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Qué hacer con los medios públicos

Después de doce años de gestión kirchnerista en los medios públicos, el saldo resulta poco perdurable. No es que haya sido mucho peor que en los otros recientes gobiernos democráticos, sino que ha agregado a la falta de proyecto general una creciente y caótica tendencia «militante», que puso a los medios estatales al servicio de una causa partidaria disfrazada de ideario progresista.

Ya es el momento de que el nuevo gobierno, más allá de los forcejeos por contratos o indemnizaciones, muestre también en este terreno su voluntad de cambio, que hasta ahora ha sido su principal capital. Somos conscientes, eso sí, de que llevará tiempo modificar programaciones (algunas son en parte rescatables) e instalar una nueva lógica mediática.

En primer lugar, es probable que convenga rediscutir, en el Congreso, la zamarreada pero vigente ley de medios, hasta obtener un instrumento legal de rigurosa imparcialidad que permita, entre otras cosas, sostener en el tiempo un Sistema Federal de Medios Públicos que proporcione servicios a toda la población. Véanse los reglamentos y el funcionamiento de sociedades del Estado como la British Broadcasting Corporation (BBC) o la Radiotelevisione Italiana (RAI). Tendrán sus defectos, pero sería inconcebible que incluyeran en sus transmisiones un programa como 6,7,8, que hacía tabla rasa del pluralismo, se burlaba de la oposición y parodiaba expresiones de otros periodistas.

Digamos, ante todo, que el Sistema de Medios no es una jefatura de prensa del Poder Ejecutivo ni su función principal consiste en comunicar los actos de gobierno. Más bien, lo ideal sería que pudiese crear, hacia afuera y hacia adentro, señas de identidad nacional que sostuvieran su vigencia. Por eso hay dos espacios del organigrama gubernativo con los que, según creemos, no puede menos que colaborar estrechamente: la educación y la cultura. Y queda un tercero, el turismo, al que también suponemos que tenderá una mano. Esta elección de prioridades no debería significar una mengua en una de las obligaciones centrales de los medios públicos: la información.

¿Cómo informar? Se trata de hacerlo sin opinar. No nos hagamos ilusiones al respecto. La mera selección de noticias es ya una opinión, así como la búsqueda de la despolitización es un acto político. ¿Y acerca de qué informar? Acerca de las noticias importantes del mundo, de la región y del país. Y cuidando, por lo menos, que haya la mayor cantidad de información y la menor de opinión. Aquí, para ser honestos, hay que marcar un aspecto, quizás el único, en que la información kirchnerista fue, en los últimos años, superior a la de sus adversarios: la cantidad de las noticias referidas a América latina. En cuanto a calidad, eso ya es otra cosa: basta ver el canal venezolano cofinanciado Telesur, de pura propaganda chavista.

No es esa, por supuesto, la televisión pública que queremos. Debemos informar más y mejor sobre lo que ocurre en nuestras naciones hermanas, tanto las del Mercosur como las de la cuenca del Pacífico, y tal vez establecer corresponsalías en sus principales capitales.

Llega ahora el momento de soñar despiertos e imaginar contenidos de ficción/históricos para el canal público (ex Canal 7). En este campo lo único salvable de la administración kirchnerista, si bien con grandes altibajos, fue el Canal Encuentro, del Ministerio de Educación. Dentro de la actividad privada, se gana una mención el modesto y meritorio Canal (á).

Para el primer año -se supone que la actividad empezará en marzo o abril- proponemos, sin miedo, una miniserie de 10 o 12 capítulos con la vida de Domingo Faustino Sarmiento. Nada que se parezca al mármol o a la celebración escolar. La vida de un hombre contradictorio y tenaz, que resume en su itinerario el siglo XIX argentino. De San Juan a Chile, y el viaje a Estados Unidos, y Caseros. Sus mujeres y sus enemigos. Sarmiento presidente y Sarmiento viajero. El legado educativo sarmientino, base de la República. Y sí, no lo negamos: también sería un mensaje político y una opción simbólica: amamos a Sarmiento por encima de los caudillos y por encima de sus errores y excesos.

