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Descanse en paz, Robin Williams

El actor Robin Williams se suicidó hace un par de días, como probando aquello de que “todo gran payaso ha estado muy cerca de la tragedia”, pero, a manera de prueba de lo que será su legado, los espectadores, cinéfilos y comentaristas no se han quedado en los sórdidos detalles de su muerte, sino que se han volcado a recordar su extraordinaria carrera.

Igual que tantos comediantes exitosos, que han hecho reír a sus auditorios a costa de sus propios nervios, Williams pasó demasiados años de su vida cercado por la depresión y tentado por los vicios. No se lo recordará por haberse rendido a la desesperación a los 63 años, no obstante, sino por haberse sobrepuesto a ella –a fuerza de presentaciones, de programas de televisión y de películas– por medio de su inmenso talento.

Nació en Chicago en 1951. Superó su timidez, que lo protegió y lo arrinconó toda la infancia, cuando entró a estudiar actuación en la prestigiosa Julliard, y el gran John Houseman solamente los eligió a él y a Christopher Reeve para hacer parte del llamado “programa avanzado”. Poco después de dejar la academia, en 1976, consiguió un pequeño papel en el show del comediante Richard Pryor. En el 78 dio con el genial papel que lo haría famoso en todo el mundo: el del extraterrestre de voz nasal en Mork y Mindy. Y sus espectáculos lo convirtieron en uno de los intérpretes humorísticos más importantes de Norteamérica.

En palabras de su amigo Steven Spielberg, “su genio cómico fue una tormenta eléctrica y nuestras carcajadas fueron sus truenos”. Pero fue en el cine en donde fue claro que, detrás de esa inagotable velocidad para el humor, había un hombre complejo y hondo lleno de interrogantes sin resolver: dicho de otro modo, un gran actor. Williams apareció en cerca de 60 películas de 1982 al 2014. Y protagonizó, de la mano de algunos de los más importantes cineastas de Hollywood, clásicos modernos como Buenos días, Vietnam (1987), La sociedad de los poetas muertos (1989), Despertares (1990), Pescador de ilusiones (1991) y En busca del destino (1997).

Ganó el Óscar por esa última. “Dios, esta será la única vez que me quedo sin palabras”, dijo mientras lo aplaudía de pie un auditorio que lo seguirá adorando.

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