Opinión Nacional

¿Sabe Ud. Lo Qué Es Liberalismo?…

El liberalismo nunca ha estado presente en Venezuela, lo que aunado al fuerte dominio socialista que existe en todas nuestras estructuras republicanas no ha permitido que nuestro país con gigantescos recursos de todo tipo incluyendo a un número más que suficiente de hombres y mujeres capacitados, haya podido salir del “Tercer Mundo”, a pesar de haber disfrutado de ya 40 años continuos de gobierno aparentemente democráticos.

Ustedes podrán comprobar esto viendo lo siguiente:
Primero: Los tres poderes públicos [Ejecutivo, Legislativo y Judicial], no están realmente separados como lo es en un régimen liberal. La separación es sólo una “apariencia” Al poder judicial [antigua Corte Suprema de Justicia] lo escoge el poder legislativo, el que también le asigna el presupuesto para su funcionamiento que todavía constituye una vergüenza al ser menos un muy pequeño porcentaje de todo el presupuesto nacional. Esto significa que los partidos políticos que controlan el poder legislativo, controlan también al poder Judicial [no sólo a la antigua Corte Suprema de Justicia—hoy Tribunal Supremo de Justicia, sino al Consejo de la Judicatura , que es designado igualmente por el poder legislativo—a pesar de que tiene a su cargo la designación de todos los Jueces del país (lo que elimina la aparente autonomía de los poderes públicos) ], y cómo las elecciones para Diputados a la Asamblea Nacional —y antes los diputados y senadores al Congreso Nacional, siempre se hacían—y continúan haciéndose—en la misma fecha y para el mismo período constitucional, que las elecciones para Presidente de la República , los votantes, casi sin excepción votan por el mismo partido que postula tanto al Presidente como a los Diputados a la Asamblea Nacional ; en consecuencia: en cada período constitucional, el partido que gana las elecciones controla los tres poderes.

Segundo: El sector privado de la economía venezolana, controlado por los “sindicatos de productores” llamados “Fedecámaras”, “Conindustria” y “Consecomercio”; que se supone que serían “Capitalistas” o “Liberales”; no son nada de eso, son realmente mercantilistas: usan su poder económico para influir y controlar a los gobernantes, legisladores y jueces, para que el mercado cautivo que somos los consumidores venezolanos, sólo le compremos a ellos sus productos. La mejor evidencia de esto es lo que hizo uno de los últimos Ministros de Hacienda de Rafael Caldera, Freddy Rojas Parra, quien fue presidente de Fedecámaras, y en vez de luchar por imponer desde el poder ejecutivo la economía de mercados, lo que hizo fue: prohibir la importación de blue jeans, de artefactos eléctricos de línea blanca, de candados chinos, de cauchos usados y aumentó todos los aranceles [lo que pagan los importadores por los productos que son traídos del exterior]; todo con la finalidad de proteger a sus “compadres empresarios” de la competencia de otras empresas del exterior, esto es un comportamiento mercantilista. No sólo el ministro de hacienda hizo esto, uno de los ministros de agricultura de Rafel Caldera, Hirám Gaviria, quien produce unos fabulosos videos sobre el productor del campo venezolano, es uno de los más poderosos industriales del agro; y lo que hizo desde el gobierno fue poner todo tipo de obstáculos para que no ingresaran al país los productos agrícolas importados [maíz, sorgo, trigo, reses, cochinos, etc.], para supuestamente “proteger el agro venezolano”; pero lo que estaba haciendo era proteger sus empresas y la de sus compadres mercantilistas del agro. No son solo los ministros de la economía de Rafel Caldera que han hecho esto; este comportamiento mercantilista lo han observado todos los ministros de Hacienda, de Fomento y de Agricultura y Cría de todos los gobiernos venezolanos desde 1958.

Tercero: Aunque nuestras Constituciones Nacionales de 1961 y 1999 establecen que en Venezuela hay “Libertad de Culto” y nuestro país no posee “ninguna religión oficial”; eso no es así. Desde el país, pasando por los estados, municipios, instituciones y hasta la última bodega tienen todos su “Santo Patrono”; y no de cualquier religión, todos son de la religión católica. El “Decano del Cuerpo Diplomático” [El representante diplomático de más alto rango], es el Nuncio Apostólico, representante del Papa católico y del Estado Vaticano; además existe una ley de la república vigente desde el 27 de Junio de 1958 llamada: Ley de División Territorial Eclesiástica, que divide al país en tres Arquidiócesis: Caracas, Mérida y Ciudad Bolívar; doce Diócesis: Barquisimeto, Calabozo, Maracaibo, Cumaná, Coro, Valencia, San Cristóbal, Guanare, Barcelona, Trujillo, Maturín y Maracay; y una Prelatura: San Fernando de Apure; y para rematar, la Iglesia Católica tiene un presupuesto oficial que le asigna el gobierno de centenares de millones de bolívares anuales (tanto de los de antes como los “fuertes”). Mientras a las Mezquitas (musulmanes), Sinagogas (Judías), Templos (Protestantes, Evangélicos y Testigos de Jehová), no se les da ni un solo centavo. Y para rematar, de cuando en cuando se arman campañas para “Demonizar” a cualquier otra religión llamándola “Cultos Paganos y Peligrosos”, como la Santería , La Umbanda y el Candomblé que son religiones originarias de Nigeria y a los que llaman “Brujerías”; o como las “Nuevas Tribus”, que son iglesias protestantes venidas de Alemania y los Estados Unidos, y a quienes llaman “Lavadores de Cerebro”. La iglesia católica permite la mezcla de religiones sólo cuando ella es beneficiada, como por ejemplo cuando en todos los pueblos de la costa central (Naiguatá, Barlovento, Ocumare de la Costa ), se baila el tambor de San Juan Guaricongo [un santo africano], el mismo día que los católicos celebran a su santo San Juan Bautista, cuando se permite que en el estado Zulia los maracuchos católicos, también bailen el Chimbangle africano en honor a San Benito, o en el centro del país se celebren las festividades de los Diablos de Yare.

