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Las mentiras del horóscopo

Aun hoy en día a muchas personas les cuesta entender cómo es y cómo funciona esta pequeña porción del Universo infinito, conformada por la estrella solar y sus planetas, satélites, cometas, asteroides  y, recientemente, una creciente cantidad de objetos hechos por el Hombre, que orbitan la Tierra y el sistema solar en calidad de Estaciones Espaciales, Transbordadores, Satélites y Sondas. Es comprensible que el común de las personas tenga dificultades para interpretar correctamente lo que a unos pocos estudiosos lleva mucho tiempo y esfuerzo. En Astronomía hace falta investigar a distancia y poder hacer abstracción, pues el objeto de estudio no se presta para ser examinado y manipulado como en las otras ciencias. No se trata del cuerpo humano sobre cuyos mecanismos de funcionamiento profundiza el Médico, ni de las plantas del Botánico, o los especímenes animales del Zoólogo, las substancias del Químico, los números y fórmulas del Matemático, las partes de una estructura tangible para el Ingeniero, y en definitiva todo aquello que constituye el pequeño mundo a nuestro alrededor, el mundo real de nuestras vivencias cotidianas, el cual ni siquiera alcanza la escala del mundo-planeta que alberga a toda la Humanidad.

Si es difícil conocer la mecánica de funcionamiento del infrauniverso en que nos encontramos, a pesar de la facilidad de acceso al conocimiento a través de la Escuela, los libros, la Televisión, las múltiples maneras que adopta la comunicación en la actualidad, más difícil debió ser en la antigüedad, mucho antes de inventarse la imprenta, de establecerse las escuelas, en tiempos en que se estimulaba la permanencia de las mayorías en condiciones absolutas de analfabetismo y credulidad. Eran los tiempos de la obscuridad, tanto por la vigencia del fuego como elemento que apenas iluminaba el espacio luego de ocultarse el Sol, como por la imposición de dogmas y creencias totalmente reñidas con las verdades demostradas por las Ciencias en la actualidad.

Lo que se define como Movimientos Aparentes del Sol, han sido y siguen siendo para miles y millones Movimientos reales, pues la interpretación surge de la Lógica aplicación de los sentidos al fenómeno visualizado. El Sol “sale” por el Este y se “pone” por el Oeste. Así lo vemos desde hace milenios. Y la sombra que proyectan los árboles, personas y edificaciones a mediodía, en ciertos períodos del año se ubica hacia el sur y en otros períodos hacia el norte, por lo que deducimos que también realiza un recorrido de norte a sur y viceversa. La noción del planeta Tierra rotando sobre sí mismo (en torno a un eje, que no existe como algo que se pueda tocar, sino que es una referencia imaginaria, un parámetro científico para ordenar mejor la investigación alrededor del fenómeno), no es fácil, y se complica más aun al especificar que la velocidad de Rotación terrestre a la latitud ecuatorial es superior a los 1.600 kilómetros por hora. Como no percibimos el movimiento, más bien “nos consta” que los objetos en el cielo se mueven pues eso es lo evidente, tendemos a aceptar que es el Sol quien se mueve alrededor de nosotros, y lo hace en forma sistemática de Este a Oeste, todos los días.

La absoluta mayoría de los seres humanos que habitan el planeta Tierra jamás han experimentado una velocidad superior a la del vehículo particular o de transporte masivo en que ocasionalmente han viajado. Para quienes conocen lo que es trasladarse a un promedio de 100 kilómetros por hora, resulta cuesta arriba aceptar que esa superficie sólida y firme sobre la cual se hallan, va desplazándose a una velocidad 16 veces mayor que la del vehículo en que hacen el regular recorrido interurbano. Y sin embargo, ininterrumpidamente, nuestro planeta gira en torno a sí mismo a la velocidad de 1666 kph sobre la línea ecuatorial. A medida que nos acercamos a los polos la velocidad disminuye, en virtud de la forma de esfera -imperfecta- de la Tierra, geoidal.

