Opinión Nacional

Una breve cartografía del olvido

La interesada sobresaturación noticiosa del régimen, una de sus características más notables, obstaculiza el debate que no encuentra – además – los canales institucionales que, mal que bien, una vez tuvo. Hasta el informe del Banco Central, finalizando el año,  se diluye en medio de los otros balances intentados, molidos los acontecimientos por otros que – también –  los simulan.

El más contundente de nuestros olvidos, reacios a la polémica de profundidad, está en la naturaleza y alcances del proyecto ideológico en curso.  Al acercarse un nuevo aniversario del derrocamiento de Fulgencio Batista,  cuya estridencia posterior superó y borró el esfuerzo de diversos sectores de la cubanidad democrática para lograrlo, monopolizada su versión por los hermanos Castro Ruz, debemos dirigir la mirada hacia el  arcaísmo político que asombrosamente se implanta en Venezuela.

Se ha escrito mucho sobre la llamada revolución cubana y menos en torno a la venezolana que desemboca en sus aguas, ahogándonos. Una monumental operación propagandística, en la vasta y bastarda reingeniería de las emociones que Chávez Frías inauguró hace más de diez años, ha impedido que en los estudios de opinión aparezca la  afiliación y nomenclatura – acaso – más adecuada: el nuestro, es un castro-comunismo que nos embarga de una obsolescencia nunca sospechada. Por añadidura, no cuenta con la inquietud y preocupación que produjo entre los marxistas venezolanos, después de derrotada la subversión, luego corroborado por el derrumbe soviético.

En días recientes, ojeamos de nuevo “Crítica Contemporánea” de una relativa corta existencia al iniciarse la década de los sesenta. Bastará con citar a los miembros del comité de redacción inicial (Orlando Albornoz, Germán Carrera Damas, Gustavo Carrera, Rafael Di Prisco, Pedro Duno, Marisa Kohn de Beber, Juan Nuño, Antonio Pasquuali, Federico Riu), para calibrar la importancia de la publicación: era mucho el entusiasmo provocado por el fenómeno cubano hasta creer que un triunfo de las guerrillas venezolanas comportaba la inmediata solución de nuestros problemas fundamentales, cuyo respaldo se esfumó en medio de las amarguras del fracaso.

Seguramente, los “contemporáneos” no se reconocerían en lo que ahora es Cuba y Venezuela, pero los más indolentes, improvisados y disparatados lo hacen, anudado uno y otro simulacro revolucionario de una realidad incontestable:  el socialismo rentístico, cuya pólvora dineraria ha logrado torcer, complotar, adulterar e implotar los procesos políticos, tornándolos una fantasmagoría de una muy  duradera ocasión que suplanta a otra. Sin embargo, el levantamiento cartográfico ha de considerar la omisión,  ignorancia o abandono de sectores de la oposición que temen profundamente a una discusión ideológica, creyéndola un problema publicitario más en la perspectiva de lo que se ha dado en llamar la “antipolítica”, por cierto, resumida en el  soterrado y enfermizo desprecio devenido espectáculo.,  hacia los partidos.

Los candentes sucesos políticos de la década en la que – precisamente –  prendió la experiencia cubana, generó un debate, una polémica, una discusión entre los venezolanos que no comulgaban con su prédica. El caso que más conocemos, en el movimiento socialcristiano, la ortodoxia y la heterodoxia anduvo el camino de la actualización que una vez consideramos forzado o inevitable para emprender la lucha, pero, ahora, visto lo ocurrido en los últimos años, pudo no darse.

Recientemente fallecido, por entonces, el ex – presidente Caldera suscribió no pocos ensayos de interpretación del país y del proyecto aspirado que conjugaba el hacer con el pensar político. Una tarea indelegable,  que acometió toda la juventud demócrata-cristiana, sin parangón en su larga historia partidista, convertido el diario combate político en  una constante aproximación ideológica y mística que la avalaba frente a los adversarios ideológicos e igualmente místicos.

 Obviamente, el chavismo no fuerza a la elaboración y relanzamiento de posturas que suelen aburrir a propios y extraños. Es tal su capacidad de mimetización, la cobardía hecha táctica,  que se torna resbaladizo o etéreo para afrontarlo, pero – objetivo primordial – siempre será necesario hacerlo, saliendo de las vaporosas condiciones que impone a la disputa política, dirimida tercamente  en las veleidades mediáticas.

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