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Viajando con el Covid-19 (4)

Estábamos yendo hacia el aeropuerto en Oaxaca.  Habíamos pasado unos días maravillosos recorriendo las calles coloniales, cenando en restaurantes con comidas diferentes e interesantes y excelente servicio y visitando talleres artesanales de barro negro, tallas de madera y textiles.  Unos días en familia, teniendo la oportunidad de ser, de estar y de compartir en un ambiente grato y sano.

En el camino hacia el aeropuerto encontramos dos vías cerradas y tuvimos que desviarnos y perder tiempo entre callejuelas por donde había camiones demasiado grandes que obstaculizaban el tránsito.  Cuando ya estábamos llegando al aeropuerto el tráfico se detuvo completamente.  Fue ahí cuando nos enteramos de que había una protesta y los mezcaleros habían cerrado el paso para llegar al aeropuerto.  Nos bajamos del taxi pensando que podríamos llegar caminando al aeropuerto.  Vana ilusión.

Con nuestras maletas y caminando nos dirigimos hacia donde los mezcaleros tenían la vía trancada.  Cuando llegamos, simplemente nos dijeron que no podíamos pasar.  Comenzamos a explicarles que teníamos que llegar al aeropuerto, que estábamos ya retrasados, que íbamos a perder nuestro vuelo.  Cada quien daba las explicaciones de sus circunstancias personales.  No había manera.  Ellos insistían en que no nos dejarían pasar.  Mi hija comenzó a tratar de pasar y un señor se le puso de frente.  Ella le dijo:  “No me toque.  Usted no me puede tocar”. Nos fuimos metiendo entre quienes protestaban y logramos pasar con dificultad.  Detrás de nosotros venían otros en la misma situación, siguiéndonos.  Cuando por fin logramos pasar a los mezcaleros nos encontramos con otro problema.  Por temas de seguridad, la guardia había cerrado las puertas del aeropuerto y ahora estábamos encerrados entre los mezcaleros y las puertas del aeropuerto.  Comenzamos a pedir que, por favor, nos abrieran las puertas para pasar.  La guardia ni nos contestaba.  Nadie nos decía qué podíamos hacer.  Me entrevistaron para alguna radio.  Yo estaba indignada.  Como le había dicho a los mezcaleros, ellos tenían derecho a protestar si tenían una causa justa pero no debían afectar nuestros derechos.  ¿Por qué reclamaban frente al aeropuerto y no frente a quienes debían reclamar?.  El taxista luego nos dijo que los mezcaleros estaban protestando porque habían matado a las hijas de algunos de ellos y, aunque habían detenido a los asesinos, ya estaban libres.  Obviamente, de ser ese el caso, estaríamos ante una terrible injusticia que debería ser corregida pero la manera de exigir que se aplicara la sanción a los criminales era incorrecta.  Mi madre siempre me decía que uno, teniendo la razón, podía perderla por la manera en la cual uno reaccionaba o exigía.  Los mezcaleros podían tener razón pero no tenían derecho a impedirnos el paso.

Finalmente, alguien dijo que podía haber paso hacia el aeropuerto por el bosque El Tequio.  Fue otra odisea lograr cruzar la barrera de los mezcaleros de nuevo ya que nos decían que si ya habíamos pasado nos quedáramos allí hasta que terminara la protesta.  Una señora gritaba:  “No los dejen pasar!”.  La miré y le dije: “Usted es una radical.  No escucha razones”.  Nos metimos por debajo de una pancarta y pasamos, mientras muchos otros nos seguían.  Tomamos un taxi que nos llevó a otra entrada del aeropuerto que no parecía ser muy conocida.  Pensábamos que en vista de las circunstancias habrían retrasado el vuelo para esperar a los pasajeros que no habían logrado entrar al aeropuerto.  El taxista nos había dicho que probablemente sería así y habíamos llamado a la aerolínea para avisar lo que estaba pasando.

Cuando llegamos al mostrador nos dijeron que ya el vuelo estaba cerrado y que no había nada que pudieran hacer.  Los funcionarios ni siquiera sabían lo que estaba ocurriendo a las puertas del aeropuerto.  El vuelo había salido sin un 25% de sus pasajeros.  Nosotros habíamos hecho nuestro check-in por internet pero no valió de nada.

Logramos salir en un vuelo posterior ese mismo día.  Aparte de la incomodidad del momento, no hubo ninguna otra consecuencia negativa. Como lecciones de ese día nos llevamos las siguientes:  1) Salir al aeropuerto por lo menos una hora antes de lo que te digan que requerirás.  Siempre puede haber eventos imprevistos que compliquen tu llegada al aeropuerto; 2) Reclamar tus derechos tratando de no afectar los derechos de otros que no tengan que ver directamente con tu situación; 3) Apoyar a quienes no tienen tus fuerzas ni tus herramientas y se encuentran en tu misma situación; y 4) Hacer todo lo que uno puede para lograr el objetivo pero mantenerse en calma cuando ya no hay nada que hacer y nada depende de uno.

¡Prendamos una vela y pasemos la luz!

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