Al aumentar la escala y relacionar al planeta con la estrella en torno a la cual gira, los conceptos se complican aún más. La Tierra efectúa un movimiento de Traslación alrededor del Sol cada 365,25 días, a una velocidad variable puesto que la órbita es elíptica y por lo tanto las distancias entre ambos cuerpos cambian, modificando a su vez las fuerzas de atracción (centrípeta) del Sol, y de alejamiento (centrífuga) de nuestra morada. Pero la velocidad de Traslación es en promedio superior a los 100.000 kilómetros por hora, y tampoco la sentimos.

Para complicar más todavía el asunto, el planeta está inclinado poco más de 23 grados sobre la vertical absoluta, lo cual genera variaciones climáticas, en especial para las zonas templadas y polares, espacios entre los 23º y los 66º, y entre los 66º y los 90º respectivamente, de latitud norte y sur, siendo las condiciones de luz y calor opuestas entre un hemisferio y otro. Así, cuando ocurre la estación de Invierno para la zona templada del hemisferio norte (el espacio entre el Trópico de Cáncer y el Círculo Polar Ártico), se produce la estación de Verano para la zona templada del hemisferio sur (el espacio entre el Trópico de Capricornio y el Círculo Polar Antártico). En términos más sencillos, cuando hay nieve en ciudades como Londres, París o Budapest, hay un calor que invita a bañarse en la playa en ciudades como Santiago de Chile o Buenos Aires, y viceversa. Si esa invención llamada Santa Claus realmente existiera, tendría que andar en shorts y franela para repartir los regalos en poblaciones ubicadas en la zona templada del hemisferio sur, durante la misma época de Navidad. En la zona Intertropical en la cual nos encontramos, a ambos lados del Ecuador hasta los 23º 27’ norte y sur, no se producen las cuatro estaciones; Verano, Otoño, Invierno y Primavera, que son exclusivas de las zonas Templadas.

Pero donde la ignorancia ha sido aprovechada en beneficio de unos cuantos charlatanes es en la utilización de una porción de la Astronomía, ciencia del espacio infinito que nos rodea, para darle apariencia de seriedad y trascendencia a un conjunto de especulaciones escudadas tras el calificativo de Astrología.

La existencia demostrada y cierta de planetas, satélites, cometas, en nuestro sistema solar, cuya ubicación y funcionamiento conocemos gracias a la sistemática observación durante miles de años, así como la aparente organización de conjuntos de estrellas en determinadas áreas de la Galaxia Via Láctea en que nos encontramos, ha permitido que desde antaño les hayan sido asignados nombres a cada uno de esos cuerpos celestes y a cada una de esas 88 constelaciones, en virtud de las formas que los antiguos imaginaron ver en ellas. Así, un grupo de estrellas separadas entre sí por una distancia de decenas o cientos de años luz, aparece ante nuestra mirada como si conformaran un conjunto de puntos que comparten una porción relativamente limitada del espacio en el cielo nocturno. Las civilizaciones antiguas, en especial los griegos y los árabes, permanentes observadores del cielo dada su condición de frecuentes viajeros, dieron nombres propios a cada uno de estos conjuntos aparentemente fijos en la bóveda celeste, encontrando arbitrarios parecidos entre cada grupo de estrellas y una entidad del mundo real o ficticio en el cual se desenvolvían. A simple vista, sin binoculares o telescopio, con cielo despejado, podemos ver seis planetas y un máximo de nueve mil estrellas, todas de nuestra galaxia, por supuesto.

