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Octavio Paz y la mexicanidad

El adolescente se asombra de ser…
A los pueblos en trance de crecimiento
les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta
como interrogación: ¿qué somos y cómo
realizaremos eso que somos?
Octavio Paz

El 31 de marzo de 2014 se conmemoró el centenario del nacimiento del escritor Octavio Paz, quien fue un prolijo estudioso de México y de la manera de ser y de pensar de sus gentes, es decir, de la mexicanidad. Muchas fueron las reflexiones que el poeta y ensayista realizó a lo largo de su vida de escritor para transmitir a su país y a sus paisanos cuáles son, en su criterio, las raíces y las manifestaciones de la mexicanidad; muchos de esos caviles fueron recogidos en su libro emblema El Laberinto de la Soledad. (Cuadernos Americanos, México, 1950). En este sentido, el propio Paz observa:

“La minoría de los mexicanos que posee conciencia de sí no constituye una clase inmóvil o cerrada. No solamente es la única activa – frente a la inercia indoespañola del resto – sino que cada día modela más al país a su imagen. Y crece, conquista a México. todos pueden llegar a sentirse mexicanos. Basta, por ejemplo, con que cualquiera cruce la frontera (…) y debo confesar que muchas de las reflexiones que forman parte de este ensayo nacieron fuera de México, durante dos años de estancia en los Estados Unidos. Recuerdo que cada vez que me inclinaba sobre la vida norteamericana, deseoso de encontrarle sentido, me encontraba con mi imagen interrogante”.

Fruto de la  inevitable comparación con el otro,  con el distinto, con el diferente, con el desemejante, en este caso con la particular idiosincrasia del norteamericano de más allá del Río Grande,  el ensayista mexicano propone un conjunto de pistas que pueden ayudar a comprender lo incomprensible, aprehender lo inasible, en fin, a concretar la siempre indómita y escurridiza manera de ser de un pueblo que está en proceso de ser, el mismo escritor lo acepta: “Mi testimonio puede ser tachado de ilusorio”.    

  1. Un ser mascarado

Las películas mexicanas filmadas en los celebérrimos Estudios Churubusco en Coyoacán durante la denominada Edad de Oro del Cine Mexicano, las más recientes telenovelas aztecas, las imperecederas rancheras y los sentimentales boleros rancheros nos ofrecieron la imagen del mexicano al estilo de Juan – el héroe del celebrado y tantas veces coreado corrido revolucionario-: “ranchero, charrasqueado y burlador. Que se creyó de las mujeres consentido. Que fue borracho, parrandero y jugador”. Nada más alejado de la realidad existencial del mexicano común, según Paz:

“Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación (…) Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospechas de palabras (…) En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también de sí mismo”.

El ensayista apoya su opinión sobre el enmascaramiento del mexicano común en argumentos relacionados con el lenguaje cotidiano, el hermetismo y la difícil relación – de recelo – del mexicano con su prójimo. En relación con el lenguaje, Paz afirma:

“El lenguaje popular refleja hasta que punto nos defendemos del exterior: el ideal de “hombría” consiste en no “rajarse” nunca (…) El mexicano puede doblarse, humillarse, “agacharse”, pero no rajarse, esto es permitir que el mundo interior penetre en su intimidad (…) Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su “rajada” que nunca cicatriza”.

En lo concerniente al hermetismo de sus connacionales, el ensayista apunta:

“El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y hostilidad del ambiente – y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire – nos obligan a cerrarnos al exterior (…) Pero esta conducta legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente”.

Desde la perspectiva de las relaciones objetales, de las interacciones humanas, del peligroso contacto con el prójimo, Paz subraya que:

“Nuestras relaciones con los otros hombres están también teñidas de recelo. Cada vez que un mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se “abre”, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega (…) El que se confía, se enajena; “me he vendido con Fulano”, decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos “rajado”, alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad ha desaparecido”.

  1. Un carácter estoico y formalista

Recordemos que el estoicismo se caracteriza por la fortaleza de carácter del ser humano frente a la adversidad y el dolor; nuestro ensayista sostiene que este estado de espíritu es una de las virtudes descollantes de ese mexicano hermético, cerrado y ensimismado, del charro que no se amedrenta, del macho imbatible, de la hombría probada en cada lance de juego o de amor, de la valentía ante las armas enemigas o el impacto de los hechos externos. Sostiene el autor:

“El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes frente al dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos o impasibles – como Juárez o Cuauhtémoc – al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes más populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza de la adversidad”. 

Otro aspecto relevante de la mexicanidad es el formalismo, un decidido y permanente “amor por la Forma”, que lleva a la aspiración de construir un mundo ordenado de acuerdo con principios claros y conocidos. Para sustentar esta apreciación, el escritor enumera:

“Las complicaciones rituales de la cortesía, la persistencia del humanismo clásico, el gusto por las formas cerradas en la poesía (el soneto y la décima, por ejemplo), nuestro amor por la geometría en las artes decorativas, por el dibujo y la composición en la pintura, la pobreza de nuestro Romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por las fórmulas – sociales, morales y burocráticas -, son otras tantas expresiones de esta tendencia de nuestro carácter. El mexicano no sólo no se abre; tampoco se desparrama”.

