Opinión Nacional

Unidad y división

Pareciera que no todos han comprendido hasta sus últimas consecuencias lo que implica el axioma romano “divide et impera” (divide y vencerás) que actualmente se utiliza incluso en la informática como paradigma de diseño algorítmico ( D& C : Divide and conquer ver: (%=Link(«http://en.wikipedia.org/wiki/Divide_and_conquer_algorithm «,»en.wikipedia.org»)%).

Convertido en refrán parece algo evidente, y como toda cosa evidente resulta una de las menos observadas.

Numerosas batallas perdidas han debido enseñar que para cualquier adversario es más fácil que para uno descubrir las fallas de cohesión en nuestras fuerzas: la intención de producir y mantener “unidad” es un avance en ese sentido.

Sólo que la unidad no se produce ni se mantiene más que a través de la unificación de criterios y ésta no puede obtenerse sino por medio de un diálogo transparente.

De otra manera se llegará al sinsentido de producir en nuestras propias filas y por nuestros propios medios la debilidad que el adversario necesita para vencer.

El primer criterio a unificar es que el enemigo no es nuestro compañero(a) de equipo.

Por más que tengamos una certeza profunda de que nuestra posición es la acertada y que cuenta con una aceptación mayoritaria, nunca debemos olvidar que la aceptación de una sola de las opciones es siempre la tendencia de una minoría, al menos en relación a nuestro verdadero y común adversario, que siempre debemos ver como una fuerza única que saca su fuerza de esa condición de unidad. Contar con la división del enemigo como garantía de nuestra unidad es poner nuestra victoria en manos de quien quiere arrebatárnosla.

Para esto hay que reconocer que nuestros compañeros de equipo son todos los que se colocan de nuestro lado frente al contendor común. Y son compañeros de equipo
( nos gusten o no sus posiciones) por la simple razón de que sin ellos no podemos vencer.

Otra vez: es una verdad universalmente conocida y reconocida, pero hace falta ponerla en práctica para pasar del concepto vacío de “unidad” a su aplicación en la realidad, donde dicha unidad debe dejar de ser un simple eslogan y encontrar las técnicas de su instrumentación.

El diálogo transparente es lo que los anglosajones llaman “fair play” y que no es otra cosa que nuestro “jugar limpio”.

Si se considera como imperativo moral y se sanciona a quienes no lo cumplen con el simple calificativo de tramposos no se ataca la enfermedad sino el síntoma. Porque la enfermedad de la división, que podríamos llamar divisionismo, proviene de la falta de conciencia colectiva acerca de la amenaza común. Y proclamarse más concientes que otros de esa falta no resuelve el problema ni cura la enfermedad.

Esta unidad de la conciencia colectiva no llegará a darse a menos que se entienda primero que lo que se juega es la suerte de todos y que dormirse en los laureles de una superioridad indiscutible puede llegar a ser suicida. En parte porque todo lo que a primera vista parece “indiscutible” revela una actitud poco propensa a la discusión.

Y discusión, en el sentido de confrontar posiciones para evitar enfrentamientos personales, es el primer paso hacia la unidad.

Tal vez ayude refrasear el proverbio y ponerlo en el sentido opuesto para contemplar con más intensidad el riesgo:

“Dividámonos y seremos vencidos”

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