Opinión Nacional

Una Guerra de 15.000 días Chichiriviche y Machurucuto

Si aceptamos como válido lo que afirma la esposa del estrecho amigo personal de Fidel Castro y del Che Guevara, Elizabeth Burgos-Debray : “… La fuente del calvario que le ha tocado vivir a Latinoamérica a partir de 1959, se origina en ese insuperado trauma por la gesta de otros y no de los propios cubanos para lograr la independencia de Cuba del imperio español a partir de 1898…”.

Tendremos que aceptar entonces que, el peso tanto de la puerilidad como del resentimiento social en un dirigente tiene aberradas y determinantes formas de expresión en política, sobre todo, cuando ese dirigente opta por imponerse por el crimen sin límites.

El ofendido Fidel Castro

Ante el fracaso total de los intentos libertarios cubanos, La Guerra de los Diez Años (1868-79), la Guerra Chiquita (1879) y la Guerra de Independencia (1895-98); fracasados también en los intentos paralelos con banqueros para proponerle al presidente norteamericano McKinley que comprara la isla de Cuba o que sobornara a los españoles para que abandonaran la isla, decidieron como última ratio, favorecer una intervención norteamericana.

Expulsados los españoles por el ejército norteamericano, sus comandos militares se negaron a reconocer a los jefes militares cubanos; tampoco reconocieron a los autonomistas, sólo reconocían como poder a la Corona española.

Allí en esa parte de la historia de Cuba, nace el terrible trauma: “… La dependencia mental de Fidel Castro y del castrismo…”.

111 años de historia y sobre ella, en los últimos cincuenta, ese infantil intento de Fidel Castro por reparar o recomponer de algún modo lo que pudiere sustentar algún tipo de orgullo patrio de haber sido los propios cubanos quienes hubiesen expulsado a los españoles de la isla.

Los demás países latinoamericanos, cada uno a su manera y en su momento, tienen para sí ese orgullo de que fue su propia gente, su propio pueblo, quien los liberó a sangre y fuego del yugo español. Fidel Castro, no lo puede decir.

Encono

Así es que, esa fatuidad de Fidel Castro, a cincuenta años de su llegada al poder y de la consolidación tanto de su dictadura como de su política, ha producido ya decenas de miles de muertos y de destrucción entre los mismos cubanos y entre los afectados de unos y otros países y pueblos.

Por esa puerilidad hecha política y en función de una posición contraria a los Estados Unidos, interviene política y militarmente en la década de los sesenta en Venezuela, Argentina, Perú, Nicaragua, Guatemala, Honduras y la República Dominicana.

En función de ese enfermizo antiamericanismo, en plena Guerra Fría, Fidel Castro hizo público su apoyó a la operación del 20 de agosto de 1968 cuando los tanques soviético hacen su entrada y se inicia el aplastamiento militar de la llamada Primavera de Praga.

Se extiende

La primera ayuda militar que envió Fidel Castro a África la desembarcó en Casablanca, Marruecos, en enero de 1962 y estaba destinada al Frente de Liberación Nacional en Oujda, Argelia, de hecho Ahmed Ben Bella visita La Habana en ese año.

Luego la intervención en El Congo 1965. El Che Guevara a finales de 1964, según sus afirmaciones habría hecho contactos con grupos y movimientos de liberación en Mali, Congo-Bezzaviller, Guinea, Benin, Tanzania, los Sumbas en Dar Es Salaam, con los seguidores de Patrice Lumumba. Luego acorralados los rebeldes y la columna del Che y su lugarteniente Victor Dreke en Fizi Baraka, noviembre de 1965, en quince días salió del área el Che.

Otro grupo dirigido por Jorge Risquet en el Congo-Bezzaville trataba de formar una milicia para proteger el régimen de Alphonse Massamba-Débat; la revuelta estalló en junio de 1966. A partir de 1965 participa en la liberación de Guinea-Bissau. En los primeros días de octubre de 1975 la llegada a Angola de los primeros consejeros militares cubanos; el 10 de noviembre el desembarco de 650 soldados de las fuerzas especiales cubanas al mando de Raúl Díaz Argüelles. Evento que mereció un comentario expreso de Fidel Castro a la Operación Carlota en su discurso del 19 de abril de 1976. 30.000 cubanos fueron enviados a Angola entre noviembre de 1975 y marzo de 1976, solamente con la autorización de Raúl Castro y Fidel y a pesar de la desaprobación de Breznev.

