Opinión Nacional

Un problema llamado Capriles

Estamos asistiendo a una de las campañas más desiguales en la historia electoral de Venezuela. El Gobierno no sólo acapara los espacios en los medios de comunicación audiovisuales sino que además pretende hacer lo mismo con la calle, apelando a la Policía Nacional, como ocurrió en la parroquia La Vega, el sábado pasado, y días antes en Barinas, para lo cual pretendió utilizar a funcionarios de Casa Militar.

El CNE está en la obligación moral de poner orden en esta situación. Es imposible hablar de una campaña electoral equitativa, democrática y libre si la candidatura oficialista abusa de su poder en cada rincón, y pretende impedir, con el uso de la fuerza pública, que el candidato elegido por las bases populares recorra zonas en las cuales el chavismo, diga lo que diga y haga lo que haga, perdió hace rato la condición de fuerza hegemónica.

Lo que sucedió el sábado en La Vega demuestra varias cosas: primero, que el Gobierno le teme cada vez más a la receptividad creciente que tiene Henrique Capriles en los sectores populares; segundo, que debe valerse de la fuerza pública para evitar lo que con toda seguridad iba a transformarse en una nueva muestra notoria de que la base social que llevó a Chávez al poder le está poniendo oído al mensaje de cambio; tercero, que los factores que componen el Comando Venezuela, encabezados por su candidato, tienen claro que el camino no es la confrontación física, como parecieran desear quienes ya dan muestras de nerviosismo ante la cada vez más real posibilidad de que el 7 de octubre se ponga punto final a este modelo político insostenible, incalable y excluyente.

Mientras más abusen de su poder, mientras más insulten, mientras más descalifiquen a Capriles y a los millones de seguidores que tiene en el país, peor para ellos, porque finalmente quedan cada vez más en evidencia como una fuerza intolerante, incapaz de convivir democráticamente con el que piensa distinto, o incluso con quien aún desde sus filas denuncie cualquier injusticia o haga el más sutil de los reclamos. La calle sigue hablando, la esperanza de cambio se está convirtiendo en un inmenso dolor de cabeza para el Gobierno, y allí no hay aspirina que valga. El clamor por un nuevo Presidente, por un nuevo gobierno, por una nueva Venezuela se escucha cada vez con mayor nitidez hasta en la propia Barinas, cuna del Jefe del Estado. El flaco se les convirtió en tremendo problemón.

 

Manuitt no didalquea.

El ex gobernador de Guárico, Eduardo Manuitt, con quien hablé telefónicamente hace poco, ha rechazado de plano las propuestas que desde «el proceso» le han hecho llegar con emisarios para que retorne a Venezuela, a cambio de que, una vez que apoye al candidato Hugo Chávez, quede sin efecto el juicio político que lo mantiene en el exterior en calidad de refugiado. Como respuesta a tan indignas propuestas, Manuitt ha manifestado además su decisión de militar en Avanzada Progresista, partido que va a incluirlo como miembro de su Dirección Nacional, junto a Ramón Martínez, otro ex gobernador que hoy pasa las verdes en el exilio.

No lo veremos, por tanto, apoyando a sus perseguidores, a quienes hicieron todo lo posible por destruirlo moral y políticamente tanto a él como a su hija Lennys, también exiliada luego de que fue agredida en su residencia por unos cuantos mercenarios. Esta vez no funcionó el puño de hierro con guante de seda que se le extendió con el objetivo de utilizarlo en la campaña.

Qué tristeza la de un poder que persigue, que estigmatiza y luego, por razones de conveniencia electoral, trata de seducir a sus víctimas. Esa conducta revela cuán preocupados están por lo que el pueblo pueda decir con sus votos el próximo 7 de octubre.

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