Opinión Nacional

Rosalinda como tesis

El recrudecimiento de las abusivas cadenas audiovisuales, el obsceno uso de los recursos del Estado en apoyo a las campañas de los candidatos oficialistas para las elecciones de noviembre, la súbita imposición de leyes inconsultas, anárquicas e inviables, en suma, el agobio al que este tipo nos tiene sometidos, con su omnipresencia bochornosa y cuajada de malos augurios para Venezuela, es un adelanto de la parada con que amenazó el 11 de enero de este año en el acto de presentación de su informe anual de gestión ante la Asamblea Nacional, cuando anunció su intención de requerir un referéndum revocatorio con dos preguntas: «¿Está usted de acuerdo en que Hugo Chávez siga siendo Presidente de Venezuela? y ¿Está usted de acuerdo en hacer una enmienda en la Constitución para permitir la reelección indefinida?».

El sondeo sería en 2010. Entonces, se jugaría a Rosalinda, dijo, en alusión a una copla de Ernesto Luis Rodríguez (Zaraza, Guárico, 1916- Caracas, 1999). Se ve que no pudo esperar esos dos años para convulsionar el país y arrastrarlo al trapiche de una contienda donde lo que va a medirse, según él insiste en imponer, es su hegemonía y control de instituciones y almas. Demostrado su desprecio por la descentralización y la diversidad nacional, qué puede importarle a Chávez unas elecciones locales, como no sea la constatación de su poder. De allí que el CNE no sea más que el espejo donde la madrastra de Venezuela se mira cada cierto tiempo sólo para confirmar que sigue dominando el país con sus malas artes.

En esa misma ocasión, ante el Parlamento, dijo que la reforma rechazada en diciembre no estaba descartada. Que debía relanzarse. Y el tono de su alocución estuvo signada por la infortunada cita al poema de Ernesto Luis Rodríguez, que cuenta la historia de un aventurero que rapta («me la robé de un caney») una pobre muchacha (o una muchacha pobre, que no es lo mismo pero para el caso es igual), mulata y sin más educación que el entrenamiento para ahogar los sollozos de la violación («era apretada de gritos / cuando la tuve al encuentro»). Tras perder sus escasas posesiones en el juego con «un indio bravo», no encuentra nada mejor que apostar a la muchacha; total, es de su propiedad, como su cobija, su sombrero y su dinero.

Es suya. Puede hacer con ella lo que quiera. Así que la empuja al centro del corro donde la peonada aúlla de excitación.

La negrita podría cambiar de amo en medio de la noche. La suerte lo favorece y los dados le restituyen sus corotos. Así lo dice. «… y el dado en la noche linda / me devolvió mis corotos!». Entre ellos iba la mulatica, que suponemos aterrada, sorbiendo lágrimas de miedo y humillación.

De eso es que habla Chávez cuando dice, con tono de gorila que se golpea los pectorales, que va a jugarse a Rosalinda. De eso hablan sus patéticos seguidores que repiten la expresión sin detenerse a considerar su brutal simbolismo.

Esos conceptos orientan las disquisiciones de la Asamblea Nacional.

Rosalinda es emblema de indefensión, miseria y sumisión.

Sinónimo de la callada aceptación de un destino azaroso, siempre sujeto a los crueles caprichos de un macho. Y esa es la figura esgrimida por quien se proclama marxista en los caminos alfombrados de las cumbres (de poderosos) latinoamericanas. Cuando era una promesa, el marxismo se postulaba como una ética universal. Era más parecido a una religión que a una manera de concebir un país y sus objetivos a largo plazo. Es de preguntarse si la filosofía de Rosalinda alberga algún rastro de ética… o es la espantosa comprobación de que el supuesto marxismo, socialismo o bolivarianismo de Chávez sólo consiste en el rapto de un país cuyo devenir puede ser dirimido en lances de dados.

La sociedad venezolana debe romper con ese pacto que confisca su destino y lo pone en las manos de tahúr, dispuesto a jugárselo cuando se le han acabado sus recursos o cuando se le venga en gana. Si Chávez ve en el país una prenda que puede arriesgar sobre un tapete, la respuesta debe ser firme, institucional, democrática y contundente. Que se juegue sus charreteras o los cuadros de su autoría que cada año le regala a Fidel Castro, si es que encuentra algún postor. Pero el porvenir de Venezuela no puede seguir saltando en el oscuro interior de un cubilete.

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