Así, varias estrellas aparentemente agrupadas en una determinada porción del cielo pasaban a conformar la figura de un animal (el Cisne, la Osa mayor, el Delfín, la Liebre, etc), de una entidad mitológica (Andrómeda, Casiopea, Pegaso, Centauro, Hércules, Unicornio, etc), un objeto de uso regular (microscopio, telescopio, cincel, brújula, etc), hasta configurar las 88 agrupaciones denominadas Constelaciones que ocupan grandes porciones de la superficie visible a simple vista de nuestra esfera celeste. De acuerdo a su ubicación en la esfera y la posibilidad de ser observadas desde cualquier punto sobre el planeta, podemos separarlas en cuatro grupos: Ecuatoriales, del hemisferio norte, del hemisferio sur, y las 13 de la franja Zodiacal (Eclíptica).

El Universo está constituido por un volumen espacial hasta ahora infinito y en pleno proceso de Expansión desde hace aproximadamente trece mil quinientos millones de años, cuando se produjo la gran explosión (Big Bang) de la materia original, en virtud de las enormes  presiones y temperaturas que la comprimían, a su mínimo volumen. Dentro de ese infinito espacio existen cientos de millones de enormes agrupaciones de gas, estrellas, cuerpos planetarios, asteroides y cometas que son denominadas Galaxias, una de las cuales, con forma de espiral, bautizada por nosotros mismos como La Vía Láctea, nos contiene en uno de sus brazos espirales, a media distancia entre uno de sus bordes y el centro galáctico. El Sol, la estrella en torno a la cual se constituye el Sistema planetario del cual formamos parte, es apenas una estrella de modestas dimensiones entre los doscientos mil millones de estrellas de La Vía Láctea. Reiteramos que a simple vista sólo podemos apreciar una pequeña cantidad de ese total de estrellas de nuestra Galaxia, número que aumenta al utilizar equipos de aumento como el largavista y el telescopio. Esas estrellas más visibles en nuestro correspondiente cielo (la mitad de la esfera celeste, dependiendo del hemisferio terrestre en que nos encontremos) son las que constituyen las 88 figuras llamadas Constelaciones, en torno a las cuales se han elaborado útiles referencias espaciales, y también muchas falacias y charlatanerías “astrológicas”.

Nuestro planeta, La Tierra, da una vuelta alrededor del Sol cada 365,25 días, razón por la cual esas seis horas que le sobran en cada vuelta anual, se van acumulando y se agregan en forma de día extra cada cuatro años, para conformar el 29 de febrero del año Bisiesto. Ese movimiento de giro en torno al Sol lo efectúan la Tierra y la mayoría de los demás cuerpos del Sistema, sobre un plano -imaginario- denominado Plano de la Eclíptica. Las estrellas que podemos observar a simple vista, apenas 9.000, una ínfima porción de los doscientos mil millones de estrellas que conforman la Galaxia Vía Láctea, aparecen diseminadas sobre toda la esfera celeste, ocupando posiciones aparentemente fijas en el cielo (que es una ilusión de forma redondeada, como producto del efecto de filtro que ejerce nuestra Atmósfera sobre las imágenes de los astros que rodean nuestro Planeta. Para quienes no hay atmósfera que se interponga no hay esa esfera que llamamos cielo. Los Astronautas y Cosmonautas que orbitan el planeta no ven la imagen redondeada desde el Transbordador, la nave Soyuz o la Estación Espacial Internacional).

Si al Plano de la Eclíptica, ese nivel imaginario sobre el cual orbitan la mayoría de los planetas y demás cuerpos del Sistema en torno a la estrella Solar, le asignamos un área de nueve grados de amplitud vertical, (4.5 hacia arriba y 4.5 hacia abajo), constituimos una franja imaginaria dentro de la cual vamos a encontrar algunas de las 88 agrupaciones de estrellas que el Hombre ha conformado desde remotos tiempos. A esa franja la denominaron Zodíaco y la Traslación de nuestro planeta alrededor del Sol establece que permanezcamos en el área correspondiente a una Constelación durante un período de tiempo, que varía en cada caso.