  1. Una pasión por la fiesta y la muerte

Paradójicamente ese mexicano cerrado, receloso, hermético, ensimismado, ritualista, estoico y formalista descrito por Paz, es también un ser hecho para el festejo y la diversión. El escritor subraya la pasión del mexicano por las fiestas y las reuniones públicas que tienen por objeto celebrar acontecimientos nacionales o locales, civiles o religiosos, gremiales y familiares, homenajear a los héroes de la Patria o a los santos patronos. En fin, el calendario del mexicano está poblado de fiestas de diferente naturaleza y envergadura, estas bienvenidas y muy esperadas conmemoraciones, al mexicano:

“…le dan ocasión de rebelarse y dialogar con la divinidad, la patria, los amigos o los parientes. Durante esos días el silencioso mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola al aire. Descarga su alma. Y su grito, como los cohetes que tanto nos gustan, sube hasta el cielo, estalla en una explosión verde, roja, azul y blanca y cae vertiginoso dejando una cauda de chispas doradas. Es noche los amigos, que durante meses no pronunciaron más palabras que las prescritas por la indispensable cortesía, se emborrachan juntos, se hacen confidencias, lloran las mismas penas, se descubren hermanos y a veces, para probarse, se matan entre sí. La noche se puebla de canciones y aullidos. Los enamorados se despiertan con orquestas a las muchachas. Hay diálogos y burlas de balcón en balcón, de acera a acera. Nadie habla en voz baja. Se arrojan sombreros al aire. Las malas palabras y los chistes caen como cascadas de pesos fuertes. En ocasiones, es cierto, la alegría acaba mal: hay riñas, injurias, balazos, cuchilladas. También eso forma parte de la fiesta. Porque el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica. México está de fiesta. Y esa Fiesta, cruzada por relámpagos y delirios, es como el revés brillante de nuestro silencio y apatía., de nuestra reserva y hosquedad”.    

El mexicano festeja la vida y celebra la muerte, aunque ambas le sean indiferentes, sin embargo, según Paz, el desprecio por la muerte no compite con el culto que se le profesa, “la adula, la festeja, se abraza a ella, definitivamente y para siempre, pero no se entrega”. La Pelona, la Sayona, La Llorona, denuda de carne en el hueso, en forma de calavera, de esqueleto danzante, de hueso estricto, de cráneo colorido, es ubicua en la sociedad mexicana, y motivo de inspiración tanto para los artesanos amerindios como para los artistas, escritores, cantantes contemporáneos que, como Posada, Rivera, Khalo, el Dr. Lakra, Gorostiza, Rulfo, José Alfredo Jiménez, la ilustran, la recrean, la cantan.

 El Día de los Muertos es también una fecha significativa de las innumerables celebraciones del festivo calendario mexicano; de especial significación es la llamada “Muerte niña”, expresión popular que no se refiere precisamente a la muerte física de los infantes, sino a un fenómeno cultural muy acendrado, al ritual en el que los impúberes que acaban de morir son considerados no niños sino angelitos, y como tales son festejados, no llorados. “La muerte niña” es aquella vista y vivida con alegría dentro de una ceremonia cristiana en la que se considera a los niños inocentes de toda desdicha eterna. “La muerte niña” no es muerte sino nacimiento festivo a otra vida.

La muerte – frívola, trivial, huera, baladí –  está también presente en las casas y hogares de los mexicanos, como bien lo describe Paz:

“Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el Día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no dispensa de la pegunta que todos nos hacemos: ¿Qué es la muerte? (…) en un mundo intrascendente, cerrado sobre sí mismo, la muerte mexicana no da ni recibe, se consume a sí misma, y a sí misma se satisface (…) La muerte mexicana es estéril, no engendra como la de aztecas y cristianos”.    

  1. Hijos de la Chingada y de la Malinche

El 15 de setiembre, Día de la Independencia nacional, es frecuente escuchar el grito dado a todo pulmón, emoción y convicción: ¡Viva México, hijos de la Chingada! Paz, reflexivo se pregunta y se responde a la vez ¿Qué es la Chingada? y pasa a darnos su versión del término, así como de los múltiples usos que tiene el vocablo en boca de sus paisanos:

“Ante todo es la madre. No una madre de carne y hueso, sino una figura mítica (…) La Chingada es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e implícita en el verbo que le da el nombre. Vale la pena detenernos en el significado de esta voz (…)  En México los significados de la palabra son innumerables. Es una voz mágica. Basta un cambio de tono, una inflexión para que el sentido varíe. Hay tantos matices como entonaciones: tantos significados como sentimientos (…) Pero la pluralidad de significaciones no impide que la idea de agresión – en todos sus grados, desde el simple de incomodar, picar, zaherir, hasta el violar, desgarrar y matar –  se presente siempre como significado último. El verbo denota violencia, salir de sí mismo y penetrar por fuerza en otro”.

