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Pequeñeces cotidianas

  1. La joven madre acude una vez más a la farmacia de la ciudad vecina donde, regularmente, compra las pastillas anticonceptivas. Esta vez le solicitan el récipe médico que avale su petición. Señor, dice la joven, usted me conoce, he venido muchas veces y es la primera vez que me piden tal cosa. Sin el récipe no se las podemos vender, es la fría respuesta del dependiente. Es que no puedo pagar una consulta médica para tener ese récipe, manifiesta angustiada la joven madre. Lo lamento, pero seguimos órdenes del ministerio, responde comprensivo el vendedor. ¿Es que tengo cara de bachaquera?, se atreve a decir la joven madre en provocadora interrogante. Ahora no hay respuesta. Derrotada, se marcha. Lo mismo se repite en otra farmacia. Tampoco el CDI de su zona puede auxiliarla por carecer del medicamento.

Su esposo también experimenta una situación semejante. No consigue los preservativos necesarios. Cuando los ubica, no puede pagarlos con su ocasional ingreso de caletero. Tiene que velar por la única hija de la pareja.

El resultado de esta situación es previsible. Luego de corto tiempo, la joven madre queda embarazada. Un hijo no deseado, en contraposición con la sublime enseñanza de la maternidad responsable. Y las enormes dificultades actuales para alimentar, criar y educar adecuadamente a un hijo, particularmente en condiciones de pobreza.

Es que en Venezuela la desigualdad ha crecido desproporcionadamente. Pobreza y riqueza se profundizan. Riqueza mal habida, monopolizada por los popularmente denominados “enchufados” y sus promotores gubernamentales. Pobreza inducida, para el manejo político perverso de esa condición. Lo dijo, jactancioso y engreído, un ministro desvergonzado. El ascenso social ha sido una promesa hueca del régimen, lo que es no solamente una desigualdad, sino que atenta contra la sana responsabilidad económica. Ya se sabe: demasiada desigualdad limita el crecimiento. Pero el gobierno lo desconoce.

2. El autobús se detiene en un improvisado y solitario punto de control indeterminado de la vía hacia oriente. Dos guardias nacionales suben. Las cédulas, manifiestan con voz autoritaria, sin el necesario por favor. Los pasajeros miran, callan y cumplen la orden. Se asustan, pues saben de los numerosos atracos ocurridos en similares condiciones en la misma ruta. Es de noche. Nadie baja, pues no se les permite. Fuera quedan otros dos funcionarios. Se oye cómo se abren las compuertas del compartimiento de equipaje y una voz que se supone es la del chofer del autobús. Nada más. Transcurridos veinte minutos, quizás treinta, los funcionarios permiten la continuación del viaje. Los viajantes se sienten aliviados e intentan reanudar el sueño interrumpido.

Al llegar a su destino, los pasajeros se apresuran a retirar su equipaje. Ya en su residencia, dos familias amigas, que viajaban juntas, constatan con asombro, que su equipaje fue abierto sin su consentimiento. Amargura, indignación y rabia al observar que algunos alimentos, comprados con mucho sacrificio en la ciudad de partida, fueron sustraídos. Leche en polvo, granos y enlatados. También detergente.

Queda la duda de una posible complicidad del chofer. Pero también es más probable la coacción de los funcionarios. Si no colaboras y callas, sabes lo que te puede pasar. Rastrera ratería, es la conclusión de los afectados. Seguramente habrá otros. ¿Reclamar? ¿A quién? ¡Olvídalo! ¿Y no es para proteger al ciudadano de la delincuencia la presencia y acción de la autoridad? Pero no es el caso de esta autoridad. El honor era su divisa.

3.  Es el terminal de un aeropuerto andino. Una joven madre y sus dos hijos de menos de seis años tienen boletos para Maiquetía. A pesar de esta condición, el empleado de la línea aérea los relega a un extremo de la cola aduciendo desorden en la misma. Ella calla y obedece, a pesar del reclamo del padre de ésta, quien acudió para despedirlos.

