Opinión Nacional

Una de Teodoro

A mi amigo Eduardo Mendoza Goiticoa

Enero, 1958. Se organizaba el paro general contra la dictadura perezjimenista, que debería iniciarse el 21 de ese mes.

Con el Dr. Antonio Requena, médico muy conocido, a la cabeza, se había organizado un comité con gente de diversos sectores, para coordinar su participación en el paro. Decisivo era el aporte de los empresarios para asegurar que el comercio y la industria cerrasen sus puertas.

Nos reuníamos en casa del Dr. Requena, en una callecita del Country Club. Entre los representantes del empresariado iban Eduardo Mendoza Goiticoa, Oscar Machado Zuloaga, Alfredo Rodríguez Delfino y algunos otros.

Por un azar me tocó ser enlace entre el grupo empresarial y la Junta Patriótica, que en la clandestinidad promovía el paro. El contacto era a través de Fabricio Ojeda, reportero de El Nacional. Mis vínculos con ese diario me facilitaban hacerlo, pues mi presencia allí no levantaba sospechas. Yo no sabía, por supuesto, que Fabricio era de la Junta Patriótica, menos que fuese su presidente, cargo que se rotaba entre ellos.

Un día me dice el Dr. Requena que una persona ofrece a la Junta Patriótica tres emisoras de radio, diseñadas para no ser fácilmente descubiertas. Le doy la información a Fabricio. Poco después este me dice que el día siguiente, a las 12 del día debo encontrarme con alguien en el puente de la Avenida Principal del Country Club, para llevarlo a donde el Dr. Requena. Le pregunto con quién me encontraría, y me dice: “No puedo decírtelo. Pero tú al verlo lo sabrás”.

Al día siguiente, en efecto, a las 12 en punto voy atravesando en mi carro el puente, y ya saliendo de él aparece, salido no supe de dónde, Teodoro Petkof.

Vamos a la casa del Dr. Requena. Después de las presentaciones y saludos de rigor, Requena le dice a Teodoro: “Mañana a las 3 de la tarde, en el atrio de la iglesia de la Urbanización Las Mercedes, usted se va a encontrar con el Dr. Francisco de Venanzi, quien le explicará lo de las emisoras”. Teodoro le responde: “Muy bien, allá estaré. Pero yo no conozco al Dr. De Venanzi. Nunca lo he visto y no sé cómo reconocerlo”. A lo que Requena le contesta: “Allá no habrá más nadie a esa hora. Pero si hay más gente, usted se fija bien, y cuando vea un hombre con cara de pendejo, ese es el Dr. De Venanzi”.

Todos, por supuesto, nos reímos. Llevé de regreso a Teodoro hasta el lugar donde nos encontramos y cada quien siguió su camino.

La entrega de las emisoras se hizo con éxito, y sus trasmisiones fueron muy importantes en la convocatoria del paro general, que concluyó el 23 de Enero con la huída del dictador.

Treinta años después estaba yo un día en El Nacional, con otras personas, en la Brujoteca, como llamaba Oscar Guaramato el cubículo del legendario Arístides Bastidas, ya en silla de ruedas y víctima de todas las plagas de Egipto, y no sé por qué surgió el tema. Conté el episodio, y cuando finalicé me dijo Arístides: “¿Tú también estuviste en eso? Yo fui el que recibió las emisoras y las entregué a la Junta Patriótica”. Ni él ni yo sabíamos que ambos habíamos participado en aquel episodio. Vivo testimonio de lo que era un trabajo político bien hecho, impecable y por eso exitoso, producto de una mística y de una disciplina que, desafortunadamente, a partir de los años 60 se perdieron para siempre.

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