¿Qué hay de malo en esto?, Pues… que la Iglesia Católica es profundamente anti-liberal, como lo dijo el Papa Juan Pablo II, públicamente, al hablar de un supuesto “Capitalismo Salvaje”.; y esto es otra tranca para que en Venezuela se pueda progresar utilizando la vía del Liberalismo.—y como “estocada final”, los partidos políticos que en la Venezuela del siglo 21, se autodenominan “de oposición”, poseen todos ideologías políticas socialistas—y el socialismo inventado por los pensadores alemanes Marx y Engels en el siglo 19—fue construido a partir de dos plagiosde ideas religiosas: (1) la solidaridad social del Profeta Hebreo Moisés resumida en la frase: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” y (2) el hombre nuevo de dos sacerdotes del siglo tercero, considerados “padres fundadores del cristianismo”, Clemente de Alejandría y Origen Adamantius.

LIBERALISMO

Encyclopaedia Britannica
Décimo Quinta Edición, 1993

Traducción de Carlos Eduardo Ruiz

Introducción

El Liberalismo es la culminación de un desarrollo que se remonta hasta los profetas hebreos, las enseñanzas de los filósofos pre-socráticos y al Sermón de la Montaña , de todos los cuales emergió la importancia de la individualidad humana, de la liberación del individuo de la completa servidumbre hacia el grupo, y la flexibilización de los apretados cepos de la costumbre, la ley y la autoridad. A través de mucho de su historia, el hombre, como individuo ha sido supeditado al grupo. Su emancipación como individuo puede ser entendida como un logro único de la cultura occidental, quizás su mero símbolo. Si esto es así, el Liberalismo entonces en un sentido importante, es inseparable de la lucha del hombre por la conquista de la libertad; porque el liberalismo en su sentido más amplio, busca proteger al individuo de las restricciones arbitrarias externas a sí mismo que no permiten la total realización de sus potencialidades.

Las sociedades medievales no proveían el suelo necesario en la cual las primeras semillas del liberalismo pudiesen fácilmente germinar. La Edad Media produjo una sociedad de estatus, en la cual los derechos y las responsabilidades de los individuos estaban determinados por el lugar que ocupaban en un sistema estratificado y ordenado jerárquicamente. Un orden tan cerrado y autoritario, por muy grandiosas y nobles que fuesen sus aspiraciones, estaba destinado a poner grandes presiones sobre la conformidad y la aceptación. A medida que ganaron fuerza nuevos intereses y necesidades generadas por la lenta comercialización y urbanización de Europa, el sistema medieval fue modificado para dar cabida a las ambiciones de los gobernantes de las naciones y a los requerimientos de una industria y comercio en expansión. Los acuerdos y políticas que se produjeron, llegaron a ser conocidas como mercantilismo, una política de intervención estatal, que por lo menos en teoría, podía ser extendida hasta la regulación de los más minuciosos detalles de la vida económica. Sin embargo, a medida que tal intervención creció más y más para servir a los intereses establecidos e inhibir a los individuos emprendedores, fue retada por los recién emergentes miembros de una nueva clase media. El reto asumió la forma de revuelta, primero contra la Iglesia Universal , y después contra los estados mercantilistas gobernados por monarcas absolutistas.

La primera revuelta se manifestó en la Reforma Protestante y en las búsqueda de los Calvinistas y las sectas Calvinistas de la libertad de conciencia; la segunda en las grandes revoluciones que estremecieron a Inglaterra y Francia en los siglos 17 y 18, notablemente la Gloriosa Revolución de 1688, la Revolución Francesa un siglo después, y la exitosa revuelta de las colonias inglesas de América. El Liberalismo clásico, como credo articulado, es un producto de esas grandes colisiones.

Los éxitos y derrotas del Liberalismo difieren conforme a las condiciones históricas de cada país, y conforme a la fortaleza de las coronas, la impetuosidad de las aristocracias, el ritmo de la industrialización, y las circunstancias de unificación nacional. En consecuencia, en contraste con Inglaterra, el liberalismo francés reflejó la decadencia de su nobleza y el absolutismo de los Borbones. El fracaso del liberalismo en la Alemania del siglo 18 fue atribuido en gran parte al dominante rol de una militarizada Prusia luterana y a la reaccionaria influencia de Austria. La aparición del liberalismo en Italia fue demorada por los ejércitos de Austria, de Louis Napoleón y la oposición del Vaticano.

