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Ucrania “mon amour”

En 1945 Estados Unidos de América, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, decidió terminarla en el Pacífico. Ya contabilizaba más de 400 mil bajas entre muertos y desaparecidos. Estimaron que de prolongarse las acciones uno o dos años más el costo se multiplicaría por cuatro, en razón del conocimiento físico del territorio que tenían los soldados japoneses, combinado con la eficiencia y concepción de la vida, el honor y la muerte de los orientales. Bajo esas premisas el gobierno decidió estrenar una bomba que, tanto en las pruebas de laboratorio como en desierto de Arizona, demostró la capacidad destructiva de la reacción en cadena por la fusión de los átomos del Uranio y el Plutonio. Para la toma de una decisión de tanta envergadura, privaron los costos en vidas y el bajonazo de una economía dedicada fundamentalmente  a la producción de material bélico y satisfacer necesidades primarias de la población.

Realizaron el ataque nuclear. Dos bombas, una sobre Hiroshima y otra sobre Nagasaki que  destruyeron el 80% de las edificaciones, ocasionaron la muerte inmediata de entre 100 y 200 mil personas más un número aún indeterminado de los que fallecieron por la contaminación radioactiva. ¿Fue una decisión acertada? Eso todavía se discute y las opiniones pesan más de un lado o de otro dependiendo de la crispación política del momento.

Y el fastidiado lector se preguntará: ¿qué tiene que ver la gimnasia con la magnesia? La verdad, a mi modo de ver, mucho. A saber, ese histórico y doloroso hecho, desde los mismísimos finales de los años 40 del siglo XX, los feligreses de la secta pagana comunista mantienen en plena vigencia el tema que, si bien muy estremecedor, la sociedad terráquea no inficionada por la doctrina marxista-leninista lo asimiló hace décadas y no tiene ese punto en el orden del día. Pero los comunistas de todo pelo y presentación, continúan y hasta el fin de sus días, anclados en ese episodio del que ya nadie se acuerda, abriendo cause a sus flagrantes y gruesas contradicciones, porque enmudecieron: 1.- Cuándo los bolcheviques impusieron la colectivización con plomo de metralla. 2.- Cuando provocaron la muerte 4 millones de ucranianos en lo que se conoce como el Holodomor. 3.- Cuando los propios camaradas de Nicolai Bujarin, entre muchos, lo acusaron de traidor y antes de escuchar la sentencia a ser fusilado, alcanzó a decir: Coba (Stalin) no me mates. 4.-Con la honrosa excepción de Teodoro Petkof, venezolano y los eurocomunistas Santiago Carrillo, español, Enrico Bolinguer, italiano y Georges Marchais, francés, el resto de los líderes comunistas en el mundo guardó un atronador y vergonzoso silencio cuando Rusia aplasto a plomo limpio, sangre derramada y fosas repletas de cadáveres a Hungría, Polonia, Checoeslovaquia, así como a todo líder y  pueblo que se levantó para demandar libertad y denunciar la tiranía comunista de ser autora de crímenes de lesa humanidad, usando métodos denigrantes, embrutecedores, contrarios a la civilización, tal como si fueran Gesgis Kan redivivo, cabalgando sobre vehículos blindados y disparando obuses de múltiples cabezas, concebidos para causar mayores daños a las personas y a sus propiedades; igual, como en tiempos no tan remotos, actuara el Imperio de los zares.

Por eso nada de extraño, pero mucho de indignante, tiene el que la bota de Rusia, azul o roja, vuelva por sus fueros, dispuesta a tomar lo que no es suyo. Porque Rusia se formó adueñándose de territorios de Ucrania, los Ukranish, mucho tiempo después que los uker ocupara esos territorios.

Por todo lo anterior quiebro no una sino todas mis lanzas por la libertad y autodeterminación de Ucrania y de todos los pueblos de la tierra. Como no tengo más que ofrecer, he tomado la idea de la película “Hiroshima mon amour” cuyo guión, seguramente escrito por algún viejo izquierdoso que plasma la dolorosa realidad, sin medir las circunstancias que condujeron a la toma de una decisión cuyo recuerdo es más que conmovedor. Por eso, repito, me apropié de la sonoridad y parte del título. Repudio la barbarie rusa, esta vez conducida por Vladimir Putin, redomado Jefe de la KGB, la tenebrosa policía política de la URSS y rindo homenaje al noble y valiente pueblo ucraniano, conducido por el joven intelectual, comediante y maestro que, bajo fuego enemigo, dicta clases de dignidad: Volodymyr Zelenskiy.     

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