Opinión Nacional

Una asamblea para el cambio

La realización de las elecciones parlamentarias del próximo 26 de Septiembre marcará el regreso a la Asamblea Nacional de la representación de las fuerzas democráticas alternativas y de oposición del país. Y ese regreso marcará un hito importante y un cambio sustancial en la dinámica política de la Venezuela actual. Por primera vez, durante los últimos años, la mayoría del país tendrá a unos representantes legítimamente electos que hagan cumplir con la Constitución y las leyes y, que defiendan los derechos humanos y la democracia. Y eso desde ya, constituye un triunfo inobjetable.

El oficialismo ha manejado a su antojo -durante los últimos cinco años-, la actividad de la Asamblea Nacional; omitiendo de manera intencional el cumplimiento de sus funciones como son la de legislar de acuerdo a los intereses supremos del país, la de representar los intereses de todos los venezolanos y venezolanas sin exclusión alguna y la de ejercer el control de la actividad del Ejecutivo Nacional, con autonomía y eficacia. Durante el último lustro, el país ha padecido de la gestión de un cuerpo legislativo nacional que supeditó su acción a los  objetivos e intereses de una facción política.

El proceso electoral –y su campaña- se desarrolla en condiciones materialmente desiguales. El gobierno ha comenzado a utilizar en su beneficio “la institucionalidad pública” que tiene a su favor; modificando de acuerdo a sus propósitos los circuitos electorales del país. Sobre este particular, distintas organizaciones no gubernamentales como “Ojo Electoral” y la A.C. “SUMATE” han venido denunciando este tipo de abusos. Muy recientemente, Vicente Brito, rector principal del Consejo Nacional Electoral, denunciaba en forma pública el ventajismo comunicacional ejercido por el gobierno; a través de las intervenciones del ciudadano Presidente de la República.

El bloque oficial tiene otras ventajas. Una de ellas, es el mayor grado organizativo que ha venido consolidando en todo el territorio nacional. No cabe duda que, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) mantiene una amplia presencia político-organizativa que le permite desarrollar con un margen de mayor holgura su campaña electoral. A esto se suma, el mayor número de gobernaciones y sobre todo el número de alcaldías que controla el sector oficialista. Otra ventaja, es el arrastre que aún pueda mantener el Presidente en amplios sectores del país; a pesar de que su popularidad se encuentra en su momento más bajo, según encuestadoras especializadas. Por último, el oficialismo posee una cobertura mediática importante muy superior a las fuerzas opositoras.

Ahora bien, para el PSUV no todo está fácil. Por el contrario, el panorama para esta opción luce complicada a pesar de las ventajas institucionales y de circuitos, de las cuales disfruta. Una notable debilidad la constituye la pésima evaluación que tiene la población en general sobre la gestión de la Asamblea Nacional. Sus embates a la descentralización, su reiterado y acrítico silencio a las erradas ejecutorias gubernamentales y su contribución a la intolerancia y exclusión política, son una pesada carga que heredan sus candidatos. Por otra parte, esos mismos candidatos (con muy contadas excepciones) lucen débiles y absolutamente dependientes de la figura presidencial. En general, las candidaturas oficialistas representan “más de lo mismo” de estos últimos cinco años. Por último, el ambiente que predomina en las bases oficialistas es de decepción y desencanto, ante una revolución que sólo ha agravado los problemas y ha incrementado el enfrentamiento entre los venezolanos.

Las candidaturas al parlamento nacional aglutinadas alrededor de la plataforma de la Mesa Unidad Democrática poseen una perspectiva más atractiva. En principio, representan una alianza electoral “tejida” con mucho esfuerzo y sacrificio. Esta alianza significó una respuesta a las demandas unitarias que exigían vastos sectores del “electorado opositor”. La plataforma de la MUD recuperó en parte, la credibilidad perdida de las fuerzas políticas ante su público natural y le permitió también romper el bloqueo al cual estaban sometidas. Así mismo, los partidos políticos opositores, aún débiles, han logrado recuperarse luego de las elecciones de gobernadores y alcaldes. De esta forma, acuden a este proceso electoral en mejores condiciones que en ocasiones anteriores. Las candidaturas opositoras (con sus excepciones) presentan también un mejor discurso y vienen en general con una trayectoria de lucha frente a los abusos del régimen. Finalmente, una diferencia sustancial a favor de los candidatos democráticos frente al bloque oficial la constituye sin lugar a dudas, las “100 Propuestas Legislativas” que lleva la oposición como marco referencial de su futura gestión en la Asamblea Nacional. 

También la plataforma unitaria posee sus debilidades. Su dispersión organizativa y la dificultosa relación entre sus asociados inciden de manera directa en la eficacia de su campaña. Además los recursos financieros del sector democrático son escasos y, esto también contribuye a limitar sus movilizaciones. De la misma manera, la escasa presencia mediática de los candidatos opositores afectan el impacto de sus mensajes y propuestas.  

El 26-S la composición de la Asamblea Nacional variará de manera significativa. Esto es indefectible. El alcance cuantitativo de esa victoria dependerá de capacidad de movilización de los sectores democráticos, de su paciencia y de su compromiso con el cambio. El 26-S también nacerá en la Asamblea Nacional un nuevo liderazgo político democrático; cuya principal responsabilidad será asumir con unidad y firmeza el timón del cambio que necesita Venezuela.

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