Cualquiera que fuesen las variantes, el impacto liberal sobre el autoritarismo reverberó por toda Europa y sus dominios, voceado por Lajos Kossuth[1] en Hungría, Giuseppe Mazzini en Italia, Johan Rudolf Thorbecke en Holanda y Simón Bolívar en la América del Sur.

Fundamentos Políticos y Económicos

Los autores del credo liberal difieren grandemente, inclusive en los países en los cuales el liberalismo tuvo su cuna; pero sus acuerdos exceden suficientemente a sus diferencias como para permitir incluirlos en la misma tradición—una tradición cuyas principales manifestaciones son tanto políticas como económicas–. El hecho de que los liberales clásicos, quizás más perceptivamente que sus sucesores, consideraron que los aspectos políticos y económicos del liberalismo sólo pueden ser separados en lo abstracto, está indicado por su ciencia: la economía política.

La Economía del “Libre” Mercado

En el lado económico, el liberalismo de los siglos 18 y 19 se basaba a sí mismo en la soberanía del mercado y en la “armonía natural de los intereses”. Conforme a este punto de vista, si se deja libremente a los individuos perseguir sus propios intereses en una economía de intercambio basada en la división del trabajo, el bienestar del grupo en su conjunto será necesariamente mejorado. Los economistas liberales clásicos describen un mecanismo de mercado que se ajusta a sí mismo, libre de toda influencia teleológica[2]. Aunque los objetivos morales son invocados suponiendo que los criterios éticos realizarán el juicio final sobre el sistema, éstos no juegan ningún papel en la determinación de la secuencia de los eventos dentro del sistema. La única fuerza impulsora es el egoísmo del individuo, el cual es moderado a la fuerza por el bien común porque en una economía de intercambios, el individuo debe servir a otros para poder servirse a sí mismo. Sin embargo, esta feliz consecuencia sólo puede suceder en un mercado libre, cualquier otra forma de arreglo conducirá a la regulación, a la explotación y al estancamiento económico. La más celebrada formulación de esta doctrina puede hallarse en el libro The Wealth of Nations ( La Riqueza de las Naciones) de Adam Smith[3].

Cada sistema económico tiene que preocuparse por lo menos de dos problemas básicos: Primero, de alguna manera deben hacerse arreglos para determinar que debe ser producido; es decir, en qué deben emplearse los “escasos medios”, y segundo, tiene que haber alguna forma de repartir lo que es producido. En una economía controlada esto es llevado a cabo por una agencia de planificación que actúa en nombre del gobierno. En la economía visualizada por los economistas clásicos de los siglos 18 y 19, esto se lleva a cabo en un libre mercado a través del mecanismo de precios. En tal mercado, las teóricas libres decisiones de los compradores y vendedores individuales, determinan cómo deben ser empleados los recursos de la sociedad (mano de obra, bienes y capital). Estas decisiones se manifiestan en ofertas y demandas, las que en su conjunto determinan el precio al cual se venderá la mercadería. Teóricamente, cuando la demanda por una mercadería es grande, los precios subirán, y a medida que el volumen de la oferta se acerca al volumen de la demanda, los precios tenderán a caer, hasta que los productores desvíen los recursos de producción a otros usos. Además, en la distribución de la riqueza producida el sistema afirmativamente asegura una recompensa en proporción al mérito. El supuesto es que en una economía libremente competitiva, en la cual a nadie se le prohíbe participar en las actividades económicas debido a su estatus, los ingresos que recibe por sus actividades son una justa medida de su valor para la sociedad. Implícita en la lógica de este credo económico está la justificación funcional de la propiedad privada.

El Papel del Gobierno

En el lado político el principio guía del liberalismo histórico ha sido una mantenida insistencia en limitar el poder del gobierno. El punto de vista predominante está quizás mejor expresado en la enumeración de Adam Smith de las funciones gubernamentales. Smith le asignó al “soberano” tres tareas: Proteger al grupo de la violencia externa, proteger a los miembros individuales de la sociedad de las injusticias y opresiones de sus compañeros ciudadanos; y finalmente, construir y mantener aquellas obras públicas, que aunque pueden ser en alto grado ventajosas para la sociedad, son sin embargo de tal naturaleza, que la ganancia nunca podría pagar los gastos incurridos a ningún individuo o grupo de individuos. En general, los liberales creían que el gobierno no debía hacer por el individuo lo que él es capaz de hacer por sí mismo.

Separación de Poderes

Los mecanismos institucionales por medio de los cuales los liberales buscaron limitar al gobierno al sólo ejercicio de sus funciones fueron numerosos: Federalismo, Bicameralismo, Separación de Poderes. El último de éstos, esto es, la distribución del poder entre agencias gubernamentales funcionalmente diferenciadas, cómo los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; y el sistema de chequeos y balances mediante el cual esto es llevado a cabo, fueron clásicamente incorporados en la Constitución de los Estados Unidos. Montesquieu[4] ya había formulado tal doctrina en su famoso libroDe l’spirit des loix (Sobre el Espíritu de las Leyes, 1750), recibiendo la idea de Locke, quién no la había desarrollado totalmente.

