Opinión Nacional

Se hincha el boquete chavista

Las crecientes expresiones de rechazo en las filas gubernamentales, al bodrio de la mal llamada reforma constitucional, traen de cabeza al comandante de la revolución. De allí su mal humor y carácter intemperante, demostrados en la pasada Cumbre Iberoamericana, realizada en Santiago de Chile. Chávez acepta, aunque de mala manera, la crítica de los sectores democráticos a sus intenciones despóticas. Pero, cuando esta impugnación cobra fuerza entre sus prosélitos, entonces la cosa se pone color de hormiga, para quien no está acostumbrado a la contestación a sus órdenes.

Aun cuando sabemos que lo ocurrido en la reunión de jefes de Estado forma parte de un show montado para desviar la atención sobre los peligros y acechanzas contra la democracia venezolana, no es menos cierto que, la irracionalidad de la conducta presidencial, refleja un inestable estado de ánimo, de quien está acostumbrado a actuar como niño malcriado cuando las cosas no salen a su manera.

Ahora bien, la ruptura interna se insinúa desde diferentes rincones. Por un lado, la discrepancia del partido Podemos e individualidades políticas afectas al régimen. Por el otro, la disconformidad pública del general Baduel, en representación de importantes fracciones militares institucionales. Igualmente, el descontento de movimientos sociales y sindicales y de un segmento importante del pueblo embrujado por los cantos de sirena del caudillo de Sabaneta. Y, para rematar, la valiente censura militante de la ex primera dama, Marisabel Rodríguez.

Vistas las cosas así, resulta una obviedad el debilitamiento de las bases de apoyo popular a la pretendida modificación de nuestra carta fundamental. La gente no está dispuesta a calarse, sin anestesia, la engañifa representada por el cuento chino voceado por los acólitos oficialistas de “un mayor poder para el pueblo”. Esta mentira se escurre por las costuras de la demagogia y el populismo envenenado.

Chávez está conciente: este su peor momento desde su llegada a la Presidencia de la República. No cabe la menor duda: perdió el potente y vital impulso del pasado. Los que lo apoyaron incondicionalmente, vacilan ante sus delirios vesánicos de poder y gloria, presagian el camino hacia el abismo. Huelen el principio del fin…
La intolerancia y la represión crecen proporcionalmente a la desaprobación generalizada de los principios autocráticos y hegemónicos contenidos en la “reforma” de la Constitución. Los “saltos de talanquera” seguirán desquiciando a los validos del Gobierno. A aquellos aprovechadores de oficio que medran a la sombra del mandamás de Miraflores. Al fracasar los métodos persuasivos, al saberse derrotado, Chávez, hará uso de cualquier bellaquería para torcer la voluntad libertaria de la sociedad. Utilizará a sus matarifes para amedrentar a la población, haciendo ver que todo está consumado. Para ello cuenta con el control férreo de las dóciles Instituciones del país. Es muy fácil huir hacia delante cuando uno se siente guapo y apoyao.

No obstante este dramático cuadro (el chavismo se zarandea en sus contradicciones), la oposición persiste suicidamente en verse el ombligo. No termina de metabolizar la presencia del germen de la destrucción, gracias a la implosión que se gesta en las entrañas del propio proceso “bolivariano”. Insiste en el debate suicida entre votar o no votar. En legitimar (o deslegitimar) el referéndum, participando o no, sin llegar a ninguna conclusión concreta y viable para salir del laberinto.

Ante una disidencia titubeante, desunida, sin una ruta definida, los estudiantes resultan el fácil blanco estratégico de la furia de los conjurados cubanos y sus compinches criollos.

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