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El “sueño” de Martin Luther King

Whashington D.C., 28 de agosto de 1963. La capital estadounidense se encuentra abarrotada: 2.000 autobuses, 21 trenes, 10 aviones fletados e incontables vehículos trasladaron a unas 200.000 o 300.000 personas a la ciudad. Todos están reunidos con un mismo propósito: el trabajo y la libertad.

De pronto, frente al Monumento a Lincoln, un hombre de 34 años ofrece un discurso que lo convierte en el foco de la concentración: “Yo tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño americano, que un día esta nación surgirá y vivirá verdaderamente de su credo: ‘nosotros mantenemos estos derechos patentes, que todo hombre es creado igual”. Se trata de Martin Luther King, uno de los líderes de la manifestación.

Han pasado cincuenta y cinco años desde que este caballero levantó su voz frente a miles de ciudadanos para decir que el mayor anhelo de su corazón era ver una sociedad en la que negros y blancos pudiesen coexistir armoniosamente y como iguales. Ese discurso —“Yo tengo un sueño”— marcó un antes y un después en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.

Es que Luther King fue un gran defensor de los derechos a los afroamericanos y, además, participó como activista en diversas protestas en contra de la guerra de Vietnam. Una cualidad pacifista que, por cierto, lo acompañó desde que era un niño.

¿A qué se debe esto? A que creció en medio de una sociedad segregacionista. Cuando tenía seis años, dos amigos blancos le dijeron que no estaban autorizados a jugar con él. Quizá sería por eso que en el discurso que lo catapultó para la historia —considerado por muchos como el mejor que se hizo en el siglo XX— mencionó: “Yo tengo un sueño: que mis cuatro pequeños hijos algún día vivirán en una nación donde no serán juzgados por el color de la piel, sino por el contenido de sus caracteres”.

Un chico bautista

Martin Luther King Jr. nació en Atlanta, el 15 de enero de 1929, en medio de una familia protestante. Su padre, Martin Luther King Sr., era pastor de una iglesia bautista; y su madre, Alberta Williams King, organista en otra congregación.

Fue un joven prodigio. De hecho, a los 15 años ingresó en el Morehouse College —una universidad reservada a las personas de color— sin haber culminado oficialmente la secundaria. En 1948, egresó como sociólogo y se matriculó en el Crozer Theological Seminary, en Chester (Pensilvania), de donde salió con un grado de Licenciatura en Teología el 12 de junio de 1951.

Ese mismo año, King inició sus estudios de doctor en Teología Sistemática de la Universidad de Boston. Se graduó de doctor en Filosofía el 5 de junio de 1955.

El 18 de junio de 1953 contrajo nupcias con Coretta Scott, con quien tuvo cuatro hijos: Yolanda King, Martin Luther King III, Dexter Scott King y Bernice King.

El boicot de autobuses

En 1954, cuando solo tenía 25 años, Luther King fue nombrado pastor de una iglesia bautista en Montgomery (Alabama), una de las ciudades que para su momento tenía un alto índice de violencia hacia los negros.

Al siguiente año —1 de diciembre de 1955— una mujer negra llamada Rosa Parks fue arrestada por haber transgredido las leyes segregacionistas de la ciudad, al no querer cederle su puesto a un hombre blanco en un autobús.

Eso hizo que, con la ayuda del pastor Ralph Abernathy y de Edgar Nixon, Luther King iniciara un boicot de autobuses que contó con el respaldo de toda la población negra. King estuvo arrestado durante los 382 días de esa campaña, que resultó sumamente tensa a causa de los blancos extremistas. La casa del líder fue atacada con bombas incendiarias la mañana del 30 de enero de 1956, así como la de Ralph Abernathy y cuatro iglesias.

El boicot terminó gracias a una decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos del 13 de noviembre de 1956, que declaraba ilegal la segregación en los autobuses, restaurantes, escuelas y otros lugares públicos.

“Yo tengo un sueño: que un día en Alabama, con sus racistas viciosos, con su Gobernador con sus labios goteando palabras de interposición y nulificación, un día, allí en Alabama, los pequeños negros, niños y niñas, podrán unir las manos con pequeños blancos, niños y niñas, como hermanos y hermanas”.

La lucha continuó

A pesar de haber alcanzado el objetivo del boicot, Luther King continuó luchando en pro de los derechos civiles. Por eso, en 1957, se unió a la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano (SCLC, por sus siglas en inglés), una fundación pacifista de la que fue miembro hasta su muerte. Además, asumió la filosofía de la desobediencia civil no violenta y la usó durante las manifestaciones de la SCLC. Continuando con ese pensamiento, se hizo vegano en 1957.

Su liderazgo en protestas pacíficas despertó el interés de los medios de comunicación, los cuales empezaron a mostrar las privaciones y humillaciones cotidianas de los afroamericanos del sur de los Estados Unidos, así como la violencia y el acoso desplegados por los segregacionistas contra los militantes de los derechos civiles.

Como consecuencia de ello, se produjo una ola de incipiente simpatía en el seno de la opinión pública por el movimiento, que terminaría por convertirse en el tema político más importante de los Estados Unidos de los años sesenta.

Pasaron los años y Luther King se volvió todo un referente a lo largo y ancho de los Estados Unidos como precursor de la igualdad. De hecho, el mismo presidente John F. Kennedy apoyaba sus iniciativas.

No es de extrañar que años más tarde —14 de octubre de 1964— se convirtiera en el galardonado más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz, por haber dirigido una resistencia no violenta con el objetivo de eliminar los prejuicios raciales en los Estados Unidos.

Su lucha trascendió el 4 de abril de 1968, cuando un segregacionista blanco lo asesinó en el balcón del Lorraine Motel en Memphis (Tennessee). Al oír los disparos, sus amigos, que estaban dentro de la habitación, corrieron hacia el balcón y lo encontraron con una bala en la garganta.

Fue un día triste. El asesinato provocó una oleada de motines en sesenta ciudades de la nación norteamericana, donde murieron varias personas. Cinco días después, el entonces presidente Lyndon B. Johnson decretó día de duelo nacional —el primero en la historia por un afroamericano— en honor a Martin Luther King.

El día de su funeral asistieron unas 300.000 personas, entre las que estuvo el vicepresidente Hubert Humphrey. La oración fúnebre fue una grabación del último sermón de Luther King, en el que pidió que el día que lo velaran no se hiciese mención alguna de sus premios, sino que se dijese que él había intentado “alimentar a los hambrientos”, “vestir a los desnudos”, “ser justo sobre el asunto de Vietnam” y “amar y servir a la humanidad”.

En honor a su cumpleaños, el tercer lunes de enero de cada año se celebra el Día de Martin Luther King, un día propicio para recordar que, como él mismo dijo en su discurso “Yo tengo un sueño”, la igualdad racial no deviene solo de las leyes que defienden a un individuo, sino principalmente de la manera en que esa persona se percibe a sí misma.

“Y cuando esto pase y cuando dejemos resonar la libertad, cuando la dejemos resonar de cada aldea y cada caserío, de cada estado y cada ciudad, podremos apurar el día en que todos los hijos de Dios, hombre negro y hombre blanco, judíos y cristianos, protestantes y católicos, podamos unir nuestras manos y cantar en las palabras del viejo (himno) espiritual negro: ‘Libre al fin, libre al fin; gracias, Dios Omnipotente, somos libres al fin”.

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