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Del Cuartel San Carlos a la luna

Era 1969 recuerdo, la hora del día no podría precisarla  pero era de día. Frente a mi  la televisión  que se veía era en blanco y negro,  mostraba una de las épicas contemporánea más hermosas que se ha creado la humanidad Neil Amstrong dando los primeros pasos del hombre sobre la luna, cuando ve por primera vez  la humanidad  nuestra bello planeta en todo su esplendor flotando en el espacio. Habrían  seguramente   dado su vida Giordano Bruno, Nicolás Copérnico, Galileo Galei, Isaac Newton.., por vivir ese momento.  En el centro de la sala  había una pequeña mesa   y sobre ella, una ametralladora que brillaba con un negro aceitoso,  al lado de la letal arma  que veía como si fueran   juguetes, pues  estaba acostumbrado a verlas en el jardín, junto a ella sentado cómodamente    en un sillón  crema estaba Teodoro Pekoft tenía tiempo en nuestra casa, hacia casi dos años  había  escapado del Cuartel San Carlos por un túnel, que dejo a toda Venezuela  y al mundo sorprendido. Veía con atención la televisión fascinado, seguramente pensaba << nosotros luchando contra el imperialismo yanqui, mientras ellos conquistan  la luna ¡qué   estamos haciendo! Eso sí es una verdadera revolución…>>

Afuera en el patio había varios guerrilleros vestidos de civiles que dormían en chinchorros, en el suelo estaban también  sus armas  adormecidas. Descansaban porque en cualquier momento tendrían que volver al monte a dormir entre nubes de zancudos, picadas de piojos y garrapatas por todo el cuerpo, y  mojados hasta los cojones, y para colmo comiendo malamente.

Al terminar la épica del Hombre que pisa la luna, Teodoro me pidió que lo acompañara a pasear, iba a una reunión   con políticos conocidos  del gobierno en una cafetería cercana.  Yo era un adolescente, salimos de la quinta Mimí  frente al colegio Cristo Rey tomados de manos, mientras caminábamos entre bucares sus gestos imitaban  a un padre cariñoso con su hijo. Por varias semanas estuvieron en casa, justamente  días después de irse. Un ruido de sirenas, luces de vehículos me despertaron mientras dormía tranquilo, entre sueños  sentí que entraban forzando la reja  y la puerta varios soldados con  cascos de verde oliva y franjas blancas  armados, seguí haciéndome el dormido,  entraron al  cuarto donde  silenciosamente, después de haber hecho aquel escándalo. Revisaron debajo de la cama, en las gavetas del escaparate buscaban armas y por supuesto a Teodoro. Afortunadamente no encontraron nada. Papá vestido con su guayabera desabotonada, gritaba:

-Cómo se atreven a entrar a la casa del doctor Eduardo Planchart Montemayor.

ante esto se le acerco el oficial en jefe de la operación, tiene suerte no encontramos nada, por lo visto nos equivocamos… Cálmese doctor.

Al salir la tropa   lo sentí esa noche, y fue lentamente al teléfono y oi claramente la conversación:  se acaba de ir   Amalia no tenía nada era solo un tendón inflamado, sabía que estaba hablando en clave.   Al día siguiente al despertarme desayunamos como si nada hubiera ocurrido, como siempre el doctor como llamaba a papá, no decía ni una palabra, era como fue casi toda su vida    inexpresivo  con su familia. Hasta que llegaron los nietos  Ollantay y luego Eduardo lo cambiaron  empezó a  reír y los trataba cariñosamente, ambos están hoy fuera del país uno en Perú y Edu  en España, no fueron más a velerear  ni a bailar con las olas con sus tablas de surf , eso ahora es pasado pero  viven libres  de la contradictoria y distópica Venezuela.

Al terminar el Corn flakes con leche y cambur que la United Fruit convirtió en un alimento  propio de la contemporaneidad, Reina me preparo la merienda y juntos salimos caminando,  el doctor como siempre calzaba  zapatos recién pulidos por él mismo al llegar del trabajo,  le gustaba tenerlos como un espejo  en la  entrada de la Clínica Ávila lo estaban esperiando y se fue  atender una emergencia,  yo seguí calle abajo  por donde hoy esta la controvertida OMS al colegio Altamira a sentarme en un pupitre lleno de dibujos de olas y  frases sueltas, como si nada hubiera pasado. No atendía a la abuelita que daba la fastidiosa clase literatura y castellano.

 No pude durante  años quitarme de la mente la imagen del astronauta pisando la luna y Teodoro viéndolo  embobado. Era una vida paralela que nunca comente con ningún compañero ni amigo. Sabía que había que mantener la boca cerrada, pero no porque  nadie me lo  hubiera pedido, era algo sobrentendido, simplemente era como si no hubiera pasado nada. Como cuando viajamos con su maletín de medico y un morral lleno de medicinas cerro adentro en un destartalado jeep desde Punta de Mulatos por horas hasta encontrarnos con un grupo de guerrilleros que atendía con  paciencia mientras   hacia el papel de enfermero sacando de su bolso las medicinas que me pedía……

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