La segunda propuesta no es original (hemos visto producciones similares, con un esquema parecido, en el cine y la televisión de los Estados Unidos, del Reino Unido y de Italia), pero se aplica bien a la evolución de nuestra sociedad. Se trataría de una serie televisiva más extensa, centrada en la historia de una familia típicamente argentina: el abuelo inmigrante, llegado al país hacia 1890; el hijo, ya argentino, y buen profesional, y el nieto, nuestro contemporáneo, escritor y político. Muévanse los personajes y las otras piezas como se quiera.

Lo importante, tanto en este caso como en la inconformista biografía de Sarmiento, es la dignidad en la preproducción y la producción, la cierta calidad del guión y, como resultado final, una realización creíble, a la que contribuyesen todos los participantes. La televisión pública estaría obligada a convocar a primeras figuras. Sólo se me ocurren unos pocos nombres: Juan José Campanella, Damián Szifron, Pablo Trapero, Rafael Spregelburd. No son los únicos.

Naturalmente, un medio público planteado en forma correcta incluye también transmisiones deportivas y funciones musicales de alto valor. No está mal que continúe el ciclo Fútbol para Todos, siempre y cuando lo financie la publicidad comercial y no el dinero de los contribuyentes. El ciudadano común que mitiga los cansancios cotidianos sentado frente a la pantalla que le trae las destrezas de su equipo favorito tiene derecho, por otra parte, a que los organizadores de esos eventos renuncien a conductas mafiosas y pongan sus cuentas en orden.

Cuando éramos jóvenes, hace muchos años, escuchábamos por Radio Nacional (entonces Radio del Estado) las inolvidables sesiones de teatro leído de Las dos carátulas (aún vivas en 2015, con la heroica dirección de Nora Massi), y por Radio de la Ciudad (entonces Radio Municipal) las lejanas y a la vez muy próximas funciones del Teatro Colón, con la grave locución de Nenina Padilla, que nunca se equivocaba al pronunciar los nombres de Richard Wagner o Jean Cocteau. ¿Por qué no pensar hoy en por lo menos una transmisión por el Canal Público, y por su intermedio a todo el país, de cada uno de los títulos del repertorio anual del Colón? Habría que coordinar esta federalización con el gobierno de la ciudad.

Con una visión de mediano plazo, el Sistema Federal de Medios Públicos podría ocuparse, también, de la producción de películas documentales consagradas a la identidad física y cultural argentina. La primera etapa no debería exceder los cuatro años del actual período presidencial, y los fondos invertidos serían, por ejemplo, los necesarios para producir dos de esos documentales.

Iniciamos la lista con un largometraje dedicado a los ríos argentinos. Los ríos determinan la fuente de la vida, y junto a sus cauces brotan y se desarrollan las culturas de los hombres. Al mismo tiempo, sus desbordes amenazan ese mismo pacto. Del Río de la Plata al Pilcomayo; del río Negro al cañón del Atuel. Economía, desarrollo y civilización. El segundo documental podría dedicarse al folklore musical argentino, desde las clásicas experiencias de Carlos Vega en su Panorama de 1944 hasta las investigaciones más recientes.

Hemos hablado de los ríos argentinos. Esto equivale a invocar a Juan José Saer, el mejor escritor de su generación y el más apegado a su paisaje de aguas y orillas. Siempre queda un espacio, y no ha dejado de crecer estos últimos años, para adaptar novelas argentinas al lenguaje audiovisual. Además de Saer mencionaremos, como eventuales (y justos) receptores del apetito adaptador, a Héctor Tizón, a Manuel Puig, a Hebe Uhart, a Jorge Asís y a César Aira. Y me olvidaba: no podría faltar La casa, de Manuel Mujica Láinez.

El protocolo para el debate está presentado. A las ideas expuestas pueden oponerse otras. Lo importante es ir construyendo, paso a paso, sin prepotencia, una política de información y de contenidos culturales que encarne la democracia republicana y social en la que pretendemos vivir.

Luis Gregorich

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