Opinión Nacional

Socialismo salvaje

En el clima de exasperación en que nos hunde el empecinamiento irres-ponsable de quienes pretenderían resucitar uno de los más estruendosos fiascos de la historia, el título de este artículo puede parecer una ironía fácil. Sin embargo, el análisis de lo que ocurre en Barquisimeto, una de las ciudades más importantes del país, confirma que no es así. En uno de esos arranques repentinos que carac-terizan su particular forma de gestionar la nación, el Presidente Chávez ordenó la “expropiación” de las empresas localizadas en la Zona Industrial de esa ciudad para destinarla a desarrollos de vivienda. Pasa así por alto que desde 1998 ella cuenta con un Plan de Desarrollo Urbano Local y desde 1999 con el correspon-diente Plan de Ordenación Urbanística, los cuales, como es de rigor, definieron la localización y límites tanto de las áreas residenciales como de las industriales, ac-tuales y futuras, y consiguientemente la localización y trazado de los equipamien-tos e infraestructuras necesarios para garantizar su adecuado funcionamiento. Para que esas propuestas no quedaran como de costumbre en una gaveta, entre 2004 y 2008 la Alcaldía concibió el Programa para el Desarrollo Estratégico de Barquisimeto dentro del cual tuvo un tratamiento destacado lo relativo a la reactivación de las zonas industriales. Ignorando todos esos antecedentes y, podemos suponer, respondiendo exclusivamente a sus mezquinos resentimientos, un buen día, en fugaz visita a la ciudad, quien funge de Jefe del Estado resolvió trastocar en un instante todos esos planes y estudios en evidente desprecio de sus autores, ordenando que la ciudad se reorganice conforme dicta su genio improvisador.

Lo anterior, sin embargo, no es lo más grave: peor es que un genuflexo Director de Planificación y Control Urbano de la Alcaldía, ¿acaso un profesional?, se haya precipitado a redactar un “informe técnico” justificando la solicitud del caporal que unos concejales no menos serviles han aprobado con la velocidad del rayo, sin ningún debate, reflexión ni consulta, sin ni siquiera tomar en cuenta el impacto que pueden causar sobre el empleo.

Y ese es el drama de la Venezuela de hoy: también en el pasado faltaría más- hubo irresponsabilidad, corrupción y servilismo en la administración pública (y desde luego en el sector privado), pero nunca faltó el funcionario digno que disintiera aún a riesgo de la destitución. Pero el “socialismo del siglo XXI” ha de-mostrado ser una especie de peste que lo primero que ataca es la dignidad de las personas que, por ignorancia, miedo o conveniencia, doblan la cerviz ante el primer capricho de un mandamás dedicado a descargar sus fobias y resentimientos sobre las ciudades y sus habitantes. También Caracas los ha sufrido. Y duele especialmente que ellos sean atendidos con diligencia y hasta coreados con en-tusiasmo por personas que han tenido la suerte de egresar de nuestras universida-des.

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