Luego en 1989 fusilaría por presunta corrupción a su potencial opositor interno, al héroe de la campaña en Angola, el general Arnoldo Ochoa.

Si embargo, ya en sus últimos años de vida, casi ya a imagen y semejanza de aquella expresión de Rómulo Betancourt, un cadáver insepulto, Fidel Castro pareciera haber logrado lo que esos medios no le dieron en el pasado.

Capitalizando la ignorancia del resentido</b<

A finales del siglo XX, la insuperada colonización de anquilosadas ideas en los partidos políticos en Venezuela y los ejemplarizantes desempeños sustentados en “… ese ‘brazo armado’ de todos los totalitarismos, cuya función es imponer, desde el poder, una visión de y una creencia en un mundo concebido como único…” (Miguel de Unamuno).

Imponiéndose así la revolucionaria verborrea a la idiotez, ignorancia y cobardía de los otros, han hecho por un Fidel Castro y por su irreparablemente mancillado orgullo –ya en el cercano final de sus días–, lo que no hicieron en cincuenta años ni los más de 50 mil soldados cubanos exportados, ni los miles de Kalashnikoff repartidos, ni los sembrados campos de minas, ni los miles de asesinados en sus aventuras y sustentado en la brutal represión sobre su propio pueblo.

1967–2009

“La Guerra de los Diez Mil Días”, fue el gancho publicitario para la campaña mundial de una izquierda orgánica internacional, y concebido como título para la serie sobre la gesta de liberación vietnamita que tendría una de sus más conocidas expresiones en Dien Bien Fu el 7 de marzo del 1954, con la derrota de las tropas francesas por el general Nguyen Giap.

Sin nada de intelectual, menos de izquierda y de orgánico, bien pudiésemos adoptar para la experiencia venezolana frente al enfermizo y no superado complejo de Fidel Castro un título parecido: La Guerra de 15.000 Días.

Ante el definitivo fracaso de la invasión intentada por las tropas cubanas a Venezuela en mayo de 1967 y la subsiguiente derrota de la izquierda; el líder de la campaña militar el Comandante Fidel Castro, apoyándose en sus asociados venezolanos y en la ausencia tanto de las condiciones como de algún émulo de Giap capacitados para ese empeño, optaron por el repliegue y una nueva forma de alcanzar el objetivo: Infiltrar las FAN y que fuese de su seno de donde emergiera el “revolucionario” que le entregara en bandeja el control del país y de sus recursos.

De esa estrategia de Fidel Castro, surgen entonces los desempeños de célebres, los Kléber Ramírez Rojas, Douglas Bravo, Alí Rodríguez Araque, Adám Chávez y tantos otros personajes de la izquierda. Siembran al interior de esa FAN, a Hugo Rafael Chávez Frías, la semilla de la esperada victoria para el infantilismo de Fidel Castro.

El asunto está en que, a pesar de que son ya naturales cubanos los que ocupan múltiples y distintas dependencias de la administración pública venezolana y controlan los mecanismos y capacidades de fuego del Estado, comenzando por la propia seguridad del líder de la “revolución”, a más de quince mil trescientos y tantos días, aún no ha logrado el delegado del Comandante Fidel Castro coronar la victoria.

La guerra sigue y la victoria para el Comandante Fiel Castro, Hugo Chávez aún no la ha asegurada, por tanto, no podrá Fidel Castro disfrutarla en vida. Dentro de poco se va a la tumba con su odio a los norteamericanos, y con su mancillado orgullo.

Jules Régis Debray, filósofo francés, casado con la escritora venezolana Elisabeth Burgos; viajó a Cuba en 1960 para reunirse con Fidel Castro y el Che Guevara. Capturado en Bolivia en 1967 junto con el argentino Ciro Bustos, son condenados a 30 años de prisión. Serían luego señalados ambos como los responsables de la posterior captura y muerte del Che Guevara. Régis Debray es indultado y liberado en 1970; viaja a Chile al año siguiente y luego de la muerte de Salvador Allende, modifica su orientación en cuanto a los límites de la teoría revolucionaria: “Crítica a la razón política” (1981). En 1988 rompe con el presidente en funciones François Mitterrand de quien era asesor y con el socialismo; seguidamente se retira de la política.

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