Tal separación de poderes pudo haber sido lograda, por supuesto, mediante una “constitución mixta”, esto es, teniendo un monarca, una cámara hereditaria, y una asamblea electa; que compartiesen el poder mediante una apropiada diferenciación de funciones. El historiador griego Polybius alabó a tal gobierno mixto como la gloria de la constitución romana, y Blackstone, (confundido quizás por Montesquieu), en sus famosos Commentaries on the Laws of England [Comentarios sobre las Leyes de Inglaterra, 1765-1769], alabó su incorporación a la constitución de Inglaterra, cómo lo haría Burke después con una mayor elocuencia. Pero fueron precisamente los reyes despóticos y los aristócratas sin funciones asignadas (más en Francia que en Inglaterra), los que torcieron los intereses y ambiciones de la clase media, lo que provocó, en consecuencia, la adopción del principio de la mayoría [el gobierno de la mayoría].

Conflictos de Interés Liberales

El más poderoso control sobre el gobierno, es por supuesto, la amenaza de destitución por parte de sus electores. Pero en la determinación del crucial asunto de quienes deberían ser los electores, el liberalismo clásico fue víctima de la ambivalencia; desgarrado entre las grandes tendencias emancipadoras generadas por las revoluciones con las cuales estaba asociado, y los miedos de la clase media de que la Democracia pondría en peligro a la propiedad privada. La mayoría de los voceros liberales de los siglos 18 y 19 le tenían temor a la soberanía popular, y por largo tiempo el derecho al sufragio estuvo limitado a los dueños de propiedades. En Inglaterra, inclusive la importante Ley de Reforma de 1867 no abolió completamente los requisitos de propiedad. Francia por su parte, dio a luz revolucionarios, pero amamantó reaccionarios: Aunque la revolución de 1789 proclamó el ideal del sufragio universal masculino, y la revolución de 1830 lo reafirmó, durante el reino de Luis Felipe, el “Ciudadano Rey”, instalado por la ascendiente burguesía en 1830, no había más de 200 mil votantes calificados en una población de 30 millones. Y en los Estados Unidos, a pesar del bravo lenguaje de Jefferson en la Declaración de Independencia, no fue sino hasta 1860 que prevaleció el sufragio universal y sólo para hombres blancos.

Aunque para el tiempo de la revolución ya él había cambiado de opinión, Benjamín Franklin habló del “Whig liberalism” de los Padres Fundadores, [“Liberalismo de Peluca”, haciendo referencia a las pelucas que usaban los altos magistrados de la época], cuando él observó que: “Y en relación a aquellos que no poseen propiedades, permitirles votar no es apropiado”.

John Adams, en su famoso escrito “Defensa de las Constituciones de Gobierno de los Estados Unidos de América”, (1787), fue más explícito, hallando que… Si la mayoría iba a controlar todas las ramas de gobierno “Lo primero que será abolido serán las deudas, se impondrán pesados impuestos a los ricos y ninguno a los otros, y al final una equitativa distribución de todo será demandada y votada”. Thomas Babington Macaulay habló por las “Pelucas Inglesas” cuando halló que el sufragio universal era “Incompatible, no con esta o aquella forma de gobierno; sino con todas las formas de gobierno”. Estatistas franceses como François Guizot (1787-1874) y Adolphe Thiers (1797-1877), expresaron sentimientos similares, y en el resto del continente el sufragio universal fue en la mayoría de las partes sólo un ideal remoto durante el resto de ese siglo.

Las objeciones hechas a la democracia no estuvieron limitadas a los temores sobre lo que le podía pasar a la propiedad privada. Muchos liberales genuinamente temían las potencialidades para la tiranía latentes en la democracia. Si el deseo de la mayoría debía ser supremo, todo el mundo estaría a su merced. Benjamin Constant (1787-1830), notable diplomático francés, expresó una preocupación general cuando observó que desde el punto de vista del individuo, no hay ninguna diferencia si él es tiranizado por un solo déspota o por la totalidad de los individuos que componen su sociedad; él es oprimido de la misma manera. De hecho la mayoría puede ser peor: El tiranicidio lo puede rescatar a él de un opresor individual; y en todo caso, otros compartirían sus mismas miserias; mientras que si es oprimido por una inmensa mayoría, él no tendría un comparable recurso o confort.

A pesar de tales temores, las voces de Thomas Paine y Jefferson, de Rousseau y de Tocqueville, y de los filósofos radicales ingleses liderizados por Bentham, James y John Stuar Mill; prevalecieron finalmente entre los filósofos liberales. Pero el principio democrático que ellos aupaban, tenía que ser reconciliado con el requerimiento liberal que el poder debía ser limitado.

El problema era lograr esto en una forma consistente con el ideal democrático, esto es, sin violentar el principio de que la mayoría gobierna, y en conformidad con el dictado de Bentham de que: “Cada persona debe contarse como uno, y nadie debe contarse como más de uno”. Cómo las élites hereditarias estaban desacreditadas, ¿Cómo podría controlarse el poder de la mayoría, sin otorgarle mayor voz a los dueños de propiedades o a cualquier otra “élite natural”?.

