Opinión Nacional

Vientos que soplan

LA CORRUPCION ES HUIDIZA tal y como los personajes que la encarnan. Se mimetiza y esconde en intrincados laberintos donde no son suficientes cámaras ni policías encubiertos. Tiene formas de expresión tan sutiles que no hay robótica capaz de detectar ese espécimen del mal. Hay quienes piensan que, así como lo es el pecado, es una forma natural del comportamiento humano y que lo único que puede hacerse es convencer a la sociedad de su perversidad a través de preceptos morales o legales o de castigos carnales como la prisión y el descrédito. Y llegan a decir que es un ingrediente magnífico para comprender la legitimidad de un sistema político. Que la cuestión está en «democratizarla» para que todo ciudadano tenga la posibilidad de obtener beneficios ilícitos de manera lícita y así lograr el estándar de vida al que aspira, inalcanzable a través de los medios con los que cuenta, logrados con el trabajo y la iniciativa limpia.

LO CIERTO es que la corrupción no es un mal exclusivo de nuestro tiempo, pero en la actualidad ha adquirido una dimensión aberrante. Se ha llegado a tal desfachatez que dormimos con ella como si lo hiciéramos con nuestro propio perro. Los corruptos no tienen sentimientos de culpa en un mundo en el que se les tolera y hasta aplaude. Pesadillas podrán tener los que no han podido llegar a envilecerse porque el espíritu se deprava más rápidamente que el cuerpo. Por ello dudo de la fuerza moral de las naciones. Creo sí en el respeto que puede atesorar una persona a lo largo de su vida. Individuo y sociedad son dos territorios distintos y a veces excluyentes y contradictorios.

POR SU PARTE, el lenguaje de la corrupción es parco porque entre menos se dice, mejor. El diálogo es innecesario. De las menudencias y detalles se encargarán otros que recibirán paga por guardar el secreto como testaferros o encargados del trabajo sucio. También destaca lo que pareciera ser su estructura. Hay unos jefes, siempre los hay, que en buena parte de los casos no se conocen entre sí, pero se sabe que son los que controlan los negocios en las altas esferas del poder. Claro que hay otros ámbitos en donde actores de menor importancia se reparten, en corruptelas, las migas del banquete. No hay sector social que se escape de esta plaga porque es bueno recordar que no sólo se puede envilecer el ser humano con bienes tangibles. Así como la juventud, la corrupción también es un estado del alma.

AFIRMAR QUE EN UN PAIS pobre hay menos enriquecimiento ilícito que en uno rico sería hipótesis no demostrada. A lo mejor es lo contrario. En lo que a Venezuela toca, las denuncias sobre este asunto son infinitas. Antes y ahora. Lo cierto es que cada día más se escucha, se siente, en esa indagación diaria que cada uno de nosotros transita, que el problema ha alcanzado niveles nunca vistos, superando con creces a lo que se ha dado en llamar «cúpulas podridas del pasado puntofijista». En tal sentido, traigo a colación la encuesta que está realizando analitica.com: «Usted cree que la decisión del Poder Moral de destituir al magistrado Velásquez Alvaray se debe a: 1. Un deseo de aplicar la justicia; 2. Un pase de cuentas; 3. Dar una señal de imparcialidad; 4. El inicio de una campaña contra la corrupción». Escoja usted.

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