Opinión Nacional

Venezuela: ¿por qué no cae Chávez?

Caracas (AIPE)- Todos dicen que el gobierno de Hugo Chávez está caído: desde los conductores de taxis hasta los principales analistas del país, desde conocidos economistas hasta la gente que hace cola en las oficinas públicas o compra en los supermercados. La convicción es casi unánime: Chávez no tiene ya casi respaldo entre sus antiguos seguidores, la economía es el peor desastre que se haya visto en Venezuela durante el último siglo, las fuerzas armadas no lo apoyan y su capacidad efectiva de gobierno es casi nula. Pero, a pesar de que la oposición ha reunido manifestaciones de un millón de personas, a pesar del descontento generalizado entre civiles y militares, el teniente coronel retirado -golpista en 1992- se mantiene aún en el poder.

Lo peor de todo es que Chávez, enfrentado a una crisis que no supo manejar, había presentado ya su renuncia en los días confusos de abril. La incapacidad para conformar un gobierno de transición, las vacilaciones del alto mando militar y las dudas de muchas personalidades y grupos políticos permitieron, sin embargo, que el exaltado caudillo regresara triunfante al poder. Sí, es verdad que algunos de sus seguidores salieron a la calle para pedir su retorno: pero lo que casi nunca se dice es que esas exiguas manifestaciones ocurrieron después de que ya se hubiese roto el consenso para deponerlo y se dedicaron, ante todo, a saquear comercios y a sembrar el terror.

Si parte de la oposición vaciló en los sucesos de abril, si aún hoy nos encontramos con que buena parte de sus filas actúa de un modo errático y confuso, eso ocurre por razones que tienen que ver con lo que se piensa y se siente en su seno, con la curiosa evolución ideológica que ha seguido Venezuela en estos últimos años.

El proyecto político de Chávez, la imposición de un régimen autoritario de izquierda a mitad de camino entre el de Gaddafi y el de Fidel Castro, fue disimulado hábilmente por el demagogo que nos gobierna mediante un barniz de nacionalismo “bolivariano”, economía “al servicio del pueblo” y ataques a la corrupción del régimen anterior. Sus diatribas contra los “ricos”, dentro de la fraseología de la lucha de clases, fueron escuchadas con simpatía por una buena parte de la población venezolana, con lo que cosechó entonces varios éxitos electorales.

Al perderse la magia, al comprenderse que el gobierno de Chávez era tan corrupto y mucho más ineficaz que cualquier gobierno anterior, una fracción sustancial de este caudal electoral se volvió contra el caudillo. Algo así como un tercio de la ciudadanía, se puede calcular conservadoramente, abandonó el chavismo y se fue pasando rápidamente a la oposición. Pero este sector, que se unió entonces a quienes se le oponían desde un comienzo, no cambió sus ideas ni su modo de pensar. Rechazando a Chávez, casi siempre con firmeza, siguió manteniendo sus ideas populistas, sus esperanzas en un modelo estatista opuesto a la economía de mercado.

Se produjo así la increíble paradoja que tanta confusión ha producido y sigue produciendo en Venezuela: la oposición, al crecer, perdió su perfil e hizo borrosa su identidad. Ahora se debate entre quienes asumen todas las consecuencias del carácter autoritario del régimen chavista y entre quienes aceptan las reglas del juego que éste ha impuesto; entre quienes quieren una lucha frontal, basada en la desobediencia civil y militar y los que piensan que hay que sacar a Chávez, sí, pero manteniendo de algún modo el programa inicial con que el teniente coronel subió al poder.

Mientras la oposición se encuentra casi paralizada por estas divergencias, Chávez continúa al frente del estado y Venezuela se hunde en una crisis que supera a todas las conocidas. El malestar crece en la sociedad -y también, por cierto, en los cuarteles- pero no se vislumbran salidas rápidas y efectivas que permitan superar el punto muerto en que nos encontramos. Una inmensa mayoría de venezolanos quiere la salida de Chávez pero, al no encontrarse las vías que dejen conforme a todos, se avanza sin querer hacia una resolución del conflicto que, muy probablemente, tendrá entonces un alto componente de violencia. ©

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