El ensayista – luego de varias y prolijas consideraciones sobre el verbo y sus significados y usos – concluye tajantemente:

 “Después de esta digresión sí se puede contestar a la pregunta ¿qué es la Chingada? La Chingada es la madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El “hijo de la Chingada” es el engendro de la violación, del rapto o de la burla”.

Y se permite formular una suposición sobre el origen del término identificador asociándolo con la Conquista española:

“Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al Conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en búsqueda de su padre, el pueblo mexicano no perdona la traición a la Malinche. (…) De ahí el éxito del adjetivo despectivo “malinchista” (…) para denunciar a todos los contagiados de que México se abra al exterior: los verdaderos hijos de la Malinche, que es la Chingada en persona”.

Paz concluye sus muy personales especules y caviles señalando que el orgulloso, nacionalista y popular grito ¡Viva México, hijos de la chingada! “es una expresión de la voluntad mexicana de vivir cerrados al exterior, sí, pero sobre todo cerrados frente al pasado. En ese grito condenamos nuestro origen y renegamos de nuestro hibridismo”.   

Estos deliberes del autor sobre los hijos de la Chingada y de la Malinche, le permiten también abordar un tema complementario el del “macho” mexicano que ha servido para crear un estereotipo y una fenotipia ampliamente extendida, promovida por lo demás por el propio cine y la televisión mexicana, donde los galanes son meros machos que como Jalisco no se rajan. Señala entonces Paz:

“El “macho” representa el polo masculino de la vida (…) Su significado real no es distinto del verbo chingar y algunos de sus derivados. El “Macho” es el Gran Chingón. Una palabra resume la agresividad, impasibilidad, invulnerabilidad, uso descarnado de la fuerza, y demás atributos del “macho”: poder. La fuerza, pero desligada de toda noción de orden: el poder arbitrario, la voluntad sin freno y sin cauce. La arbitrariedad añade un elemento imprevisto a la figura del macho. Es un humorista: Sus bromas son enormes y desembocan siempre en el absurdo (…) El “macho” hace “chingaredas”, es decir, actos imprevistos y que producen la confusión, el horror, la destrucción (…) El humorismo del “macho “es un acto de venganza (…) No sería difícil percibir también ciertas inclinaciones homosexuales, como el uso y abuso de la pistola, símbolo fálico portador de la muerte y no de la vida, el gusto por las cofradías masculinas, etc. Pero cualquiera sea el origen de estas actitudes, el hecho es que el atributo esencial del “macho”, la fuerza, se manifiesta casi siempre como capacidad de herir, rajar, aniquilar, humillar”. 

  1. Devotos de la Guadalupe

El mexicano además de ser hijo de la Chingada y de Doña Marina, la Malinche, es un fervoroso creyente y un apasionado devoto de la Virgen de Guadalupe. Una vez más el escritor se sumerge en las creencias recónditas y los sentimientos insondables de sus connacionales para brindarnos otra pista –  en esta ocasión espiritual y religiosa –  de los alcances de la mexicanidad. En este sentido, Paz señala:

“No es un secreto para nadie que el catolicismo mexicano se concentra en el culto a la Virgen de Guadalupe. En primer término: se trata de una Virgen india; enseguida: el lugar de su aparición (ante el indio Juan Diego) es una colina que fue antes santuario dedicado a Tonantzin, “nuestra madre”, diosa de la fertilidad entre los aztecas (…) Ahora bien, las deidades indias eran diosas de fecundidad, ligadas a los ritmos cósmicos, los procesos de vegetación y los ritos agrarios. La Virgen católica es también una madre (Guadalupe – Tonantzin la llaman aun algunos peregrinos indios) pero su atributo principal no es velar por la fertilidad de la tierra sino ser el refugio de los de los desamparados. La situación ha cambiado: no se trata de asegurar las cosechas sino de encontrar un regazo (…) El culto a la Virgen no sólo refleja la condición general de los hombres sino una situación histórica concreta, tanto en lo espiritual como en lo material. Y hay más: Madre universal, la Virgen es también la intermediaria, la mensajera entre el hombre desheredado y el poder desconocido: el Extraño”.            

Una reflexión final

Luego de todas las consideraciones y argumentos desarrollados por Octavio Paz en su pionero, enjundioso y celebrado ensayo El laberinto de la soledad, el autor, conocedor de que las sociedades jóvenes están en permanente reflexión sobre su identidad e idiosincrasia, concluye:

“El mexicano y la mexicanidad se definen como ruptura y negación. Y, asimismo, como búsqueda, como voluntad por trascender ese estado de exilio. En suma, como viva conciencia de la soledad, histórica y personal, La historia, que no nos podía decir nada sobre la naturaleza de nuestros sentimientos y conflictos, sí nos puede mostrar ahora cómo se realizó la ruptura y cuáles han sido nuestras tentativas para trascender la soledad”.

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