Opinión Nacional

Venezuela Invictus

No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigo la sentencia
Soy el amo de mi destino,
Soy el capitán de mi alma
Extracto de Invictus, poema de William Ernest Henley

Invictus, palabra que en latín significa inconquistable o invencible, resuena hoy entre muchos de quienes, sentados en una butaca de cine, no pudimos evitar establecer paralelismos entre nuestra realidad y la película con la que Clint Eastwood ha pretendido rendir homenaje a Nelson Mandela y, sin saberlo, brinda una maravillosa inspiración a una Venezuela que no desea darse por vencida.

Toda una generación de venezolanos ha crecido en los últimos once años oyendo un discurso de odio y de segregación que ha logrado dividir a un pueblo que, sin razones insuperables, hoy se ve sumido en lo que Ana Julia Jattar bien denominó el Apartheid del Siglo XXI, refiriéndose a la manera como el gobierno de Venezuela amedrenta, coacciona y discrimina a millones de venezolanos por haber ejercido el derecho constitucional de solicitar la realización de un referéndum revocatorio presidencial y ejercer su derecho a disentir del actual régimen.

Un día detenido en La Orchila tras una solicitud de renuncia – la cual aceptó- ha sido para Hugo Chavez suficiente justificativo para declarar que ya no es más “el mismo hombre bueno con el cristo en la mano” de aquel nefasto 13 de abril, decretando vehementemente una lucha de clases en la que, según él, cada quien debe escoger su bando, sin que haya reconciliación posible en nuestro país.

Ciertamente, nos resulta inevitable contrastar la corta visión autócrata del protagonista de nuestra propia película con la visión de un Mandela que, luego de 27 años de cárcel y de profunda opresión, aun a costa del rechazo que podía inicialmente generar en la población negra que lo había llevado al poder, modeló el perdón y la reconciliación como la única estrategia capaz de sanar la enfermedad social crónica que sufría Suráfrica tras medio siglo de Apartheid.

Y es que, en verdad, no ha de ser fácil perdonar las reiteradas humillaciones de un gobierno que promulga leyes destinadas a reprimir y segregar con plena conciencia.

Para nosotros llegar a lo que logró quien por ello mereció el Premio Nobel de la Paz – a sanar nuestra propia enfermedad y reconstruir nuestro tejido social – tenemos grandes desafíos por delante: el primero de ellos, jamás inclinar nuestra cabeza ante la sombra y la barbarie que pretende presionarnos y resquebrajar nuestra moral; impulsar a aquellos líderes que sean capaces de llevar la bandera de la reconciliación como condición sine qua non para la reconstrucción de una gran Nación; asumir cada uno su rol, como individuo consciente de que “para construir nuestra Nación debemos exceder nuestras propias expectativas“ y ser capaces de perdonar para poder crear la zona de tolerancia que Venezuela nos demanda.

Cierto, no es fácil; pero hay que tratar. Si Suráfrica pudo, ¿por qué Venezuela no?

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