La Fórmula Liberal

La esencia de la solución liberal es doble. Yace parcialmente en someter la decisión de una mayoría determinada a la concurrencia de otras mayorías distribuidas en un período de tiempo. La mayoría que elige a un Presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, es diferente a la mayoría que dos años antes eligió a un tercio del Senado, y a la que dos años más tarde elegirá a otro tercio. De la misma manera, dos tercios del Senado son electos por una mayoría diferente a la que elige a los miembros de la Casa de Representantes [“Cámara de Diputados”]. En consecuencia, “El Pueblo” al que se va a consultar en una democracia liberal es la asociación envisionada por Burke: “…Entre esos que están vivos, aquellos que han muerto, y aquellos que van a nacer”; y no es, como en una crisis revolucionaria, una “agregación momentánea” cuyo soberano será designado por un plebiscito. La caracterización de Burke de la democracia como “la práctica vulgar de la hora”, bien puede aplicarse a esas asambleas espontáneas a las que Rousseau le asignaba el poder pleno. Puede ser negado que esto sea aplicable a la versión de la corriente central de la democracia liberal, que es esencialmente una democracia constitucional, es decir, una democracia en la que el poder de la mayoría actual es chequeado por los veredictos de las mayorías que lo precedieron [ya que esas otras mayorías son las que aprobaron la Constitución ].

La segunda parte de la solución está relacionada más directamente con la inspiración inicial del liberalismo, su compromiso básico con la autonomía e integridad del individuo; lo que la limitación del poder [división de poderes en legislativo, ejecutivo y judicial] intenta proteger. En el concepto liberal el individuo no sólo es un ciudadano que comparte un compacto social con sus compañeros, él es una persona, y como tal, posee derechos que el Estado no puede invadir. Aún como ciudadano, –si el dominio de la mayoría tiene realmente un significado- él obligatoriamente debe poseer esos derechos.

Las mayorías no se forman en el vacío. A menos que el veredicto de una mayoría sea alguna milagrosa coincidencia de la unión espontánea de las opiniones individuales, -que no lo es-, sólo puede llegar a ser si los individuos son libres en alguna medida para formular, expresar e intercambiar sus puntos de vista.

Esto implica, más allá del derecho a opinar libremente, la libertad de asociarse y organizarse; y sobre todo, libertad del miedo a la represión. Además el individuo tiene derechos distintos a sus derechos como ciudadano. Estos son derechos que aseguran su seguridad personal, y en consecuencia su protección contra el arresto y el castigo arbitrario. Y más allá de estos derechos, aquellos que protegen grandes áreas de privacidad.

En una democracia liberal hay asuntos que no son de la incumbencia del Estado; aunque el interés del Estado en ellos sea un reflejo del abrumador sentimiento de la mayoría. Tales asuntos pueden variar desde el culto a Dios, las obras de arte, hasta cómo los padres crían a sus hijos. Y para los liberales de los siglos 18 y 19, esos asuntos incluían sobre todo, aquellas actividades en la que se involucran los individuos para producir cosas y comercializarlas.

Los liberales clásicos diferían en su interpretación de los derechos individuales; ya sea que los considerasen cómo “naturales” (Locke) y en consecuencia cómo “inalienables” o “incapaces de ser anulados”, o que los justificasen como “funcionales” (Bentham), o “tradicionales” (Burke); pero elocuentes y persuasivas declaraciones que afirman esos derechos fueron incorporados en la británica Ley de Derechos de 1689, en la Declaración de Independencia y Constitución de los Estados Unidos, en la francesa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789; y en los documentos básicos de naciones por todo el mundo que usaron a éstos últimos como modelo.

[Nota del Traductor: en Venezuela, esos derechos son llamados “Garantías Constitucionales”].

De paso, la libertad se convirtió en algo más que el derecho de realizar una contribución funcional a través de un intermitente mandato al gobierno [votar en las elecciones], ésta se convirtió en el derecho del hombre a vivir su propia vida.

[Nota del Traductor: las Naciones Unidas (ONU), en 1948 promulgaron una “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, en los que se incluyen los siguientes derechos:

Igualdad ante la ley
Protección contra el arresto arbitrario
Derecho a un juicio justo
Protección contra leyes penales retroactivas
Derecho a poseer propiedades
Libertad de pensamiento, conciencia y religión
Libertad de expresión y opinión
Libertad para reunirse y asociarse pacíficamente
Derecho al trabajo, y a seleccionar su propio trabajo libremente
Derecho a igual paga por igual trabajo
Derecho a organizar y a pertenecer a sindicatos y gremios
Derecho al descanso y al disfrute
Derecho a un adecuado estándar de vida
Derecho a la educación
Derecho a la vida

La retórica y la realidad raramente coinciden. Los liberales usualmente no se preocuparon por los pequeños números, que de hecho gozaban de esa libertad; y las masas eran todavía demasiado desarticuladas para recordárselo. En el amanecer de la revolución industrial [1760-1840], las bendiciones de la libertad deben haber parecido muy remotas a los millones de trabajadores que eran brutalmente explotados en las fábricas hacinadas en las zonas marginales de sus temidas ciudades. Los liberales han sido acusados de concentrarse exclusivamente en el derecho a la propiedad y de negligencia ante tales abusos, y en general, pocos liberales se detuvieron a pensar en cómo la libertad que tanto apreciaban sería usada, y no se le ocurrió a ellos; como sí se les ha ocurrido a las posteriores generaciones de libertarios, que tales libertades traen con ellas una pesada carga de selección y decisión. Finalmente, en su preocupación por el individuo, los libertarios se lo imaginaron demasiado simple, y a la sociedad como a una colección de tales elementales substancias, fracasando en reconocer la miríada de relaciones sociales a través de las cuales los individuos obtienen identidad.