En parte por ignorancia y en parte por la conveniencia de adaptar los fenómenos naturales a las especulaciones y falacias astrológicas, dadas las específicas características del Calendario que divide el año en doce meses, la charlatanería tradicional hace referencia a doce constelaciones del Zodíaco, cuando en realidad dentro de esa franja se encuentran catorce constelaciones, ya que entre Escorpión y Sagitario se ubica Ofiuco (Serpentario), y también Cetus (Ballena, aunque esta constelación apenas ocupa 12 horas del trayecto solar por la eclíptica, entre el 27 y el 28 de marzo). Ofiuco sí ocupa una importante porción de la franja llamada Zodíaco (del 30 de noviembre al 18 de diciembre). Aceptar a estas dos constelaciones, tan dentro del Zodíaco como las otras doce, implicaría no solamente reconocer que durante miles de años se ha ignorado una parte importante de “las herramientas de trabajo”, sino que obligaría a replantear toda la escenografía, la “fauna y flora” que constituye la terminología que durante siglos ha servido para engañar a los incautos, pretendiendo ofrecerles una visión de sus respectivos futuros, basada en “su signo zodiacal”.

No sólo han mutilado a la franja Zodiacal de dos de sus Constelaciones sino que también omiten o ignoran que nuestro planeta modifica su posición en el espacio con respecto a las estrellas, en virtud de uno de sus trece movimientos. Además de los conocidos de la Rotación (origen del Día y la Noche) y de la Traslación (que da lugar al período denominado año, además de importantes cambios climáticos ya reseñados), existen otros once movimientos inherentes a La Tierra, uno de los cuales establece consecuencias trascendentales para la posición real de nuestro planeta en el espacio. El movimiento de Precesión gradualmente modifica la orientación del eje terrestre, haciendo que elabore un pequeño círculo, imperceptible para cualquier generación toda vez que un ciclo se realiza cada 25.860 años. De manera que el extremo superior del eje terrestre apunta en la actualidad hacia la estrella Polaris, a 300 años luz de nosotros (ubicada en la cola de la constelación Osa Menor), pero dentro de 5.500 años apuntará hacia la estrella alfa de Cefeo, y en el año 15.000 señalará hacia la estrella Vega en la constelación de Lira, por lo cual estas estrellas ocuparán la posición de estrellas polares para nuestro planeta, aunque al término del ciclo de Precesión de nuevo el polo norte terrestre tendrá encima, en su zénith, a esta estrella que hoy señala a los navegantes y observadores en general su ubicación, al final de la cola de la Osa Menor.

Pero quienes se lucran con la farsa de la Astrología y del Horóscopo persisten en mantener a la treceava Constelación, Ofiuco, fuera del Zodíaco, y olímpicamente ignoran los cambios de posición que del movimiento de Precesión terrestre se derivan, porque es más conveniente y fácil dejar intacto el caletre de lugares comunes y fantasiosas predicciones que constituyen la base de su tramposo y primitivo oficio.

La Astronomía es una ciencia, cultivada desde la más remota antigüedad, con mayores avances desde que se produjo el primer telescopio. La astrología es un conjunto de falacias, falsas verdades, que parasita de los resultados de la ciencia astronómica, utilizando los descubrimientos de la Astronomía (sobre el sistema solar, las galaxias, las constelaciones, y las órbitas de algunos astros errantes -asteroides y cometas- que se acercan relativa y temporalmente a la Tierra, para darle una capa de credibilidad a la escenografía desde la cual elaboran sus truculentos y siempre genéricos vaticinios. Es imposible conocer el futuro de una persona, menos aún en base a su fecha de nacimiento y las específicas posiciones de algunos planetas y otros cuerpos celestes, lo que pretende establecer la engañosa práctica de la Astrología, vinculada -por la superstición y la ignorancia- con las lecturas del Tarot, de la Ouija, las líneas de las manos, las barajas, los caracoles, los huesos o la borra del café. Yo puedo vaticinar que estudiando Astronomía, aumenta el conocimiento verdadero, y se reducen las pérdidas por pagos a charlatanes, quirománticos, babalaos, santeros y astrólogos.

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