Opinión Nacional

Torturas en el gobierno de Maduro-Cabello

Hasta su hora postrera y en ejercicio -incluso nominal- de su gendarmería, Hugo Chávez nos impone a los venezolanos una dictadura electa, o demo-autocracia; o si se quiere, como lo arguye el expresidente ecuatoriano Osvaldo Hurtado, una dictadura del siglo XXI. Y más allá de que todas las formas de dictadura acusan parentela -tanto que al calificarse al régimen instalado aquí desde 1999 se le llama fascista, militarismo populista, dictadura marxista- lo cierto es que, todas a una, ninguna puede cobijarse bajo las reglas de la democracia.

Cabe decir, eso sí, que desde ahora, bajo el ilegítimo y espurio gobierno de los «dos cochinitos» -Maduro y Cabello- ocurre algo inédito para nuestra historia. Emerge con fuerza una modalidad de «despotismo iletrado» y como tal despotismo es absolutamente pasional, desligado de todo límite. No cuenta para su desempeño, siquiera, la frontera de la moral instintiva. Es ejercicio brutal de la animalidad, del dominio factual de los unos sobre los otros, creando miedos y sobreponiendo mitos, con prescindencia de la razón humana. Hablo de los «dos» recordando a los celebérrimos «tres cochinitos» -Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez, y Llovera Páez- pero advirtiendo las diferencias. Éstos, al igual que aquéllos, se reparten el poder con voracidad, luego del derrocamiento de don Rómulo Gallegos. Éstos lo hacen bajo el peso de una organización piramidal que de conjunto respetan, las Fuerzas Armadas, base de la organización real de país. Aquéllos, Maduro y Cabello, prefieren transitar, como lo diría el Dante, por la selva salvaje y fuera de la vía correcta; usan como muleta y mientras le es necesaria el «ícono sobrenatural» del Comandante Eterno, para hacerse déspotas.

A ciencia cierta, lo veraz es lo confesado por el mismo Cabello: Chávez les imponía controles que ya no existen, por lo que lo dominante -como lo vemos- es esa selva sevaggia que renueva los miedos, según el verso del padre de la Divina Comedia.

Cuando menos, hasta ayer la ley encarnaba en el testador de estos dos causahabientes de espíritu mefistofélico: «Yo soy la ley, yo soy el Estado», decía Chávez a inicios de su mandato. Su voluntad intemperante y algunas veces tocada por el mesianismo, se imponía, pero era una y segura, no se discutía. Tanto que los venezolanos, con desagrado pero por necesidad, lo escuchábamos. Nos aferrábamos, así, a un mínimo de certidumbre, al margen de la ley escrita. Hoy las cosas son distintas.

No se sabe en donde reside el fiel de la balanza. Acaso en los Mayores Generales que ejercen de ministros, o bien en La Habana, o en los comisarios cubanos que vigilan a los militares tanto como lo hacen sobre Maduro y sobre todo tras Cabello, en quien, según los mentideros, no confían.

La consecuencia, pues, es ominosa. Un empleado público a quien tropiezo, reclamándole su comportamiento de capataz y grosero, me la revela con crudeza: ¡Si Maduro se hizo del poder violando a la Constitución y en complicidad con Cabello, yo no tengo porqué respetarla!

Las noticias, por ende, siguen y al instante le hielan la sangre al más desprevenido. Tras la Patria Segura, se informa del cabo -Guinand Yéndez- quien es torturado hasta la muerte por sus compañeros de la Guardia Nacional y luego enterrado en las instalaciones militares donde ocurren los hechos. Antes sabe el país de las torturas que se les infligen a estudiantes en Barquisimeto -las fotos escandalizan- por no reconocer al ilegítimo; y otro tanto le ocurre a los diputados caprilistas quienes son salvajemente pateados hombres de Cabello, en pleno hemiciclo.

Pues bien, luego de estas prácticas criminales, sistemáticas, que se generalizan, ahora circula por las redes el video de otro soldado de la Guardia Nacional -llamada Guardia del Pueblo- quien en presencia de sus compañeros, con un bate en la mano, hace desnudar y golpea sobre sus humanidades a dos jóvenes detenidos. Se les tortura salvajemente, a un punto de que el sentido de la dignidad humana se desvanece dentro de tal estamento que le sirve de guardia pretoriana al régimen y no quedan, salvo el llanto y la queja de las víctimas, sonidos que manifestar ante el silencio indignado que provoca lo visto.

Las torturas, cabe recordárselo a Maduro y a Cabello, son crímenes agravados. Pueden constituirse en crímenes de lesa humanidad. No admiten justificación ni siquiera ante situaciones de excepción o inestabilidad política, ni los excusan órdenes superiores. Presas de la irascibilidad como se encuentran, caminan sobre el filo del Derecho Internacional, que obliga a los Estados y castiga también a los responsables de crímenes contra el género humano.

 

 

 

 

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