Logros y Fracasos

En perspectiva histórica puede ser visto que el complejo de fuerzas, de las que el liberalismo clásico fue la racionalización, trajo grandes cambios. El sistema feudal fue destruido. El capitalismo reemplazó a la sociedad estática de la Edad Media. La aristocracia sin funciones fue despojada de sus privilegios. Los tiranos fueron retados y mantenidos a raya. Se dejó en libertad a la clase media para explotar sus energías en la expansión de los medios de producción y en la vasta expansión de la riqueza de las sociedades. Nació la forma de gobierno representativo. Y a medida que ellos se dedicaron a limitar al poder soberano, los liberales convirtieron la idea de un gobierno constitucional en una realidad; y ellos desarrollaron la doctrina de los derechos humanos, incluyendo el derecho a profesar cualquier fe religiosa libremente, el derecho de una prensa libre, el derecho de opinar libremente y de asociarse libremente; que son las bases de la democracia moderna. El ensayo de John Stuart Mill [Filósofo y economista británico del siglo 19],“Sobre la Libertad ” (1859), es con justicia celebrado como uno de los grandes testimonios de las libertades civiles.

Sin embargo, vastos cambios económicos, primero en Gran Bretaña y después en los Estados Unidos, condujeron cada vez más a principios de siglo al desencanto con la principal base económica del liberalismo –la idea de una economía de mercados-. (Este ideal nunca ha evocado lealtades comparables en el continente europeo). La aparición en gran escala de propietarios ausentes hizo cada vez más difícil invocar una justificación funcional para muchas formas de propiedad privada. Multitudes cuyo poder de negociación real estaba muy lejos de lo que era en teoría; especialmente aquellos que buscaban trabajo; realmente no disfrutaban de la “libre elección” postulada por los economistas. La “Sagacidad Pecuniaria” del hombre económico (Thorstein Bunde Veblen, Economista estadounidense 1857-1929), estaba muy lejos de la idealización creada por los escritores de libros de texto; y la moderna psicología sugiere que él es tanto una criatura de impulsos, hábito y costumbre; como un calculador racional con su mirada fija en la oportunidad principal. La a menudo impenetrable complejidad de los bienes que son ofrecidos en el mercado, en una economía donde las transacciones ya no son asuntos simples como la compra-venta de caballos; sin dejar por fuera lo engañoso de mucha publicidad, parecía convertir al consumidor más en un súbdito que en un soberano. La realidad fracasó en acercarse al nivel de libre competencia envisionada por los economistas clásicos. Los economistas liberales ortodoxos en vista de esto se han referido con creciente frecuencia a “fricciones” y “excepciones”, y empleado calificaciones como “en el largo plazo” ó “si las otras cosas se mantienen sin cambio” para proteger sus generalizaciones. El resultado ha sido una ciencia abstracta que una nueva generación de liberales y multitudes de socialistas llegaron a considerar que sólo tiene una relevancia limitada en el mundo real.

Lo peor de todo, conforme a sus críticos, es el sistema de ganancias que concentró vastas fortunas en relativamente pocas manos, con varias decisivas adversas consecuencias. Primero, grandes masas de gente fracasaron en beneficiarse de la riqueza que fluía de las minas y fábricas y vivían en condiciones de pobreza que se hicieron crecientemente anómalas en una sociedad afluente. Segundo, debido a que aquellos que podían consumir los bienes y servicios del ampliamente expandido sistema de producción, carecían del poder de compra, el sistema, después que los otros mercados llegaban al punto de saturación, fallaban endémicamente en alcanzar su potencial productivo y recurrentemente llegaban a un punto de casi parálisis en períodos de estancamiento que han venido a ser llamados “depresiones”.

Finalmente, los que eran dueños de los medios de producción, o sus administradores fueron dotados de vastos poderes que podían ser usados para apabullar al individuo, tan seguramente como lo hacían los déspotas del siglo 17, gracias a un mecanismo de incorporación [creación de corporaciones], en una vasta escala mucho más allá de la necesaria para los simples requerimientos de eficiencia y economía en los procesos productivos. En pocas palabras, la casi atrofia del gobierno a la que se llegó en el siglo 19, había conducido a un vacío que fue llenado rápidamente por los intereses privados. Los negocios estaban organizados efectivamente, y algunos de ellos usaban su poder para influenciar y controlar al gobierno, para manipular y hacer creer al electorado que algo no andaba bien en el gobierno, para limitar la competencia y obstruir las reformas sociales substantivas. Algunas de las fuerzas que una vez desencadenaron las energías de la Sociedad Occidental , ahora las refrenaban; algunas de las mismísimas energías que habían demolido el poder de los déspotas ahora alimentaban a un nuevo despotismo. Este fue, sin duda el veredicto de los liberales del siglo 20, y tales fueron las condiciones que los condujeron a oponerse al colectivismo privado apoyando un rol positivo del gobierno, aupando la formación de centros de poder fuera del gobierno y los negocios.