El empleado se niega a autorizar el carry on con los alimentos y utensilios de los niños como equipaje de cabina, pero la joven madre argumenta con éxito. El espacio es anormalmente reducido, el calor sofocante. Frente al mostrador, dos pasajeros sin boleto conversan con otro empleado, a la espera de conseguir el ansiado cupo, a pesar de los anuncios de la empresa de que ya no hay posibilidades. Aparece una persona, habla brevemente con los pasajeros sin boleto y los tres se retiran del mostrador.

En otra parte del terminal, los pasajeros sin boleto se enteran, por boca del recién llegado, de que, pagando entre diez mil y veinte mil bolívares adicionales pueden obtenerlo inmediatamente. ¿Y de dónde saldrían los cupos? Es lo que se preguntan los potenciales pasajeros. No importa. En última instancia lo que se desea es viajar. Finalmente, uno de los dos solicitantes extemporáneos aborda el avión. No hubo explicaciones de nadie para nadie.

Dicen las malas lenguas, que esto se repite en los demás aeropuertos del país, acentuado por la crisis del sector, entre cuyos componentes destaca la cada vez menor existencia de unidades aéreas y su obsolescencia. Ni hablar de los costos del pasaje y los retardos de los vuelos. La consecuencia es un aparente incremento de la demanda de pasajes, vuelos llenos. Falso. El gobierno no paga. Inclusive su línea bandera tiende a paralizarse, ya no compite. Administración ineficiente. Canibalización del equipo por carencia de repuestos. Sueldos bajos del personal de vuelo, que se marcha. Un nuevo sector de la economía pública está siendo arruinado.

La joven madre y sus pequeños niños son ubicados en los últimos asientos, que no son reclinables. Entorno ruidoso. A pesar de la preferencia que, dicen, tienen estos pasajeros, así como los discapacitados, de contar con los primeros asientos. ¿Retaliación del empleado por el reclamo del abuelo de los niños? Los pasajeros que se encuentran inmediatamente delante de la joven madre reclinan de tal manera sus asientos, que impiden sus movimientos y los de los niños. Felizmente la azafata resuelve la situación, a instancias de la joven madre.

El viaje transcurre sin otros incidentes. El viajero extemporáneo desaparece rápidamente al llegar.

4. La cola matutina frente a la farmacia es larga. Actualmente es lo consuetudinario. Dos personas mayores conversan sobre la caótica situación del país y cómo las ha afectado. La calidad de la conversación indica que recelan entre sí, pues no se conocen. Pero hay palabras que allanan el camino. Uno de ellos declara ser diabético y busca la insulina salvadora, que no ha conseguido en otros dos establecimientos.

Una señora de mediana edad, bien vestida, está siendo atendida por uno de los dependientes y oye la palabra insulina. Al salir, se acerca a quien la ha pronunciado. Señor, perdone, pero oí que usted necesitaba insulina. Sí, señora, así es, responde el interrogado, con cierta extrañeza. Ella le explica ser licenciada y que en su trabajo tiene un frasco del medicamento, aún vigente, sin utilizar y se lo puede regalar si él lo va a buscar. Obviamente sorprendido, el afectado titubea y no sabe cómo responder. Su compañero de cola intenta ponerlo en la realidad y le dice: ¡aproveche amigo! Superada la sorpresa inicial, en breves instantes se ponen de acuerdo sobre la dirección y hora del encuentro. Se despiden. Otra persona de la cola, también próxima al paciente diabético, le dice, ya ve cómo son las cosas, le salió hoy su ángel salvador y sin buscarlo. El afectado sonríe. La sonrisa dura poco. Cuando le toca su turno se entera de que allí tampoco hay insulina.

No se sabe qué sucedió el día siguiente. Pero hay hermosas respuestas solidarias y concretas ante la crisis múltiple, que vive el país por culpa de sus malos y falaces gobernantes. Respuestas con acciones a imitar, salidas de sus hastiados pero nobles, pacientes y sufridos ciudadanos comunes.

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