Opinión Nacional

Revolución (2)

Si en 1998 la situación venezolana requería cambios genuinamente revolucionarios, mucho más los necesita ahora, pues aquella situación que bordeaba lo catastrófico hoy se ha agravado considerablemente. No hay un solo vicio, una sola carencia o una sola corruptela que en los últimos seis años no se haya multiplicado enormemente. Con el agravante de que, mientras antes las malas prácticas gubernamentales se hacían a veces abiertamente, pero a menudo con apariencias de legalidad –lo cual no las hacía menos dañinas–, hoy se practican, además de aumentadas al máximo, con el más insólito descaro y sin el más mínimo disimulo.

Para comenzar a tomar esas medidas profundas Chávez contaba en 1999 con un consenso casi total, pues los partidos, los empresarios, los medios de comunicación, la clase media, los trabajadores en general y la gente humilde estaban unánimemente convencidos de la necesidad de esos cambios y decididos a colaborar. Por supuesto que una vez emprendida la tarea, y siendo inevitable que algunas de las medidas que se tomasen afectasen intereses poderosos, aquel consenso se reduciría, pero en tal supuesto una política gubernamental inteligente y hábil podría haber ido sorteando los escollos y neutralizando los factores opuestos. Mas lo que les faltó a Chávez y su gobierno fue precisamente habilidad e inteligencia, y en vez de ganar cada vez más adeptos, se fueron enajenando el respaldo, no sólo de los grandes capitalistas, lo que era inevitable, sino también de la clase media y de importantes y diversos sectores de la sociedad.

Por eso, lo que Chávez se ha empeñado en llamar revolución, primero bolivariana, después bonita y ahora hasta neosocialista, ha sido un fiasco, en el cual ya nadie cree. ¿Cómo puede ser revolucionario un régimen donde impera la más universal e insólita corrupción; donde el jefe del Gobierno es el primero en violar la constitución y las leyes, sin valerse siquiera de artimañas y triquiñuelas pseudojurídicas, sino con el mayor descaro y total impudicia; donde se burla la separación de poderes, y la gran mayoría de los funcionarios de todos ellos, sin excepción, actúan de manera sumisa como simples ejecutores de los designios del jefe; donde se hace irrisión de los derechos humanos, y hasta los que se conservan, como la libertad de expresión, se mantienen dentro de un régimen de amenazas y presiones; donde la pobreza ha crecido hasta límites obscenos; donde, en fin, el jefe del Gobierno emplea cotidianamente un lenguaje procaz, altanero, desafiante y chabacano, que no sólo lo desprestigia nacional e internacionalmente, sino que también ahonda el abismo que lo separa de buena parte de la población, incluso de aquella que no es originariamente antichavista?

Es esta actitud del gobernante y sus seguidores, más que el contenido de sus políticas, incoherentes y epilépticas, lo que desmiente su supuesto carácter revolucionario, y daña irremediablemente incluso las pocas medidas de carácter positivo que han ensayado. Porque, por ejemplo, ¿quién puede negar que las llamadas misiones, más allá de lo encomiable que puedan tener, han sido la coartada para que muchos vivos se enriquezcan dolosamente y de manera descarada con el dinero del pueblo?

Al autodefinirse revolucionario, el actual régimen lo que ha hecho es prostituir el concepto de revolución.

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