Liberalismo Contemporáneo

La variante contemporánea del liberalismo es aún más amorfa que la clásica. No hay “Padres”, como John Locke o Adam Smith. En Alemania y en los países escandinavos, es difícil distinguir entre los programas de los socialistas, que aunque trazan sus ancestros hasta Marx son abrumadoramente revisionistas, de los programas que en cualquier otra parte son llamados liberales. En Gran Bretaña la corriente principal del socialismo nunca abrazó a Marx, y al partido laboral es a veces difícil distinguirlo del partido liberal, lo que en gran medida es responsable por la declinación de éste último. La legislación social de los liberales estadounidenses desde la depresión de 1929 ha sido notablemente amorfa; pero aún así, los lineamientos generales del liberalismo contemporáneo son razonablemente discernibles.

Crítica del Mercado

Consciente del verdadero logro del sistema de ganancias, los liberales no buscan su abolición; sólo su modificación y control. Ellos no encuentran un lineamiento fijo diseñado en los cielos que divida por siempre los sectores público y privado de la economía; la determinación, argumentan ellos, debe obligatoriamente referirse a lo que funcione bien. El espectro de la reglamentación en las economías completamente planificadas y los peligros de la burocracia, inclusive en las economías mixtas, los mantiene alejados de intentar controlar el mercado o de sustituir a un estado siempre incompetente. Por otra parte, -y esta es la diferencia básica entre el liberalismo contemporáneo y el liberalismo clásico o neoclásico- la mayoría de los liberales ahora creen que la desregulación del mercado, como de hecho ha operado, debe ser suplementada y corregida en formas substantivas [mediante leyes]. Ellos mantienen que las recompensas que otorga el mercado es una medida muy cruda de la contribución que muchos, o la mayoría de la gente hace a la sociedad; y que las necesidades de aquellos que carecen de oportunidades, o están físicamente incapacitados son ignoradas. Ellos mantienen que los enormes costos sociales que se incurren en la producción no se reflejan en los precios del mercado, y que hay mucho desperdicio en el uso de los recursos. No menos, contienden los liberales, que el mercado vicia la distribución de los recursos humanos y físicos en la dirección de satisfacer deseos superficiales (cómo automóviles de gran tamaño en cada modelo anual, los cambios de la moda en la vestimenta, y adminículos innecesarios); mientras las necesidades básicas (escuelas, viviendas, sistemas rápidos de transporte público, plantas de tratamiento de desechos), no son alcanzadas. Finalmente, aunque los liberales creen que los precios, los salarios y las ganancias deben continuar siendo objeto de negociación entre las partes interesadas, y en respuesta a las presiones convencionales del mercado, ellos insisten que las decisiones de precios-salarios-ganancias que afecten a la economía en su totalidad deben ser reconciliadas con las políticas públicas.

El Programa Liberal

Para lograr un sistema de recompensas más justo, los liberales han confiado en dos grandes estrategias. Primero, ellos han promovido la organización de los trabajadores y consumidores para mejorar su poder de negociación frente a los empresarios y productores. Tal distribución del poder ha tenido consecuencias tanto económicas como políticas, haciendo posible la existencia de un sistema de partidos, en la cual por lo menos un partido es responsable por los intereses de los asalariados y consumidores. Segundo, reclutando el apoyo político de los económicamente deprimidos, los liberales han evolucionado el llamado “Estado de Asistencia Social”, con su panoplia de servicios sociales, “desde la cuna hasta la tumba”.

La legislación social, comenzando por la educación pública gratuita y el seguro contra accidentes laborales, ahora incluye apoyo para los impedidos física o mentalmente; programas de empleo para la tercera edad; seguros de salud y desempleo; leyes de salario mínimo; y –en la mayor parte aún en estado de proyecto- ingresos anuales garantizados. Tales legislaciones son más completas en los países escandinavos y, entre los países con economías maduras, y posiblemente menos generalizada en los Estados Unidos, adonde la legislación social al nivel federal fue virtualmente ignorada hasta que se aprobó la Ley del Seguro Social en 1935.

Los liberales han sido menos exitosos en corregir lo que ellos llaman un cronograma irracional de prioridades usando los poderes de crear impuestos de los gobiernos para obtener grandes aportes para el sector público de la economía. Ellos han sido lo menos exitosos, en los Estados Unidos que en cualquier otra parte, en persuadir a la comunidad de empresarios y a los sindicatos laborales en aceptar la participación gubernamental en las decisiones de precios y salarios.

