servicios públicos, hasta hace pocos meses constituían las preocupaciones mayores de los sectores de más bajos ingresos. Allí se concentraba principalmente la fuente de descontento frente al gobierno, por cierto, mal aprovechada por la oposición.

La incompetencia para resolver aquellos problemas, a pesar de que la administración roja dispone de enormes recursos económicos, ya comenzaba a erosionar las adhesiones al Presidente. Pero el rechazo en general, la verdad sea dicha, no se dirigía a este último sino a su equipo. “Chávez desconoce lo que está pasando, la culpa es de los que lo rodean”, han sido expresiones muy oídas entre sus simpatizantes frente a las fallas evidentes de un tren administrativo ampliamente incapaz e ignorante. Ni siquiera el hecho de que haya sido designado por el mismo autócrata, lo salpicaba para nada. Lamentablemente, no se establece automáticamente tal enlace.

Así las cosas, el tema de la corrupción, hay que decirlo, apenas ocupaba un lugar modesto en el ranking de los problemas más sentidos. Están robando, pero hay dinero circulando en la calle para consumir un poco más. Como en otros tiempos, la sangre no puede llegar al río en tales circunstancias.

Tengan o no razón las más recientes encuestas, lo cierto es que el estallido de gravísimos escándalos ha puesto sobre la mesa el asunto con una fuerza inusitada, que no sabemos si se mantendrá en intensidad, y no es para menos, o si, eventualmente, se le aplicará sordina.

El reventón de cloaca no pudo ocurrir en mejor ambiente. Nada menos y nada más que en el más alto nivel del Poder Judicial, desbordándose la cloaca rota con toda su podredumbre hacia incluso el sector militar (lo lógico en un régimen militarista, por lo demás), y salpicado de elementos de narcotráfico, si a las denuncias del ilustre magistrado Velásquez Alvaray nos atenemos.

La denuncia de un cúmulo de presuntos delitos conectados entre sí en estos días es muy grave: jueces con diplomas de estudio falsos; sentencias en subasta, sentencias políticas, contrataciones sin licitación; tráfico de influencias, sobreprecios, nepotismo, grabaciones ilegales entre jueces; desorden administrativo, documentos forjados, extorsiones, pago de comisiones ilegales; pobres de solemnidad convertidos de la noche a la mañana en dueños de bancos o en trámites de compra de otros; malversación de fondos, peculado, cuentas abiertas en bancos extranjeros con dinero de origen ilegal; jueces, militares y funcionarios supuestamente ligados al negocio del narcotráfico.

¿Tendrá este hiperescándalo multidelictual el mismo destino que otros? Por lo pronto, lo que presenciamos se parece mucho a un ajuste de cuentas propio de los bajos fondos criminales o de mafias, todo lo cual los descalifica para seguir gobernando.

¿Consecuencias políticas? Con una oposición que no termina de diseñar un mapa de ruta compartido o formular siquiera una propuesta programática que conecte con las grandes mayorías, es probable que la explotación de este enorme filón, como otros no menos importantes, tampoco se haga de manera eficaz, lo que permitirá mantener por inercia a un gobierno que muestra cada día mayores rasgos de incompetencia e inmoralidad, cuando no, de locura ideológica.

Lo que está aconteciendo en Venezuela nos hace evocar, guardando las distancias, lo que hace algunos años un autor presagiaba para el mundo futuro. Robert Kaplan, en “La anarquía que viene”, sostenía la tesis de que lo que nos espera, como ya en África ocurre, no es el gobierno de hombres e instituciones, que está dejando de existir en la práctica, sino el imperio del crimen del que surgen “políticos” armados de un discurso reivindicativo hipócrita, pero que en el fondo están movidos por el resentimiento, el odio social y los intereses económicos personales o de grupo.

A uno le cuesta creer que desde lo más alto del poder en Venezuela no se sepa lo que venía ocurriendo, sobre todo, al ver la ostentación impúdica que los revolucionarios hacen de bienes lujosos. Una de dos: o a esas alturas son unos idiotas que no ven lo que pasa bajo sus narices, o hay complicidad y/o tolerancia de estos saqueos del erario público.

¿Por cual se pronuncia usted, apreciado lector, habida cuenta de que el autócrata dice conocer todo lo que sucede en su administración? Como dice Teodoro Petkoff, ya va siendo hora de quitarse a esta gente de encima.

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