Opinión Nacional

Una de piratas

El libreto revolucionario disfraza la bagatela en que se ha convertido este gobiernito cursi

Ya no hay promesas en el discurso de la revolución. Todas han sido empleadas en el transcurso de estos once años. ¿Qué se le puede proponer a un país después de tanto tiempo? ¿Qué oferta resultaría atractiva? ¿Qué nuevo compromiso se puede adquirir con un electorado al que se le han ofrecido tantos castillos falsos? La campaña del oficialismo carece de luces: es una cruzada sombría, donde el elenco bolivariano hace esfuerzos por mantenerse fuera de la línea de combate, y dentro de los límites del disimulo.

Los señores del «proceso» disimulan que lo han tenido todo para hacer el mejor gobierno que haya podido tener la República. Disimulan que son un fiasco; que representan el fracaso más bullicioso de la Venezuela contemporánea. Que no merecerían un nuevo espaldarazo y que, de obtenerlo, sería solo producto de la generosidad de quienes, por ingenuos, prefieren descreer de los caminos retorcidos de la política… Las revoluciones siempre disimulan y ésta no es una excepción: ninguna de ellas posee límites éticos. Su objetivo único es preservarse a sí mismas, aunque sea en estado vegetativo.

La de Chávez es una revolución languidecida, en la que ya todo constituye «pasado». Una revolución que no exhibe ímpetus; que solo se defiende de su opacidad. No hay verdores en el «proceso bolivariano». No hay nada qué aportar, como no sea un palabreo ideologizante, bobalicón, aunque, ciertamente, nunca inofensivo… El «proceso» se ha vuelto aburrido; una rutina de guiones repetidos: Colombia, la Iglesia, el magnicidio, la épica independentista, las «hazañas» diplomáticas, Bolívar, el pobre Libertador transformado, otra vez, en la coartada de la misma claqué de pillos que revolotean circularmente por la Historia de Venezuela.

El libreto revolucionario encubre su pequeñez; disfraza la bagatela en que se ha convertido este gobiernito cursi con ínfulas de grandeza. Oculta negligencias, ineptitudes, incapacidades, desastres penosos cometidos en nombre de un supuesto «fin superior», tras el cual yacerá en escombros un país cuyos administradores -unos piratas inmorales- lo ultrajan al asumirle como un mero botín de guerra.

Y es justamente ése el mensaje de esta campaña. Venezuela es un botín y en su procura nos ofrecen guerras, enfrentamientos, ofensivas y exterminios… Nos ofrecen el «tesoro» de la división, de la lucha de clases. Una «confrontación final» en la que el ganador se quedará con todo, sin contrapesos, sin vigilancia, sin control, sin resistencia política… Si así buscan los votos, bien vale -y se agradece- imaginar en qué emplearán un resultado favorable. La campaña evasiva de Chávez es elocuente y dice mucho sobre el uso que seguirá dándole a su empoderamiento… Por eso, para que se vaya en 2012, hay que pensar en desempoderarlo desde ya.


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