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Vinos escritos o para beber

Para alguien que vive de escribir sobre vinos, los enólogos e ingeniero agrónomos son los maestros. Pero no lo digo de obsecuente, simplemente es así. Porque uno no nace periodista de vinos, se hace. Es muy autodidacta esto de hablar de algo subjetivo queriendo llevarlo para el lado de la objetividad. Pero es así; un profesional no puede tomar partido por uno o por otro, no puede prejuzgar, no puede (o no debe) hacerse amigo. Simplemente debe degustar, escuchar, observar y aprender para expresarse mejor.

Esto lo hago desde hace 15 años con respeto, con pasión y con “sistencia”. Y lo pongo así porque es la palabra que más me importa. Ante todo, quiero ser consistente. Porque no se debe borrar con el codo lo escrito, ya que eso confunde al consumidor.

Y si bien muchas veces me cuesta más que otras, nunca se me cruzó por la cabeza decir las cosas de otra forma que no sea comunicando. Por ejemplo, haciendo un vino. Ni loco. No necesito hacer un vino para decir eso que no me sale. Prefiero seguir aprendiendo y buscando las palabras justas y el momento indicado; y quedarme de mi lado del escritorio. Tampoco necesito ir a otros países a hablar de sus vinos, simplemente porque yo vivo acá y estoy tan orgulloso de lo que hacemos que quiero seguir viviendo acá haciendo lo que me gusta. Y si somos el quinto productor mundial, claramente no tengo la más mínima necesidad de andar girando opinando sobre vinos extranjeros para gente que nunca voy a conocer y que seguramente con quienes no tenga nada en común. Ojo, me encanta viajar y conocer zonas, bodegas y enólogos del mundo. Me abre la cabeza y el paladar, y eso claramente favorece mi trabajo como periodista de vinos argentinos. Porque más allá de degustarlos, yo los vivo. Y si bien es cierto que no estoy en las zonas productoras, tengo la suerte que acá en la city porteña pasan muchas cosas vínicas.

Sin embargo cada uno es dueño de hacer lo que quiera y como lo quiera. Y en eso andan algunos enólogos, queriendo decir cosas más allá de sus vinos. Escriben en blogs, escriben libros, etc. Se nota que quieren expresarse tanto que con sus vinos no alcanza. Y eso que algunos sacan tantas etiquetas en su búsqueda que no queda claro su mensaje. También es cierto que la sociedad los puso en un lugar de exposición nunca antes visto. Los eventos y las redes sociales potenciaron el efecto, y hoy deben también ser promotores de sus vinos. Esto quizás los obliga o los tienta a cambiar las barricas y las copas por el papel y la pluma, o simplemente la compu. Al respecto tengo opiniones encontradas.

Por un lado, como siempre, aprendo mucho de sus palabras. Pero por el otro debo analizarlos como un colega más. Ya no como mis maestros. Y el ojo es otro. El discurso cambia de emisor, al menos figurativamente, y las conclusiones indefectiblemente son otras. Es como si yo hiciera un vino. Seguramente mis maestros tendrán dos caras de la misma opinión. La positiva y crítica constructiva de un (supuesto) colega ante un (supuesto) buen vino. Y la otra. Seguramente esta última, por cuestiones de compromisos, no salga nunca a la luz.

Por las dudas, yo no dudo. Habiendo tantos vinos y tantas personas haciendo cada vez más y mejores, yo prefiero quedarme en mi butaca preferencial de espectador de lujo. Y seguir trabajando para aprender y escribir para expresar mejor mis sensaciones y poder descifrar más claramente los (cada vez más complejos) mensajes encerrados en las botella. El gusto por el vino es subjetivo, pero la calidad es algo que se puede mensurar. Y en esto todos los enófilos deberían acordar, más allá de discrepar lógicamente en sus gustos y preferencias. Al fin y al cabo para eso sirve un guía, alguien que muestra los caminos; en este caso vinos; para que vos elijas el que quieras tomar. Porque imagino que vos también preferís vinos para beber a los vinos escritos.

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