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Soles para dar y convidar…

Recientemente, Vladimir Padrino, todavía (pero por poco) MinPoPoDef, en su afán de seguir pegado a las gónadas del obeso usurpador, explicó por Twitter que había enviado a las autoridades estadounidenses la “nómina” (sus palabras) de los oficiales y almirantes de las FAN, dizque para facilitarles la elaboración de las listas de oficiales sancionados por el gobierno de esa nación.  Muchos comentarios pudieran ser hechos acerca de esa decisión.  La primera duda que se asoma es: ¿se consultó con los soleados que aparecen en esa “nómina” si deseaban ser nombrados?  Porque a muchos de ellos se les pone en situación incómoda, por decir lo menos.  Y uno, que es un viejito retirado y sin oficio, se pone a revisar eso que, en otros tiempos, los oficiales denominábamos “escalafón”.  Lo primero que llama la atención es la inmensa cantidad de ascendidos a esos grados.  Pero eso lo tocaremos en el párrafo siguiente.  Por ahora, la duda que resalto es: ¿por qué muchos de ellos están ocupando cargos muy por debajo del rango que ostentan; destinos que, en otros tiempos, unos en los cuales las FAN demostraban más sensatez, eran para ser ocupados por coroneles y hasta tenientes coroneles.  ¡Qué vergüenza, si nos atenemos a la segunda acepción del verbo que usé antes, “ostentar”!  ¿Como puede alguien “hacer gala de grandeza, lucimiento o boato” si acepta empleos u ocupaciones, por debajo de su nivel jerárquico?

Ahora hablemos de la cantidad.  En Venezuela hay soleados para dar y convidar.  Un insólito caso de macrocefalia organizacional, en el cual la pirámide pareciera estar invertida: hay más generales y almirantes que coroneles y capitanes de navío.  Alguna vez hice el cálculo y escribí en un artículo que teníamos más oficiales de insignia que la suma de los de los seis países europeos más importantes; unos que tienen misiones de combate en el Oriente Medio y África.  Y me quedé corto: resulta que tenemos más porta-soles ¡que toda la OTAN!  Consulté con el señor Google y resulta que tenemos cinco veces más oficiales de insignia que en los Estados Unidos, en donde, por mandato legal no puede haber más de 230 generales en el Ejército y 150 almirantes en la Armada (no sé cuántos en la Fuerza Aérea y los Marines, pero seguramente son menos). Y, también por ley, solo hasta el 20 por ciento de ellos puede tener dos estrellas o más.  Son gente seria.  No como en las «bolivarianas», en donde impera una rochela que inventó el pitecántropo barinés para evitar que surgiese un líder en ellas que pudiera hacerle sombra.  Decidió que el ascenso era un derecho, y así lo estampó en uno de los cientos de decretos-leyes que la cobardía de sus opositores (y de sus afectos) le permitió.  Desde los tiempos más remotos de la historia, y en toda la superficie del planeta, los ascensos son un “premio a los méritos y la virtud”.  Pero Boves II sabía más que Alejandro Magno, Julio César, Aníbal, Ciro, Darío y Jenofonte juntos.  De ahí en adelante, cualquier oficial mediocre, y hasta malo, puede reclamar su ascenso porque ya tiene el tiempo mínimo necesario; y puede hacerlo sin haber realizado nada memorable en ese lapso, solo que ya se cansó de ser coronel…

Por eso, y porque también sufren de la cobardía que mencioné antes, es que ninguno de los más de ¡dos mil! Soleados ha dicho nada en relación con la medida ilegal, injusta, de una degradación decretada recientemente por Su Colombianísima Obesidad.  Nadie ha salido a reclamar que la degradación no aparece entre las facultades del Poder Ejecutivo en Venezuela, que eso es de la reserva legal y atribuida solo al Poder Judicial; quien solo puede decretarla como pena accesoria después de haber quedado firme y sin apelación posible una sentencia condenatoria de la Justicia Militar (provoca escribirla con minúsculas), únicamente por el delito de traición a la patria y solo si implica treinta años de presidio.  Ninguno, repito, ninguno ha salido a reclamar.  Por el contrario, se prestaron con su presencia a la farsa chabacana llevada a cabo en el patio del Palacio Blanco.  Todos los omisos son cómplices de esa aberración, de esa monstruosidad.  Empezando por el tal Padrino López quien, de acuerdo al Código Orgánico de Justicia Militar —noma que se mantiene vigente aunque contraría disposiciones de “la mejor Constitución del mundo”— tiene la responsabilidad de “mantener la vigilancia superior sobre la administración de justicia militar”.

Esperemos que sean pocos los días que les quedan al régimen oprobioso, a sus funcionarios, ineptos pero ladronazos, y a sus demasiados generales y almirantes, tan obsecuentes ante las órdenes que les remiten desde La Habana y que les son transmitidas por sus superiores de facto: los comisarios cubanos insertados en la superestructura del ministerio…  Esperemos también que el gobierno de transición que entre en funciones después del cese de la usurpación restituya el Estado de Derecho, redimensione las tablas de organización de las FAN y restituya a sus grados, ocupaciones y privilegios a los oficiales que han sido apresados, expulsados, denigrados o degradados injustamente.  Y que a los culpables de acciones dolosas, de omisiones en el cumplimiento del deber, de prevaricaciones, los alcance la justicia.  Porque, según don Simón: “la clemencia con los criminales es un ataque a la virtud”…

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