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Venezolanos duermen en aeropuerto de Madrid a la espera de vuelo de retorno a casa

La pandemia del coronavirus le complicó la vida a millones de venezolanos en el exterior. Muestra de ello es un grupo de 20 connacionales que están varados desde el 1 de julio en el aeropuerto de Barajas en Madrid, mientras esperan por la apertura de las fronteras en Venezuela o vuelos humanitarios que posibiliten el regreso al país, sin que el gobierno de Nicolás Maduro o las autoridades españolas contesten a sus peticiones.

En este grupo que duerme en el suelo y sin baño cercano, se encuentran un niño y una mujer embarazada de 32 semanas. En total, son más de 500 venezolanos que están organizados a la espera de una pronta solución.

Luciano Del Gaudio, comerciante y uno de los líderes del movimiento, explica que casi todos tenían boletos de retorno para Venezuela.

Detalla que entre ellos hay desde personas que vinieron a hacer turismo, asistir a conciertos o llegaron en España por razones médicas, muchos para volver entre marzo y abril a su país, y que quedaron atrapados por el cierre de las fronteras debido a la pandemia.

«Somos más 500 venezolanos con boletos de retorno desde antes de decretado el estado de alarma. Por lo tanto, somos turistas en calidad de varados», apunta.

Del Gaudio, que indica que viajó para iniciar su proceso de ciudadanía española, iba a regresar a Venezuela el 14 de marzo, vuelo que ha sido reprogramado 5 veces.

«Ninguna de las autoridades, ni venezolanas ni españolas, nos han aportado ayuda alguna. Carecemos totalmente de asistencia», cuenta Eleazar Siqueira, que llegó a España en enero para hacer negocios y comprar medicamentos para su mujer, que tiene un tumor, medicina que nunca llegó a Venezuela.

Sin poder trabajar y sin medios de costear la vida en un país extranjero, muchos acabaron viviendo de favor en casas de parientes, cambiando de piso en piso o en situación de calle.

Manos solidarias

El grupo que está en el aeropuerto está recibiendo ayuda de organizaciones no gubernamentales y donaciones de iglesias y de personas que pasan por ahí o que conocen la situación.

Neiza Salazar llegó con su hijo de 5 años para trabajar en España en diciembre y tenía los boletos de regreso a Venezuela para marzo.

Desde entonces, sin papeles para poder trabajar por más tiempo y costear la vida de dos personas, la echaron en mayo del apartamento en el que vivía y pasó a recibir ayuda de una iglesia hasta unirse al grupo del aeropuerto el primero de julio.

«Me siento en la calle. En la noche lloro mucho porque veo a mi hijo aquí y este no es ambiente para él», lamenta, antes de recordar que ha tenido reprogramado el vuelo de regreso al menos tres veces y todavía no sabe cuándo podrán finalmente regresar», dijo Salazar.

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