Inicialmente, la búsqueda de estos objetivos fue vista como un requerimiento de redistribución de la riqueza, a ser lograda mediante la implementación de sistemas de impuestos cada vez más altos sobre el ingreso y las herencias. Un programa que muy probablemente, de convertirse en confiscatorio, produciría la más alta resistencia de los grupos de mayores ingresos. Crecientemente, a medida que la tecnología moderna prometía economías maduras y milagros de abundancia, la atención cambió hacia las fallas institucionales, que impiden a tales economías realizar totalmente sus potencialidades productivas, especialmente durante períodos de desempleo masivo y depresión. La culminación de este esfuerzo fue el reporte oficial sobre Política de Empleo producido por la coalición británica de tiempos de guerra y, en los Estados Unidos, la Ley de Empleo de 1946, que va más allá de la británica declarándola cómo “La política continua y responsabilidad del gobierno federal de usar cualquier medio práctico… para producir el máximo empleo, producción y poder de compra”. Después de esto, la vieja retórica de “compartir la riqueza”, fue dejada de lado para concentrarse en las tasas de crecimiento económico, a medida que liberales inspirados por el libro de John Mynard Keynes [economista británico] “Teoría General del Empleo, Interés y Dinero”, urgieron el uso de una política fiscal; por ejemplo, el uso del poder del gobierno para solicitar préstamos, imponer impuestos, y gastar. No meramente para contrarrestar contracciones del ciclo de los negocios sino para estimular la expansión de la economía. Aquí, claramente, estaba un programa mucho menos distorsionador de la armonía de clases y el consenso básico para la democracia, que el viejo método de “Robin Hood”, de quitarle al rico para darle al pobre.

En los años 60 el énfasis de los liberales cambió nuevamente, a medida que se hizo más y más evidente que la expansión de la producción no es una bendición sin mezclas. La letanía es hoy en día muy familiar: La misma industria que produce nuestra riqueza, es la misma que contamina nuestros ríos, lagos y atmósfera. Sus brillantes artefactos se convierten en montañas de chatarra que amenzan el balance ecológico de la naturaleza. Ella concentra a millones de personas en ciudades grises, que por lo menos en los Estados Unidos, están siendo evacuadas por aquellos que pueden mudarse a los más costosos suburbios. El resultado es un movimiento diario de tráfico; congestionamiento de las autopistas, envenenamiento del aire, presión sobre los nervios. La lista puede ser extendida indefinidamente. Mucha de la “riqueza” producida por tales industrias, escasamente justifica tales consecuencias.

Algunas críticas son más profundas. Se argumenta que, aparte de su desastroso impacto en el ambiente, la tecnología moderna desenraíza al hombre, quitándole su sentido de identidad, encadenándolo a una fábrica, y entrampándolo en una sociedad despersonalizada, regimentada y supra-organizada. Es la voz del romanticista que se oye nuevamente, denunciando preocupación por la producción como una aberración burguesa, o como una arcaica ética protestante, urgiendo el regreso a la vida relaja y simple. La voz, a menudo es hallada persuasiva, y así sucede, por una nueva generación de jóvenes intelectuales y vagabundos.

La mayoría de los liberales argumentan que la disrupción ambiental no es una consecuencia necesaria de la industria en expansión, sino la consecuencia de subordinar los requerimientos de una planificación inteligente a la búsqueda de la ganancia rápida. La “Falacia de la Regresión Romántica ”, como la ha llamado el psicólogo estadounidense Kenneth Keniston, también es rechazada. De todas formas, hay un creciente respeto por el recordatorio de Freud en Das Unbehagen in der Kultur ( La Civilización y sus Descontentos), de que… “El poder sobre la naturaleza no es la única precondición para la felicidad humana”, y más y más preocupación es expresada sobre la “calidad” de la vida. Sin embargo, Freud siguió para señalar, que si la felicidad requiere más que poder sobre la naturaleza, “Esto no es argumento para inferir de que el progreso técnico no tiene valor desde el punto de vista de la felicidad”. Los liberales de la corriente principal, están de acuerdo.

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[1] Lajos Kossuth (1802-1894) Reformador político que inspiró y dirigió la lucha de Hungría por independizarse de Austria. Giuseppe Mazzini (1805-1872) Propagandista y revolucionario genovés, fundador de la sociedad revolucionaria secreta Joven Italia y líder del movimiento por la unidad de Italia llamado Il Risorgimento. Johan Rudolf Thorbecke(1798-1872) Destacado líder político holandés, quién como Primer Ministro (1849-53, 1862-66 y 1971-72), consolidó el sistema parlamentario creado por la constitución de 1848). Simón Bolívar (1783-1830) Soldado criollo y estadista suramericano, El Libertador. Liderizó las revoluciones contra el dominio español que dieron la libertad a Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Su más grande documento político es conocido como La Carta de Jamaica.

[2] Teleología: Estudio filosófico de las manifestaciones de diseño o propósito de los procesos u ocurrencias naturales, bajo la creencia de que los procesos naturales no están determinados por ningún mecanismo, sino por su utilidad en un generalizado diseño natural.

[3] Adam Smith (1723-1790) Filósofo y Economista Político escocés, considerado como el Padre del Capitalismo.

[4] Baron de la Brède et de Montesquieu (1689-1755) Filósofo político, jurista y escritor francés. John Locke (1632-1704) Filósofo Británico.

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